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Vacuna corta

Editorial · Fernando de Haro
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12 febrero 2017
Lo sucedido este fin de semana parece confirmar que España podría haberse convertido en un oasis político. En Francia, los leales a Europa tiemblan porque no tienen candidato. Le Pen de momento acapara el cartel electoral. El terremoto nacionalista amenaza con sacudir con fuerza en las elecciones holandesas y alemanas. Italia sigue a la espera. Por el contrario, los congresos simultáneos del PP, partido de Gobierno, y de Podemos, la fuerza populista, sugieren una cierta estabilidad dentro de los cauces del más tradicional y positivo europeísmo.

Lo sucedido este fin de semana parece confirmar que España podría haberse convertido en un oasis político. En Francia, los leales a Europa tiemblan porque no tienen candidato. Le Pen de momento acapara el cartel electoral. El terremoto nacionalista amenaza con sacudir con fuerza en las elecciones holandesas y alemanas. Italia sigue a la espera. Por el contrario, los congresos simultáneos del PP, partido de Gobierno, y de Podemos, la fuerza populista, sugieren una cierta estabilidad dentro de los cauces del más tradicional y positivo europeísmo.

No hay formación xenófoba articulada a la vista. Y el enfrentamiento fratricida entre los dos grandes fundadores de Podemos, Iglesias y Errejón, en Vistalegre II (el Congreso que debía convertir al nuevo partido en opción de Gobierno) ha puesto de manifiesto que la nueva política puede convertirse de forma rápida en vieja política. De momento los sondeos no reflejan el desgaste de las luchas internas (Podemos mantiene una intención de voto del 22 por ciento y el segundo puesto) pero la aureola de “redentora” que acompañaba a la formación ha desaparecido. Y es difícil (aunque todo es posible) que en el inmediato futuro los socialistas vuelvan a buscar un pacto con quien le disputa el espacio político.

El PP ha celebrado quizás el más pacífico de los Congresos de su historia. El partido en el Gobierno está tranquilo por el rápido cambio de ciclo que se ha producido en el último año y medio. El único sucesor de Rajoy es el propio Rajoy. Hace quince meses, el ciclo del actual presidente del Gobierno era claramente declinante. La factura por los casos de corrupción, el deseo de una forma diferente de hacer política, el desgaste de las políticas aplicadas durante la crisis y la conjunción de fuerzas de izquierda hacían pensar que el PP, a pesar de ser la fuerza más votada, iba a estar alejada un tiempo de los centros de decisión. La marca PP era una marca de la que había que alejarse.

Ahora las cosas han cambiado. En 2106 el PP demostró disponer de un suelo electoral alto y, lo más importante, capacidad de recuperar votantes. Rajoy se ha redimido en gran medida al haber superado un veto que, según todos los españoles, había durado ya demasiado. Y además en los últimos meses ha convertido a los socialistas en su mejor socio de Gobierno. Muchos aplauden, incluso, el que consideran inteligente uso del miedo a Podemos. Un Podemos en el 22 por ciento de intención de voto es, según estos, el mejor argumento para mantener una alta fidelidad entre los votantes conservadores de siempre.

Mientras Rajoy era consagrado líder de nuevo, en los pequeños círculos intelectuales y culturales de los que en un tiempo fueron afines al PP, se criticaba que el partido se hubiera convertido en una formación tecnocrática y puramente dedicada a la gestión. Se le afeaba su falta de voluntad para articular un “proyecto de ciudadanía”, algo así como un patriotismo constitucional, con ideas, pero también con sentimientos. Se demandaba un partido con una respuesta fuerte para las identidades disgregadoras del secesionismo y del populismo. Nostalgia, en parte justa, de una política con empuje ideal para afrontar el reto de una identidad nacional cuestionada. Empuje que también haría falta para las muchas reformas pendientes. Desde otros sectores, también minoritarios, las críticas a la falta de un ideario más sólido apuntaban a la rapidez con la que el PP ha asumido los postulados de los nuevos derechos.

No son críticas despreciables en un ambiente de demasiada euforia y complacencia. El PP sigue sin saber conectar con los sectores más jóvenes, es prácticamente insignificante en sitios tan importantes como el País Vasco o Cataluña y pierde posiciones entre la población urbana. Pero no se puede pretender que un partido al que nunca le interesó la cultura se haga de pronto letrado. Ni tampoco que se convierta en un freno para la mutación antropológica que se ha producido en España cuando muchos de sus líderes la impulsan.

Parece más conveniente insistir en algo más esencial: la respuesta a la polarización que ha atenazado y que atenaza a la sociedad española. Esa polarización no ha sido superada porque Rajoy haya podido gobernar. El daño que hace es algo que los populares no quieren ver. O quizás algo peor, quizás sienten la tentación de aprovecharla. El que una parte importantísima de la población, votantes de Podemos y no votantes de Podemos, siga considerando al otro como un enemigo político es algo que mina el futuro de España. No se puede construir sobre ese sentimiento que se transforma en un juicio tóxico. Los vetos de 2016 fueron una vacuna, pero con efectos de corta duración. La gran tarea del PP es convertir al otro, en este caso a Podemos, en un bien: para batallar contra la corrupción, para acercarse a la gente, para atender lo atendible de las demandas en favor de políticas de igualdad. Lo peor que le puede pasar al PP, y al europeísmo, es que crea haber obtenido una victoria definitiva. El ciclo es largo. Podemos puede estar momentáneamente derrotado, pero los deseos que lo crearon no. Los oasis se secan si no se riegan. Y la sequía de ideal que afecta a Europa no se detiene en los Pirineos.

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