Bolonia

¿Una oportunidad para educar?

Mundo · Jaime Ortega Diego
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18 febrero 2009
Dentro de la adaptación al marco de Bolonia, hay una tendencia a reducir el tamaño de los grupos y a promover la evaluación continua. Es difícil que estas reformas funcionen teniendo en cuenta que, en las universidades públicas, se pretenden hacer a coste cero. Una reforma integral requeriría no sólo aumentar la financiación de las universidades, sino también cambiar totalmente su sistema de retribuciones, un sistema en el que gana prácticamente lo mismo el profesor que da todo su tiempo a la universidad y el que imparte sus clases y desempeña otras actividades fuera de la misma. De paso, habría que fomentar una verdadera subsidiariedad en la que los órganos regulatorios diesen más autonomía a las universidades y, a cambio, las universidades mal gestionadas tuvieran que sufrir las consecuencias financieras de su mala gestión.

Sin embargo, dejando esto de lado, lo cierto es que la tendencia a grupos reducidos y a la evaluación continua es una oportunidad para mejorar el papel educativo de la universidad. En efecto, en España hay una notable falta de conciencia del significado que tiene el trabajo. Más de una vez nos sorprendemos de que, al entrar en un autobús, el conductor no tenga conciencia de que su tarea consiste en prestar un servicio a los pasajeros; al entrar en una tienda nos sorprendemos de que el empleado no quiera tomarse la molestia de mostrarnos los productos, o que le moleste que hagamos demasiadas preguntas; y ¿quién no ha salido de una consulta con la impresión de que el médico estaba pensando en otra cosa mientras hablábamos? En todos estos casos, lo que falla es la conciencia del significado del trabajo.

Estos problemas tienen una raíz claramente educativa, porque la principal función de la educación es ayudar a tomar conciencia de la realidad. La distracción en el trabajo es un síntoma de que ha habido un problema educativo. Y hay que decir que el sistema universitario español, con sus grupos grandes y su sistema de evaluación al final del cuatrimestre (o incluso del año), no ha contribuido mucho a resolver estos problemas. Con el sistema "tradicional", un alumno podía llegar a superar una asignatura sin involucrarse personalmente, sin llegar a preguntarse casi nada, simplemente estudiando de forma mecánica algo cuya relación con la realidad, en el fondo, no estaba clara. (Al mismo tiempo, el profesor también podía impartir una asignatura sin involucrarse demasiado en su tarea educativa, sin saber si realmente los alumnos eran conscientes de la importancia de los conocimientos.) Tal vez sea este hábito de estudio el que después se haya trasladado al trabajo: el que ha adquirido el hábito de aprender sin preguntarse qué tienen que ver esos conocimientos con la realidad, ¿conseguirá después comprender el significado de su trabajo, o se limitará a aplicar unas rutinas cuyo significado, en el fondo, desconoce?

La oportunidad que se abre ahora, en la medida en que los grupos sean más reducidos y la evaluación más continua, es que, en las aulas, tanto alumnos como profesores tengan que involucrarse en esta tarea educativa.     

Jaime Ortega Diego es profesor titular en la Universidad Carlos III de Madrid

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