Videla: una muerte, muchas muertes, dos reflexiones

Mundo · Horacio Morel (Buenos Aires)
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19 mayo 2013
Con la muerte del dictador Jorge Rafael Videla secierra simbólicamente un capítulo de la historia argentina. Su último alientovital lo encontró en la soledad de su celda, condenado perpetuamente por laJusticia por crímenes de lesa humanidad, y por la sociedad como el mayorresponsable de un plan siniestro y sistemático ejecutado desde el Estado cuyofin fue la persecución, tortura, asesinato y "desaparición" de milesde personas en la violenta década del '70 en la Argentina.

Como máxima cabeza del Ejercito y jefe de la JuntaMilitar que usurpó el poder en marzo de 1976 (con la indispensable complicidad,indiferencia o aceptación pasiva de parte de la sociedad civil agotada delclima de terror impuesto por la guerrilla de signo guevarista y/o pseudo peronistay su represión paramilitar al margen de la ley de la mano de la Triple A y losservicios de inteligencia de las fuerzas armadas y policiales) hizo de laDoctrina de la Seguridad Nacional -nacida en la academia norteamericana de WestPoint en la década del '60 y condenada por los obispos latinoamericanosreunidos junto a Juan Pablo II en Puebla en 1979- el argumento ideológico en elque apoyar una política criminal a escala.

Quien tenga estómago suficiente, puede leer conpaciencia la multitud de testimonios recogidos en el "Nunca más",documento final de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas(CONADEP), jamás redargüido de falsedad y que sirviera de base para elhistórico proceso judicial que condenó tempranamente a la Junta Militar antesde ser indultada por el ex-presidente Carlos Menem, y comprender el nivel decrueldad y de ceguera ideológica con los cuales los secuaces de Videla llevarona cabo su maléfico plan.

El tiempo transcurrido desde entonces hasta ahora,permitiría sin duda un análisis objetivo de los hechos, pero parece que elloestá aún lejos de tener lugar.  De parte de los militares del"Proceso", de la inicial negativa de los crímenes se pasó a sujustificación política, y de ésta a un discreto y parcial reconocimiento, pero jamása un arrepentimiento. En el libro-entrevista del prestigioso periodistaCeferino Reato (Disposición final,Ed. Sudamericana, 2012), Videla llego a la confesión y a la antesala delarrepentimiento al expresar: "cada desaparición puede ser entendidaciertamente como el enmascaramiento, el disimulo, de una muerte… no estoyarrepentido de nada, duermo muy tranquilo todas las noches; tengo sí un peso enel alma, pero no estoy arrepentido ni ese peso me saca el sueño".

De parte de los "militantes" de distintosigno que nutrieron las filas de la lucha armada, muchos hoy cobijados por elgobierno K -el que encontró en el revival ideológico de los '70 y en la uncióncomo mártires de los terroristas la fórmula para cautivar a la generación másjoven que no vivió ni sufrió la violencia de aquellos años-, tampoco existiójamás una autocrítica que reconozca que su opción de seguir adelante sinincorporarse a la vida democrática durante el último gobierno de Perón fue lacausa inmediata para la instauración del Terrorismo de Estado de Videla con sudolorosa secuela de exilio, muerte y saqueo económico sufrida por tantosinocentes, y por el pueblo argentino en su conjunto.

La muerte del dictador, además del juicio históricocabal aún pendiente del que son deudores quienes protagonizaran los hechos sindistinción de bando, plantea -al menos- dos reflexiones ineludibles.

La primera de ellas, a los cristianos católicos.

Videla siempre se confesó católico, haciendo públicasu condición de tal, del mismo modo que lo hacían tantos a los que persiguió ymandó a asesinar.  Es más (y este es el punto) intentó justificar suactuación política y militar en el Evangelio, y hasta deberíamos concederlesinceridad -al menos en mayor medida que otros personajes del "Proceso"-en su convicción de haber librado una lucha contra Satanás, por entoncesemparentado o aún identificado con la "amenaza marxista". Videlavivió persuadido de haber librado una guerra justa en términos tomistas, ydespués de ser un preso político por voluntad divina.

¿Cómo compatibilizar tal convencimiento con losaberrantes crímenes de la dictadura? Se entiende aquí por qué Juan Pablo IIdesde el inicio de su pontificado, y en particular de su misión en AméricaLatina, siempre insistió en la necesidad que la fe se haga cultura, es decir,criterio de conocimiento y principio de acción de todo el quehacer humano. Una fe, aún sincera, que no se hace cultura, está en riesgo permanente deideologización.  Ya no será el hecho más grande que uno mismo con el cualconfrontarse y poner en tela de juicio todo lo que uno cree, piensa y hace,sino un mero recurso argumental a medida para justificar cualquier aventurapersonal o colectiva de carácter fundamentalista.  Una fe reducida asimple devoción, o incluso a mera ética, sin lugar real para el Misterio ydivorciada de la segura guía histórica de la Iglesia -el Sucesor de Pedro y losobispos en plena comunión con el-, queda abandonada y a merced de lainterpretación y la manipulación.

La segunda es común a todos, y tiene que ver con lajusticia, con el sentido de justicia. ¿Satisface la muerte del dictador enprisión la sed de justicia de quien sufrió la tortura o el exilio, o de quientiene un ser querido "desaparecido", o quien vio durante añosadulterada su identidad por haber sido un bebé robado? Categóricamente, no. Laexigencia de justicia es infinita e inagotable: ni la muerte del victimario essuficiente, no permite recuperar ni el tiempo ni la vida perdida.  SiVidela, quien terminó admitiendo la comisión de los crímenes de la dictadura,hubiera concluido su itinerario humano con el arrepentimiento público-desconocemos si lo hizo en la intimidad- de su conducta, ¿hubiera alcanzadoello para reparar el daño provocado? Tampoco. El pecado, el mal del que somoscapaces, es un drama misterioso e inabarcable, una herida profunda y abiertaque no deja de sangrar. No hay justicia, ni perdón, ni reconciliaciónverdadera si no se parte de esta evidencia incontrastable.
Como sociedad, los argentinos tenemos aún muchocamino por recorrer.

Los procesos conocidos como "juicios de laverdad" que se están llevando adelante en todo el país, y que llevaron ala cárcel entre otros a Videla, son sólo el primer e ineludible paso de esecamino, porque el punto de partida no puede ser otro que la verdad. Perosi la condena judicial, aun la más ajustada a derecho, fuera todo el horizontedel problema, un sabor amargo permanecerá en el paladar de todos, víctimas yvictimarios de cualquier signo o facción, y habremos perdido una oportunidadhistórica de entender algo de la vida y de la sociedad. Y estaremos listos pararepetir errores del pasado, como lo sugieren ciertos discursos oficiales delpresente que se adentran en el callejón sin salida de la confrontaciónradicalizada. 

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