Una tragedia que parece esconder verdades incómodas

Mundo · Patrizio Ricci
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6 abril 2017
El 4 de abril un ataque aéreo de la aviación siria en el pueblo de Khan Shaykhun, situado en la fortaleza yihadista de Idlib, causó más de 70 muertos y al menos un centenar de heridos. El Observatorio sirio de derechos humanos ha declarado que la aviación siria usó gas sarín. La noticia se ha dado a conocer junto a una serie de imágenes que muestran a los “cascos blancos” socorriendo a las víctimas del ataque, entre ellas numerosos niños.

El 4 de abril un ataque aéreo de la aviación siria en el pueblo de Khan Shaykhun, situado en la fortaleza yihadista de Idlib, causó más de 70 muertos y al menos un centenar de heridos. El Observatorio sirio de derechos humanos ha declarado que la aviación siria usó gas sarín. La noticia se ha dado a conocer junto a una serie de imágenes que muestran a los “cascos blancos” socorriendo a las víctimas del ataque, entre ellas numerosos niños.

Ante estos hechos, la comunidad internacional atribuyó rápidamente la responsabilidad de lo sucedido a Assad y condenó el episodio amenazando con medidas serias. Las acusaciones de los líderes europeos y del propio presidente Trump han sido muy fuertes. Este último incluso ha querido reforzar sus palabras refiriéndose al ataque químico en Guta (Damasco) el 21 de agosto de 2013 (que se ha demostrado que no fue obra de Assad) para criticar a Obama, calificando de “error” no haber ordenado entonces un ataque directo.

Rusia también da su versión. El representante del Ministerio de Defensa ruso, Igor Konashenkov, afirmó que la aviación siria atacó el 4 de abril bases en Khan Shaykhun donde los militantes trabajaban en la producción de municiones con agentes químicos. La explosión volatilizó y dispersó las sustancias tóxicas almacenadas por los terroristas. Por su parte, el gobierno sirio ha desmentido haber utilizado nunca munición química y ha declarado que no la posee.

Pero Estados Unidos, Reino Unido y Francia mantienen sus acusaciones y han presentado una moción de condena al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas contra la República Árabe Siria, que no habría cumplido sus obligaciones en la destrucción de armas químicas. El documento se ha topado con el veto ruso.

Es evidente que lo sucedido peca de un defecto ya muy repetido. Deberíamos empezar por analizar los hechos de manera leal y abstenernos de hacer condenas preventivas antes de que se demuestren. Las declaraciones de condena de la comunidad internacional no han tenido en cuenta numerosos factores. El ejemplo de esta praxis se demuestra en las palabras de Trump, que todavía atribuye al gobierno sirio la matanza de Guta en 2013.

Es imposible que el presidente de los Estados Unidos de América no conozca los resultados de las investigaciones realizadas tras aquella masacre. Él sabe perfectamente que todas las indagaciones exoneraban al gobierno sirio. Sin embargo, no solo lo omite sino que utiliza aquel episodio para regenerar el clima de aquellos días.

Vale la pena recordar aquel episodio porque parece la fotocopia del ataque químico en Idlib. De Guta no se sabe exactamente el número de víctimas y la Comisión de la ONU aún no ha conseguido dirimir las responsabilidades. Además de los informes oficiales, destaca la investigación realizada por el premio Pulitzer Seymour Hersh, icono del periodismo de investigación mundial, titulada “Whose sarin?”. El resultado es que el ataque fue realizado por fuerzas rebeldes y no gubernamentales.

Tal vez sea útil recordar aquel funesto episodio por sus analogías con el del 4 de abril. En aquella circunstancia también se mostraron los cuerpos de niños asfixiados. Pero hay un detalle que todavía se desconoce ampliamente a pesar de que aparece en las investigaciones citadas: muchos de aquellos niños (víctimas del ataque de Guta) fueron reconocidos por sus familiares. Se trataba de niños que pertenecían a un grupo de casi 200 personas secuestradas pocos días antes por los “rebeldes” en la provincia de Latakia. Estos niños se encontraron en Guta después de atentado químico.

Otra cosa que debería hacernos reflexionar son las “pruebas” en video realizadas por los rebeldes, precisamente por los “cascos blancos”. Estos se consideran neutrales, independientes, autofinanciados, exclusivamente civiles. Pero no es así. Han recibido más de 40 millones de dólares del USAID y del Foreign Office británico. Tampoco están desarmados. Hay imágenes de los miembros de este grupo apoyando a Al Nusra y Al Qaeda. Otras imágenes muestras a sus “activistas” asistiendo a la ejecución de civiles o exultando sobre los cuerpos de soldados muertos. Los “cascos blancos” solo trabajan en zonas controladas por grupos armados extremistas. Fomentan el sectarismo, por ejemplo han pedido que ardan Kafarya y Foua, dos localidades chiítas asediadas desde hace cinco años en la zona de Idlib.

Todos estos hechos de un pasado reciente deberían llamarnos a la prudencia. La pregunta es sencilla: ¿por qué no?

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