Una invitación a la belleza

Cultura · Antonio R. Rubio Plo
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24 noviembre 2022
Un libro de bolsillo, unas reflexiones sobre la filosofía y unas obras pictóricas cuidadosamente seleccionadas. Tal es el contenido de "El arte de mirar: la trascendencia de la belleza" (ed. Palabra), escrito por Ricardo Piñero Moral, catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad de Navarra.

La obra es una invitación a compartir una auténtica filosofía del arte, que nada tiene que ver con esa religión del arte, que ha llegado hasta hoy, y que difundieron críticos como John Ruskin a finales del siglo XIX. Ese esteticismo atrajo incluso a Marcel Proust hasta que descubrió su propio camino hacia la trascendencia. Pero el arte no puede concebirse como una “religión” ensimismada, en una gnosis para unos pocos iniciados que, por lo general, no están dispuestos a compartir sus conocimientos con los demás. El arte necesita de la mirada humana, de muchas miradas humanas, para descubrir la belleza. Lo malo es que la belleza parece haberse eclipsado en nuestro tiempo por obra de una mentalidad relativista y supuestamente pragmática que lo invade todo. Hay un individualismo exacerbado, propio de dicha mentalidad, que cierra los sentidos a la belleza, se burla de este concepto o lo que es peor, no tiene reparos en llamar belleza a cualquier cosa. Además, cierto igualitarismo dogmático se opone a admitir que la fealdad exista. El considerar abiertamente que algo es feo sería considerado una grave ofensa.

Por todo ello se agradecen libros como el del profesor Piñero, muy aptos para los docentes que quieran enseñar a sus alumnos a mirar un cuadro. A decir verdad, mi experiencia de alumno universitario con algunos profesores de historia del arte no fue demasiado buena porque se comportaban como meros descriptivistas y catalogadores. Conocían a fondo el material de las obras artísticas, pero solían desconocer el material de que están hechos los sueños, por decirlo con una cita de Shakespeare en La tempestad. Me hubiera gustado tener profesores con parecida sensibilidad a la de Ricardo Piñero, un filósofo que no se apunta a la tendencia de cancelar, o deconstruir, la filosofía. Comparto plenamente esta afirmación suya: “La filosofía no puede ser un mecanismo de legitimación de aniquilación de la verdadera naturaleza humana”. Lo dice un profesor de filosofía que conoce bien el arte y que, como buen conocedor, ama la belleza. Es algo poco frecuente en una época en que lo efímero, tan ligado al presentismo dominante, parece perseguir implacablemente al ser humano. Ese carpe diem mal entendido, que considera que todo es líquido y no pocas veces gaseoso, contrasta con las ansias de vivir, amar y ser felices que todos tenemos. Esas ansias no son compatibles con el imperio de lo efímero, que nos reduce a consumidores compulsivos, decepcionados de continuo, aunque hayamos logrado nuestros deseos inmediatos.

Ricardo Piñero presenta en su libro diversas obras de arte: La creación del hombre de Miguel Ángel; La piedra de la locura de El Bosco; La lechera de Vermeer; Cristo crucificado de Velázquez; y Las Bienaventuranzas de Cósimo Roselli. No solo las describe con detalle, sino que nos invita a mirarlas para captar los detalles que analizaría un experto y otros que surjan en nuestro interior.

La creación del hombre de la Capilla Sixtina es una muestra de cómo Dios “ha hecho al hombre a su imagen y semejanza”. El relato bíblico nos recuerda que lo ha sacado del polvo, aunque a la vez Dios se ha comportado como un Padre que le ha transmitido el espíritu. La piedra de la locura nos permite darnos cuenta de que hay locuras que no lo son tanto, y de ello escribió Platón en Fedro: “Nuestras mejores bendiciones nos vienen por medio de la locura”. Es llamativo que el cirujano de esta obra no extraiga una piedra sino una flor, muy parecida a un tulipán. Podría afirmarse que estamos ante un alegato contra el conformismo, que nos invita a dejar las cosas como están y a no meterse en líos. El conformismo nos promete la estabilidad, pero nos aboca a la tristeza y la angustia. Por tanto, no hay mayor locura que el conformismo.

La lechera de Vermeer es presentada por Piñero como un elogio de la vida cotidiana, la que, en apariencia, no es reseñable ni llama la atención. Está presente en la gran mayoría de las pinturas de Vermeer, en las que no es casualidad que aparezca una ventana por la que entra la luz. Viene a ser una invitación a poner el corazón en las cosas pequeñas de cada día.

Cristo crucificado de Velázquez lleva al autor a reflexionar sobre que no todo es luz ni todo son tinieblas. En la masa de carne y huesos del Crucificado se percibe una atmósfera espiritual, la misma que Unamuno supo captar en un conocido poema, en el que se refiere a los ojos de la fe y a que Cristo se hace visible “en virtud del arte”. Sin embargo, Unamuno estuvo abrumado por la soledad. Le faltó haber aprendido a armonizar la fe y la razón, y haber concebido la vida, no como un sentimiento trágico sino como un contrapunto, con la armonía de las voces contrapuestas.

El fresco de Roselli sobre Las bienaventuranzas se encuentra en las estancias vaticanas y combina la transmisión de las enseñanzas de Cristo con la curación de un leproso. Para Piñero no es un contraste porque es una expresión de la misericordia: “Eso debe de ser la misericordia, y no hay más hermoso que la misericordia”.

El epílogo de la obra se refiere, en palabras del autor, al “enigma de la transubstanciación estética”. Todos estamos llamados a buscar y encontrar esa transformación tanto en la vida como en el arte. El libro es una invitación a mirar, pero a la vez nos recuerda que la mirada más bella es la que se ejerce “con ojos de misericordia”.

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