Venezuela: la quiebra moral de un país

Mundo · Rafael Luciani
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2 noviembre 2015
Cada día somos testigos y víctimas de acciones que no pueden ser analizadas solamente bajo las premisas de un debate político o económico. El habernos habituado a una cultura de la muerte que secuestra, tortura, practica el ensañamiento y viola los derechos privados y procesales cambia la impostación de cualquier juicio sobre nuestra sociedad.

Cada día somos testigos y víctimas de acciones que no pueden ser analizadas solamente bajo las premisas de un debate político o económico. El habernos habituado a una cultura de la muerte que secuestra, tortura, practica el ensañamiento y viola los derechos privados y procesales cambia la impostación de cualquier juicio sobre nuestra sociedad.

Hablar del mal, señalar las cosas por su nombre y llamar la atención a la responsabilidad de cada uno —por acción u omisión— en la situación de deshumanización actual es urgente y necesario si existe la intención de recuperar lo que hemos perdido moralmente.

Es imperativo reconocer que ha fracasado el país político y que necesitamos cambiar urgentemente; que hay formas de vida y estilos culturales que no sólo nos están deshumanizando cada día más, sino que también impiden caminar hacia la reconstrucción del bien común. El mal no nace por imposición de un régimen, sino de personas que voltean sus miradas ante los males menores y justifican lo injustificable. El mal nace de un proceso lento de acostumbramiento, división y adormecimiento de la capacidad para enjuiciar a los actores e instituciones que lo producen.

El mal tiene muchas formas, pero la más profunda y obscura es cuando se hace hábito, es decir, cuando permea nuestros modos de pensar, actuar y vivir, e irrumpe en nuestras conciencias pervirtiendo el modo como vemos lo que sucede a nuestro alrededor sin considerar que nuestras palabras y acciones son capaces de robarle la esperanza y el futuro a todo un país.

Según Tomás de Aquino, el mal es un estado de carencia, de falta de plenitud humana. Es la «ausencia de aquella perfección que un ente debería tener para ser completo», produciendo, como efecto, que los sujetos vivan sólo de los restos de su humanidad perdida. Esos restos que se acostumbran a actuar bajo la triste senda de la ambigüedad y el vacío de quien vive en un estado permanente de maldad. Es así que el mal moral al que nos hemos acostumbrado es el peor de todos los males, porque «hiere la naturaleza humana, va contra la razón, contra la conciencia y contra la verdad».

El mal ha de ser llamado por su nombre. No hablar, discernir ni tomar postura ante el drama que vivimos significa ser copartícipes de un proceso de deshumanización que nos va permeando poco a poco y, aunque sin notarlo, nos acostumbra a vivir bajo el estigma de la humillación y la quiebra de la voluntad de cambio.

Ya el mal no responde a simples decisiones de individuos aislados, sino a una estructura que lo ha institucionalizado y lo proyecta cotidiana y sistemáticamente mediante acciones y políticas públicas que van eliminando nuestra libertad creadora. El efecto es moralmente devastador pues nos paraliza y logra que sólo pensemos en la propia sobrevivencia.

Patrick Hayden describe la consecuencia del mal moral como el aniquilamiento del «ser personas» mediante el uso perverso del poder político con el fin de destruir sistemáticamente el estatuto humano, su más real dignidad, y someter así a cada uno a la lógica de la humillación y la supervivencia.

Las sociedades se paralizan cuando consideran que lo que les sucede es algo banal y transitorio, o que es un mal menor soportable bajo la falsa ilusión de un posible cambio que sucederá en algún momento cuando la realidad ya no dé más. Pensar así sólo revela que el mal se ha hecho estructural, que ha logrado su victoria porque ha pasado a ser endémico; que nos ha quebrado emocionalmente, polarizándonos y haciéndonos creer que no existe un futuro mejor. El mal gana cuando adormece nuestra la voluntad de cambio.

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