Viaje al optimismo

Mundo · Angel Satué
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10 diciembre 2012
Hoy en día es común toparse con esta palabra en los medios de comunicación, en reuniones con amigos, en el trabajo. Optimismo. Del latín, "optimus", es decir, sumamente bueno, que no puede ser mejor.

Estamos imbuidos de la necesidad de ver las cosas en su aspecto más favorable (a nuestros subjetivos intereses) y en consecuencia de ver el vaso medio lleno, en vez de medio vacío, incluso en momentos que nos igualan y son universales como la muerte. Este imperativo social del optimismo marcado a sangre y fuego, como si se tratase de una huida hacia adelante, sin embargo, nace en nuestra época de una confianza ciega en el progreso continuo de la ciencia, la misma que ora fabrica una bomba atómica, ora una vacuna.

La ciencia, es cierto, que previsiblemente nos acercará a una nueva concepción del hombre, pero no lo es menos, que ésta nueva visión del hombre y de la realidad no tiene porqué ser necesariamente humana, esto es, correspondiente con nuestra antropología más común como especie humana. Si se abraza con tanta intensidad la fuerza del optimismo, y su basamento esculpido por la ciencia, es que los miedos en nuestra sociedad son de los del tipo que la ciencia puede, al menos tratar de solventar. Pero, ¿y los que no puede siquiera intuir? ¿Los tenemos escondidos?

El cientificismo que sitúa a los métodos y procesos científicos en el centro de la realidad entera y a la ciencia como Verdad absoluta, puede desembocar entonces, en un tipo de hombre al servicio de la propia ciencia que le de las únicas claves de interpretación del mundo y con él, de sus miedos. Algo así como el hombre por el hombre al servicio del progreso mismo de la humanidad, en vez de configurase la ciencia como lo que es y debe ser, un instrumento sin parangón expresión al tiempo de inteligencia, creatividad e intuición humana, que por tanto tiene su origen en el hombre, que es capaz de descubrir las leyes que rigen el mundo tangible, sensible y perceptible, pero incapaz de abordar la última frontera de la naturaleza humana, siempre ahí, como es la existencia de destellos de la Verdad absoluta en nuestro mundo, algunos tan luminosos como cuando Dios se hace hombre. En definitiva, los miedos más antropológicamente humanos, aunque sea redundante expresarlo así.

Partir del optimismo basado exclusivamente en la ciencia, denigra y minusvalora la creatividad humana y su propia inteligencia e intuición, factores que son antropológicamente comunes a la humanidad. Un hombre optimista-cientificista se posiciona como un esclavo del propio hombre, en vez de cómo un explorador de sí mismo y de la Verdad. Se trata de aceptar ser conejillos de Indias o no. De sustituir nuestra libre iniciativa y conciencia basadas en la intuición racional de la posibilidad de trascender lo que vemos y tocamos, o no.

La búsqueda de la Verdad desde el conocimiento científico es precisamente eso, una simple búsqueda, como la que la filosofía, también la basada en el hecho religioso, realiza. Por tanto, ni menos, pero tampoco más. Y este es el drama de nuestros días, sin duda alguna. El acento en el más.

¿Existen razones para el optimismo exógenas, exteriores y extramuros al propio hombre y su naturaleza? Acaso, si la muerte es el final biológico, no puedo entender que el método racional-cientificista-cartesiano, siendo válido para experimentar en el plano de lo tangible, sea práctico para explicar las preguntas pertenecientes a la última frontera de lo humano, que nos acompañan desde siempre y para siempre. La ciencia es incapaz por sí sola de percibir ni siquiera imaginar mucho de este mundo, sin acudir al sexto sentido, que es la imaginación que nos humaniza pues nos lleva hacia el futuro, y por tanto, a la capacidad de anticipar y conjurar amenazas y proyectar anhelos y expectativas, tanto individuales como colectivas, como hombres y como mujeres. La ciencia puede darnos respuestas como grupo, garantizando incluso una supervivencia y bienestar físico personal por un tiempo, que nos haga sentirnos esperanzados por la permanencia temporal del todo, y más temporal aun de nosotros, pero uno a uno, somos mortales, y nuestra antropología lo sabe (lo intuye) así desde que nacemos. No en vano, existe un dicho mejicano que reflejando la sabiduría popular, dice al retoño recién nacido: "Hijo, viniste al mundo a pasar trabajos: resiste, sufre y calla".

El optimismo no basado en las soluciones de tipo cientificista, sin embargo, sí nos ha de valer para superar lo evitable y lo inevitable (porque hay acontecimientos previsibles e inevitables que únicamente cabe aceptarlos). En estos casos, el optimismo, que al fin y al cabo es una variante laica de la esperanza, si se ha de manifestar no será en la creencia de que la ciencia o el sistema nos solucionará los problemas, sino más bien en la creencia de que estamos ante una oportunidad, ya por el simple hecho de vivir, de acercarnos a la Verdad y al conocimiento de uno mismo, como por otro lado los creyentes de toda religión creemos que ya la Verdad se acercó (reveló) a nosotros (los cristianos, de la manera más directa posible: en forma encarnada). 

El viaje al optimismo entonces ha de ser una oportunidad para iniciar un viaje a nuestra plena conciencia de nuestra condición de personas, y por ende, seres con cuerpo, mente y alma. Lo del alma, es pura intuición antropológica de lo más razonable, sustentada en milenios de Historia, y por tanto, entonces sí, me permito ser optimista. Siguiendo a Montaigne,"a medida que la posesión del vivir sea para mí más corta, debo tornarla más profunda y plena".

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