Editorial

Vía Grossman

Editorial · Fernando de Haro
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18 marzo 2019
Días de furia. La transmisión en directo, a través de Facebook, de la matanza (casi 50 muertos) perpetrada en Nueva Zelanda por Brenton Tarrant, añade un plus de repugnante espectáculo al acto de terror. El terrorismo siempre fue un acto de propaganda. Ahora, el odio a los musulmanes puede convertirse en un diabólico video, con aspecto de juego, en un mundo en el que cada vez es más difícil distinguir la realidad de lo virtual. Matanza islamofóbica cuando se cumplen ocho años de una guerra en Siria en la que el yihadismo del Daesh ha llevado a cabo genocidios sistemáticos. El mismo nihilismo con diversas máscaras. Voluntad de destrucción del otro y de uno mismo.

Días de furia. La transmisión en directo, a través de Facebook, de la matanza (casi 50 muertos) perpetrada en Nueva Zelanda por Brenton Tarrant, añade un plus de repugnante espectáculo al acto de terror. El terrorismo siempre fue un acto de propaganda. Ahora, el odio a los musulmanes puede convertirse en un diabólico video, con aspecto de juego, en un mundo en el que cada vez es más difícil distinguir la realidad de lo virtual. Matanza islamofóbica cuando se cumplen ocho años de una guerra en Siria en la que el yihadismo del Daesh ha llevado a cabo genocidios sistemáticos. El mismo nihilismo con diversas máscaras. Voluntad de destrucción del otro y de uno mismo.

Solo algunas voces dan un respiro e indican el camino en un mundo en el que la nada parece a veces haberse convertido en la emperatriz. Y una de ellas es sin duda la de Vasili Grossman, que aparece de nuevo luminosa con la publicación en España de su último libro Que el bien os acompañe (Galaxia Gutenberg). Es un Grossman, como siempre preciso, profundo, sobrio en la descripción de los colores y de los dolores de mundo. Fue apartado sin hacer ruido por su obra Vida y Destino y enviado, a comienzos de los años 60, a Armenia. Tuvo el encargo de traducir un texto de una lengua que no conocía.

El gran escritor está enfermo, nadie acude a recibirlo después de un largo viaje, nadie está interesado en su obra, le oprime la devastación de lo humano del régimen soviético. Pero en el encuentro con las personas, en la belleza, en la fe de los sencillos, encuentra una vía en la que “ya nada me parecía banal o meramente rutinario, era como si por primera vez participara en un drama maravilloso y solemne en un solo acto armonioso: la vida”.

Grossman se instalan en el pueblo armenio de Tsajkadzor y en la relación con sus gentes encuentra su camino. Los vecinos del pueblo, sus historias dolorosas, su deseo de afirmar el bien a pesar del mal padecido, en la pluma del autor de Vida y Destino adquieren la hermosura que solo tiene lo concreto. Y el escritor apunta que “el nacionalismo de quienes atacan y el nacionalismo de quienes se defienden son muy parecidos”. Por eso “lo esencial es abandonar el férreo rigor de lo estereotipado para volver a lo humano; hay que descubrir las riquezas de las almas, de los caracteres y de los corazones humanos”. Mientras Grossman escribe las historias de sus nuevos amigos afirma que “la verdadera humanidad y los auténticos vínculos entre personas, pueblos y culturas no nacen en los despachos, ni en los palacios de los gobernadores, sino en las isbas, en los caminos al exilio, en los campos de prisioneros y en los cuarteles de los soldados”.

El autor va al encuentro de las personas concretas, consciente de que ni en ellas ni en los maravillosos paisajes que le ofrece Armenia encontrará respuesta a la herida que le hace estar atento. “El primer pensamiento de quien se enamora de la ciudad de Dilizhán es que para curar el alma solo hay que vivir en este lugar (…) Pero no es verdad. El joven Lérmotov no tenía razón al escribir se aplaca la inquietud de mi alma. La inquietud del alma es terrible, inextinguible, no es posible aplacarla ni huir de ella, ante ella son impotentes los silenciosos ocasos rurales, el chapoteo del mar eterno”. Cuanto más intensa es la belleza más se agranda la herida, el anhelo de que algo ocurra. “Esta belleza exagerada e increíble de las montañas suscitaba un sentimiento mayor que el de la emoción, provocaba una turbación en el alma, casi miedo (…) en momentos como éste parece que algo improbable está a punto de suceder”, una gran transformación.

Se confiesa Grossman ateo pero asegura que sus libros deben estar, como las iglesias antiguas de Armenia, “habitadas por Dios”. Y su mirada se hace agudísima, se convierte en un juicio absolutamente pertinente para tanta religiosidad reducida a moral y a doctrina, cuando afirma que “al hombre que cree en Dios se le percibe en una multitud de indicios, no solo se manifiesta en el contenido de las palabras, sino también en la entonación de la voz, en la construcción de las frases, en la expresión de la mirada, en los andares, en la manera de comer y de beber… A los creyentes se les siente”. Y no siente el escritor ruso al creyente cuando tiene una larga conversación con el catholicos, la máxima autoridad eclesial armenia, al que considera un mundano. Sino cuando entra en una pobre isba y cena con un campesino. “Había una fuerza especial en sus palabras, pues no las pronunciaba un sacerdote en un templo, sino un viejo campesino vestido con una chaqueta mugrienta (…) Ni el peso de la vida ni el peso del trabajo podían vencer su fuerza espiritual (…) Y esto era, tal vez, lo más admirable también: su fe no existía fuera de su vida, sino que se había transformado en su vida larga y difícil, se había fundido y entrelazado con el borsch que cocinaban, con la ropa que lavaban, con las brazadas que traían del bosque (…) Eran palabras venidas de la vida, y no de un sermón, palabras de una vida que transcurría en una isba pobre”. Mirada Grossman, vía Grossman.

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