Una lección desde Ucrania

Mundo · Giorgio Vittadini
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5 mayo 2022
Primero la crisis financiera, luego el peligro del terrorismo, después el Covid-19 y ahora, cuando la pandemia parecía menos agresiva, la guerra. Parece que los desastres colectivos nunca tienen fin, y traen una sensación de derrota casi inevitable.

En este contexto aparece una riada en crecida de refugiados ucranianos. Han perdido todo, en la mejor de las hipótesis solo sus bienes, pero también amigos y familiares. Deberían estar vencidos, aplastados de dolor, y con razón. Pero en numerosas entrevistas se percibe en ellos una dignidad y una voluntad de volver a empezar que nos resulta sorprendente.

Sobre la inmensidad del mal, prevalece el deseo de rehacer inmediatamente su vida, aunque no sepan dónde ni cuándo. Es el caso de una madre con dos hijas de Mariupol entrevistadas en la frontera rumana mientras esperaban un tren hacia Bucarest. La más joven, de apenas 18 años, respondía al periodista en un inglés perfecto, sin sombra de desánimo, contando que en su ciudad había muertos por las calles y era muy difícil salir, pero que lo habían logrado buscando un trayecto en coche, aunque parecía imposible. Al preguntarle dónde irían, la chica respondió que no lo sabía, pero que allí donde llegaran volverían a vivir inmediatamente, a buscar una casa y un trabajo. No se quedaba en todo lo que habían perdido. Incluso con heridas tan grandes y frescas, el deseo de vivir se impone.

En realidad, si nos fijamos, es más común de lo que creemos. Pero nunca lo notamos lo suficiente. Aún recuerdo una imagen que vi después del tsunami de 2005. En una isla donde todo estaba destruido, un viejo harapiento retiraba piedras y trozos de madera a mano, antes de que llegaran los equipos de rescate, movido por su deseo de volver a poner en orden la realidad a su alrededor.

Pero no es solo la naturaleza humana lo que mueve a los ucranianos y a todos nosotros cuando tenemos problemas. Es la realidad. Conozco varios jóvenes inmigrantes que vienen de situaciones complicadas de guerra y pobreza que, antes aún de tener una casa estable, han empezado a trabajar, uno en una start-up de comunicación digital, otro en una empresa de software, otra se ha matriculado en la universidad… No nos puede frenar el dolor cuando tenemos hijos a los que alimentar cada día, para los que construir una nueva perspectiva de vida, cuidar ancianos o personas con discapacidad, o sencillamente se quiere vivir la vida.

La realidad invita al corazón a responder. Como una amiga que dirige un colegio y ha tenido que hablar ante padres, alumnos y profesores al día siguiente del suicidio de un alumno. Era fundamental ofrecer una razón para seguir a una comunidad hundida. Invitó a todos a percibir que en ese gesto había una invitación a vivir cada día con un sentido que normalmente no buscamos y que tal vez el grito desesperado de ese chico contenido en aquel gesto no quedara sin respuesta para él.

Decía el poeta inglés Percy Bysshe Shelley: “Miramos antes y después, y añoramos lo que no es”. Sin embargo, la realidad presente nos arranca de la desesperación y del ansia por valorar dónde detenerse, buscar un hogar y ganarse el pan. Y esto no solo vale para los ucranianos sino para todos nosotros, afligidos por falta de deseo y por rencor. En vez de quejarnos por el bienestar que nos falta, en vez de lamentar lo que hemos perdido, siempre podemos volver a ponernos en marcha. Tal vez más pobres, pero más verdaderos, transformando la inquietud en búsqueda de sentido.

Me he hecho amigo de una familia que ha perdido repentinamente a uno de sus tres hijos, de cinco años, por una inesperada parada cardiaca. El profundo e intenso dolor no impide a padres y familiares mirar esta pérdida como el cumplimiento de una vida, con un significado incomprensible pero real. Viven mirando al Misterio que han encontrado de un modo más profundo, pidiendo que se desvela. La presencia de los otros dos pequeños, el trabajo y la vida que sigue les invita a vivir con una intensidad y una dramaticidad antes desconocidas. Un pueblo entero los mira, movido a imitarles en esa renovada seriedad con la vida.

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