Vía Crucis en Mosul

Mundo · José Luis Restán
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14 octubre 2008
La ciudad de Mosul, en el norte de Iraq, cuna de una antiquísima comunidad cristiana de origen apostólico, es escenario estos días de una impúdica y cruel "caza del cristiano", sin que nadie parezca dispuesto a parar esta sangría. Las informaciones que llegan de las pocas fuentes que rompen la cortina de silencio en torno a esta masacre señalan un plan perfectamente programado para desarraigar a los cristianos de sus barrios y de las actividades económicas que tradicionalmente les daban sustento y les insertaban en la convivencia civil. Asesinatos selectivos, coacciones y secuestros fuerzan cada día a las familias cristianas de Mosul a abandonar sus casas en busca de un incierto futuro. Mientras, los que se quedan tienen que escuchar en plena calle cómo se les amenaza desde vehículos dotados de altavoces que decretan la terrible alternativa: emigración o exterminio.

Es hora de decir las cosas claras. En el Iraq post-Sadam está en curso una suerte de limpieza étnico-religiosa que pretende eliminar una presencia cristiana de veinte siglos. Ni las fuerzas norteamericanas, ni las nuevas autoridades iraquíes, ni el entramado comunitario de las diversas ramas islámicas parecen demasiado interesados en frenar el pogrom. Unos porque están demasiado ocupados con otros combates, otros por miedo y otros porque en el fondo han cedido a los postulados de una islamización violenta que debe limpiar el Medio Oriente de toda presencia cristiana. Las muestras de solidaridad que llegan con cuentagotas son apenas una formalidad, una fachada que esconde la tremenda pasividad ante los asesinatos.

Por eso el obispo de Kirkuk, Louis Sako, ha dirigido un crudo llamamiento a los ciudadanos de Mosul recordando que el nivel de civilización y convivencia en dicha ciudad había sido ejemplar, y mostrando el tremendo fracaso humano que supone la violencia en curso. Los cristianos han sido parte esencial del tejido ciudadano durante dos mil años y sólo quieren tener una vida digna y pacífica, para contribuir a la reconstrucción de un país que ha sido siempre el suyo. Mucho nos tememos que la cordura y la nobleza de esta apelación se vean tragadas por un huracán que nadie está dispuesto a parar. Por supuesto que todo esto redundará en un peor futuro para el conjunto de la población iraquí (no sólo para los cristianos), que se verá empobrecida en sus relaciones y que portará el estigma de haber consentido que los asesinos se lleven el gato al agua.

Silencio de las autoridades musulmanas (todo un signo cuando seguimos replanteando el sentido y el valor del diálogo interreligioso), silencio de los políticos locales, y por supuesto silencio vergonzoso y culpable de la comunidad internacional y de los medios de comunicación occidentales ante el martirio de los cristianos de Iraq, igual que ha sucedido estos últimos meses respecto de la India. Quizás el escarnio cultural del cristianismo en las esferas bienpensantes de los medios y del mundo de la cultura occidental no sea ajeno a esta pasividad y a este silencio. La tradicional simpatía hacia las minorías en riesgo no parece funcionar en el caso de los cristianos, y es necesario preguntarse por qué.            

No es imposible que los cristianos sean borrados del mapa en Iraq: ya ha sucedido en diversos lugares de la tierra a lo largo de la historia. Pero sabemos que de un modo misterioso e insondable su testimonio, su fidelidad y su sacrificio no serán inútiles para sus hermanos en todo el mundo. Mientras tanto, alcemos la voz por su supervivencia y sus derechos, y respondamos a sus necesidades con todos los medios posibles. Una sugerencia concreta es la acción continua de Ayuda a la Iglesia Necesitada (www.ain-es.org) a favor de las comunidades presentes en Iraq y de los miles de refugiados cristianos que se agolpan en los países limítrofes.      

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