Vientres

Mundo · Inma Monsó
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22 febrero 2019
Por su interés, publicamos este artículo de Inma Monsó, de ayer en el diario La Vanguardia.

Por su interés, publicamos este artículo de Inma Monsó, de ayer en el diario La Vanguardia.

Un hijo no es un parche. No es un parche para cicatrizar la herida narcisista. No es un parche para suplir una vida en la que los encuentros amorosos no han colmado tus expectativas. No es un parche para completar la foto de esa familia feliz que nos han vendido y que jamás ha existido salvo a ratos, como todo en esta vida. Un hijo no es un parche, aunque desear hijos para parchear la vida es legítimo: nuestros deseos son libres. Ahora bien: empeñarse en hacer realidad ese deseo a cualquier precio es algo muy distinto.

Un deseo no es un derecho. Un deseo intenso de ser madre o padre es una obsesión que se cura con el tiempo (por no mencionar los deseos que al cumplirse se convierten en un infierno). Emprender una batalla larga y compleja para llegar a fabricar un hijo mediante el alquiler de un vientre ajeno es de un narcisismo que debería hacer reflexionar a muchos. Cuando la vida obstaculiza nuestros deseos es responsabilidad del adulto enfrentarse al deseo insatisfecho o aprovecharlo para más altas miras.

Un embarazo no es un estado de gracia. No en la mayoría de casos. Es un estado natural, eso sí, tan natural como la enfermedad o la muerte. Fragiliza el organismo, altera las constantes y provoca todo tipo de problemas como cualquier embarazada sabe, que se subliman y soportan (la naturaleza es sabia de vez en cuando), por la compensación del encuentro con la vida que llega. Cada una puede hacer con su propio cuerpo lo que crea oportuno. Pero alquilar el cuerpo de otra mujer es, se mire como se mire, una mercantilización abu­siva en toda regla. Para disimularla, en los debates sobre el tema suele aparecer ­como adorno la palabra altruismo, el altruismo de la mujer que alquila el vientre. La falacia se desmonta por sí sola: todas las mujeres dispuestas a alquilar su vientre tienen economías modestas. Sospechosa coincidencia: ¿ninguna mujer rica o de clase acomodada es altruista?

Soy partidaria de que el Gobierno solucione la situación de las familias retenidas en Kíev (lo hecho, hecho está, ahí están esas vidas y que sea para bien), pero no de legalizar la gestación subrogada. Facilitar a los ciudadanos que paguen a cualquier precio un deseo que dista mucho de ser ­legítimo pone a estos al nivel de las cria­turas: se los infantiliza creyéndolos incapaces de satisfacer ese deseo por otras vías o de renunciar a él. Se les atribuye una inmadurez que, en este caso, es un defecto especialmente relevante, pues está en juego un crío, y se supone que los críos han de ser educados por adultos, no por otros críos incapaces de dar mejor salida a sus frustraciones.

Un gobierno que legitima la gestación subrogada es un gobierno que declara a sus ciudadanos incapaces de ­entender algo tan sencillo (repitámoslo de nuevo) como esto: que un deseo no es un derecho.

La Vanguardia

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