Una oposición dividida solo ayuda a Maduro

Mundo · Arturo Illia
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9 septiembre 2020
En poco más de tres meses, el 6 de diciembre, se celebrarán elecciones parlamentarias en Venezuela, aunque el país sigue sumido en una crisis que ha causado daños que tardarán mucho en repararse. Y todo debido al régimen dictatorial que rige desde 1999, aunque disfrazado de democracia, y que ha dejado a la nación diezmada. Lástima que la oposición no tendrá mucho que decir en la cita electoral, reducida como está por las disputas internas que se han sucedido a lo largo de los años, pero también y sobre todo por la represión con que el régimen de Maduro la ha tratado, que ha llegado a turbar aún más el clima electoral pues hasta en Estados Unidos han pensado en invadir el país, según declaró el senador republicano Marco Rubio, aunque luego lo desmintieron altos cargos estadounidenses. Pero las últimas declaraciones norteamericanas, que hablan de un estricto control de la actividad electoral por parte del llamado G4 (grupo de cuatro partidos representantes de la oposición venezolana), apuntan a no aceptar el resultado, ya sobradamente “cantado” en las anteriores citas electorales, que no tenían nada de libres.

En poco más de tres meses, el 6 de diciembre, se celebrarán elecciones parlamentarias en Venezuela, aunque el país sigue sumido en una crisis que ha causado daños que tardarán mucho en repararse. Y todo debido al régimen dictatorial que rige desde 1999, aunque disfrazado de democracia, y que ha dejado a la nación diezmada. Lástima que la oposición no tendrá mucho que decir en la cita electoral, reducida como está por las disputas internas que se han sucedido a lo largo de los años, pero también y sobre todo por la represión con que el régimen de Maduro la ha tratado, que ha llegado a turbar aún más el clima electoral pues hasta en Estados Unidos han pensado en invadir el país, según declaró el senador republicano Marco Rubio, aunque luego lo desmintieron altos cargos estadounidenses. Pero las últimas declaraciones norteamericanas, que hablan de un estricto control de la actividad electoral por parte del llamado G4 (grupo de cuatro partidos representantes de la oposición venezolana), apuntan a no aceptar el resultado, ya sobradamente “cantado” en las anteriores citas electorales, que no tenían nada de libres.

El problema, uno de los problemas de este riquísimo país latinoamericano doblegado al hambre más amarga, reside en una oposición que, insistimos, se encuentra partida en dos y sin rastro de unidad. De hecho, dentro del G4 (que agrupa a Voluntad Popular de Leopoldo López, Primero Justicia de Henrique Capriles, Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo) se está librando una lucha entre los que quieren participar en las elecciones (Capriles) para no reducirlas a un plebiscito sin sentido, frente a Leopoldo López, que propone la abstención pero al mismo tiempo un férreo control de las urnas por parte de casi cien mil personas. El presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, tras conseguir, aunque por poco tiempo, reunir una propuesta masiva contra el régimen de Maduro convirtiéndose en líder de la oposición, ha perdido terreno porque en la práctica nunca ha gozado d un verdadero apoyo por parte de EE.UU, que sobre todo después de la llegada de Trump a la Casa Blanca se ha puesto en contra de la oposición más radical y que también es contrario a participar en la votación: “27 partidos, instituciones y exiliados tienen muy claro que no se puede legitimar el fraude y que hace falta un camino único. No se trata de convocar una marcha sino de incrementar la presión nacional e internacional para lograr la transición”. Una declaración que trata de obligar al dictador a negociar bajo presión internacional. Pero dicha presión parece debilitarse, y de ello se aprovecha Maduro, como es habitual, que estos días ha concedido el indulto a 103 opositores que en su momento fueron arrestados, torturados y estaban a la espera de juicio.

Pero esta enésima maniobra de inauguración democrática, muy parecida en sus expectativas a la apertura al diálogo con la oposición de hace años, tampoco tendrá prácticamente ningún efecto más que el de mostrar aún más cuánto necesita este país unas elecciones libres de verdad, en el sentido más real de la palabra, para llevar a cabo ese cambio necesario para salir del túnel de la peor crisis institucional y económica de la historia latinoamericana.

Entre los que siguen defendiendo el régimen, aparte de Cuba, están tanto China (aunque siguiendo su táctica diplomática evita manifestarse) como Rusia por razones meramente económicas. De hecho, mediante varios acuerdos firmados en estos años, ambas superpotencias agrupan en sus manos prácticamente toda la riqueza del país, que es inagotable.

“Este no es un régimen democrático, pero si deja una grieta tendremos que meter la mano, y luego el pie, hasta entrar dentro”, ha declarado Capriles, añadiendo: “En la medida en que la gente es más pobre, lo único que les queda es el voto, y lo que los políticos tienen que hacer es luchar para que se den las condiciones necesarias para ejercer ese derecho. Es lo mínimo que podemos hacer”.

El líder del movimiento Primero Justicia también está convencido de participar en las elecciones porque, mediante una carta del canciller Jorge Arreaza, Maduro ha invitado a la UE y a Naciones Unidas a enviar una misión de observación electoral: “Desde 2006 dejaron de hacerlo. Esperamos que acepten y llegue a tiempo”, ha declarado, añadiendo que “esto no significa legitimar al gobierno. Nadie está diciendo que resolveremos la crisis política y social con las elecciones, lo que digo es que si no luchamos nos arrepentiremos”.

Salta a la vista que Venezuela aún no tiene muy claro cómo salir del túnel de la dictadura, donde parece, al menos por los datos que difunde el régimen, que el Covid no se ha ensañado, tal vez movido por la compasión, con la tragedia, también sanitaria que vive este país ya desde antes de que apareciera el coronavirus: por el momento se han registrado 51.000 casos con 412 fallecimientos.

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