Historias urbanas

Una puerta al cielo

Cultura · Ángel Satué
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9 diciembre 2020
Ávila, santa Teresa y san Juan de la Cruz. Con motivo de la peregrinación de la parroquia antes de la pandemia, me quedé impactado de imaginar una escena… El pequeño cuartucho abulense tiene años, cientos de años. Está encastrado en el muro, abierto al mundo enclaustrado, enrejado. Diríase que es una península de este mundo, de ruidos, que se adentra en otro mundo silencioso. Pero si algo destaca de este cuarto de techos bajos, de entrada estrecha y baja, al menos para los hombres y mujeres de este siglo XXI, es que es una puerta al cielo.

Ávila, santa Teresa y san Juan de la Cruz. Con motivo de la peregrinación de la parroquia antes de la pandemia, me quedé impactado de imaginar una escena… El pequeño cuartucho abulense tiene años, cientos de años. Está encastrado en el muro, abierto al mundo enclaustrado, enrejado. Diríase que es una península de este mundo, de ruidos, que se adentra en otro mundo silencioso. Pero si algo destaca de este cuarto de techos bajos, de entrada estrecha y baja, al menos para los hombres y mujeres de este siglo XXI, es que es una puerta al cielo.

En esta pequeña habitación, cerca de donde santa Teresa tuvo su celda, y cerca de la cocina del monasterio, ahora espacios anejos al altar de la iglesia, se sentaba, quiero pensar que pacientemente, san Juan de la Cruz. España de sanjuanes y donjuanes.

¿Acaso no cabe asombro mayor, saber que, desde este pequeño espacio, lo que quede atado o desatado tiene su impacto en toda la eternidad entera y, sobre todo, en uno mismo? Más asombroso, si cabe, que los pecados que confesara san Juan a las monjas de clausura, que los habrían de tener pues antes que monjas, y antes que enclaustradas, tenían la condición humana.

Subir dos escalones para, sobre paredes encaladas y un bajo techo con pequeñas vigas de madera, sentado sobre un banco que nace de la pared, duro y escaso, ahí, san Juan escuchó cientos de confesiones, tal vez miles.

Esa es la puerta del cielo, una de ellas. Esos pecados ya perdonados dejan de actuar en la vida de uno. Dejan de existir. Dejan de tener inercia en nosotros. La cicatriz perdura, empero, y el Señor nos pide nuestra humildad, nuestra alegría y nuestra entrega, para simplemente dejar espacio en nuestra memoria y en nuestro querer, a su inmensa misericordia.

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