Una nueva ´Pacem in terris´

Cultura · Massimo Borghesi
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14 octubre 2020
“Fratelli tutti”, la encíclica recién publicada, hay que leerla con atención para comprenderla adecuadamente. De hecho, corremos el riesgo de una banalización mediática que, centrándose en dos o tres puntos, reduzca este documento a una serie de intenciones piadosas. Se trata, sobre todo, de precisar el horizonte en el que se sitúa: un mundo que se precipita hacia destinos de guerra. Los Papas no escriben encíclicas sobre la fraternidad para una tierra tranquila.

“Fratelli tutti”, la encíclica recién publicada, hay que leerla con atención para comprenderla adecuadamente. De hecho, corremos el riesgo de una banalización mediática que, centrándose en dos o tres puntos, reduzca este documento a una serie de intenciones piadosas. Se trata, sobre todo, de precisar el horizonte en el que se sitúa: un mundo que se precipita hacia destinos de guerra. Los Papas no escriben encíclicas sobre la fraternidad para una tierra tranquila.

La Pacem in Terris de Juan XXIII salió después de que, con la crisis de los misiles en Cuba, estuviéramos a dos pasos de la tercera guerra mundial. No es el caso actual, afortunadamente. Sin embargo, resulta innegable que la crisis de la globalización, el enfrentamiento cada vez más insistente entre bloques (EE.UU, China, Rusia), el continuo combate de guerras por diversas vías, el terrorismo religioso, etc., están configurando un mundo altamente inestable, a punto de estallar.

Hay que añadir las grandes disparidades económicas, la tragedia del Covid con sus efectos en los países más pobres, la inmigración. El cambio de época asiste, después del 89, a un progresivo desmoronamiento de los esquemas y contrapesos que la humanidad había previsto tras la enorme tragedia de la segunda guerra mundial, desde los grandes organismos a la declaración de derechos universales o el proceso de unificación europea. Todo se descompone: la ONU, la UE, el vínculo entre EE.UU y Europa, mientras que el relativismo cultural tiende a exaltar el particularismo y el aislamiento. El espíritu de los tiempos eleva el maniqueísmo en todas sus formas: política, económica, religiosa. Por todas partes resurgen las barreras, antiguas diferencias y viejos nacionalismos.

En este contexto es donde Francisco lanza el sueño de una fraternidad renovada entre pueblos y personas: fraternidad religiosa, política, económica, social. Un sueño análogo al de Martin Luther King, cuyo nombre aparece citado al final junto a los de san Francisco, Gandhi, Desmond Tutu, Charles de Foucauld: “I have a dream”. No se trata de ceder ingenuamente al espíritu utópico, a la filantropía humanitaria, como lamentan los críticos del Papa. Francisco es un realista que conoce perfectamente la crítica de san Agustín a la teología política, a la confusión entre el Reino de Dios y el reino de los hombres. Pero es un realista que sabe que el realismo, si no quiere ser cínico, debe ir siempre más allá, debe arriesgar un proyecto ideal, debe abrir a la esperanza. El cristiano es un hombre con esperanza y no con resignación. El auténtico realismo es un real-idealismo. Por eso, Fratelli Tutti representa en este momento una poderosa roca en el pantano de las ideas, de la política, de una fe estancada.

La encíclica de dirige a todos —“Fratelli tutti”— pero es innegable que entre sus primeros destinatarios están los cristianos, especialmente los católicos. Muchos de ellos, lejos de ser protagonistas del cambio, forman parte del problema actual, parte de ese maniqueísmo político-religioso que caracteriza el momento presente. Ellos también participan, muchas veces sin ser conscientes de ello, de los grandes vientos de la historia. En los años 70 el viento soplaba hacia la izquierda, hacia el encuentro y subordinación del cristianismo al marxismo. Desde la caída del comunismo, el espíritu del mundo ha girado hacia la derecha. Así, de momento, ante una globalización económica abstracta y a menudo violenta, dominada por un neocapitalismo sin escrúpulos, nos encontramos con la reacción populista, el resurgimiento de los nacionalismos político-religiosos, la territorialización de la religión reducida a factor étnico, el fundamentalismo y el terrorismo en nombre de Dios.

Fratelli Tutti parte del gran Documento sobre la Fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, de febrero de 2019, firmado en Abu Dabi con el gran imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb. Profundiza en todas sus implicaciones y lo propone al mundo como ideal para el momento presente. De la fraternidad religiosa puede surgir una fraternidad universal, un movimiento de paz capaz de atravesar pueblos y naciones. Esto no puede dejar de ir acompañado por una revolución cultural, por una “nueva cultura”, la cultura del encuentro. Una cultura que “vaya más allá de las dialécticas que enfrentan. Es un estilo de vida tendiente a conformar ese poliedro que tiene muchas facetas, muchísimos lados, pero todos formando una unidad cargada de matices, ya que «el todo es superior a la parte». El poliedro representa una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente” (215). Se trata de afirmaciones –el poliedro, el todo es superior a la parte– que se sitúan en el centro del pensamiento de Bergoglio desde antes de ser Papa. Desde este punto de vista, la encíclica presupone una fundación cultural concreta que sostiene el designio de la fraternidad.

Los capítulos III y IV, dedicados a la apertura al mundo y al corazón, presuponen una antropología relacional que une personalismo y pensamiento dialógico. Los nombres de tres pensadores, Georg Simmel, Gabriel Marcel, Paul Ricoeur –citado dos veces–, están llamados a dar sostén a esta perspectiva. Igual que, paralelamente, se muestra fundamental la antropología polar de Romano Guardini, presente en varios momentos del documento. Es la antropología polar lo que permite ponerse en guardia ante falsas “polarizaciones” actuales, ante el contraste entre una globalización liberal, falsamente universal, y un populismo particularista que falsifica el concepto de pueblo. La ley de la polaridad, según Francisco, une y distingue entre universal y particular; reconoce la antinomia, la complementariedad en la diferencia. Se propone como solución a nivel teórico de las feroces contraposiciones actuales.

Una última observación que permite evitar lecturas apresuradas y malentendidos es que la encíclica responde también a aquellos que durante estos años han acusado al Papa de filantropismo, irenismo, humanismo, de haber separado Misericordia y Verdad. A esos les vendría bien empezar a leer este documento empezando por los capítulos finales, del sexto en adelante. Aquí, de acuerdo con la Caritas in Veritate de Benedicto XVI, es posible observar un firme anclaje del diálogo en la idea de verdad. Una verdad objetiva, la única que permite el reconocimiento racional de una naturaleza humana única y universal, frente al relativismo dominante de la cultura actual. Verdad, justicia y misericordia no se pueden separar. El Papa está respondiendo de tal manera a sus críticos de derechas, que no cesan de atacarle, desde la Amoris Laetitia. Su respuesta no deja de citar, desde el capítulo octavo, dedicado al diálogo interreligioso, el “texto memorable” de la Centesimus Annus de Juan Pablo II: “Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres” (273). Sobre todo, no deja de evidenciar de qué manera la identidad cristiana constituye un factor esencial en el diálogo fraterno con todos. Por eso, aun valorando la acción de Dios en las demás religiones, “los cristianos no podemos esconder que «si la música del Evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonados‒enviados. Si la música del Evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer». Otros beben de otras fuentes. Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo” (277).

El sueño del papa Francisco de una nueva fraternidad, en un mundo hecho pedazos, hunde sus raíces en la “música del Evangelio”, en el “Evangelio de Jesucristo”. Fratelli Tutti se dirige a la humanidad entera pero no olvida la raíz de la esperanza. Es bueno que los críticos del Papa lo sepan y lean este texto con atención.

L`Osservatore Romano

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