Una gran fiesta pero acompañadme con oración y penitencia

Mundo · José Luis Restán
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22 julio 2013
Antes de embarcar para Río, el Papa Francisco ha querido postrarse en silencio durante media hora ante el icono de María, salus populi romani, en la Basílica de Santa María la Mayor. Después encendió un cirio que permanecerá brillando durante esta trascendental semana. Al salir de la Basílica Francisco dirigió unas breves palabras a los fieles allí congregados para pedir que le acompañaran en este viaje ´con la oración, con la confianza y con la penitencia´. Y es que como dijera Benedicto XVI al regresar de Sydney, “nosotros podemos organizar la fiesta, pero la verdadera alegría sólo es fruto del Espíritu Santo”.

Antes de embarcar para Río, el Papa Francisco ha querido postrarse en silencio durante media hora ante el icono de María, salus populi romani, en la Basílica de Santa María la Mayor. Después encendió un cirio que permanecerá brillando durante esta trascendental semana. Al salir de la Basílica Francisco dirigió unas breves palabras a los fieles allí congregados para pedir que le acompañaran en este viaje ´con la oración, con la confianza y con la penitencia´. Y es que como dijera Benedicto XVI al regresar de Sydney, “nosotros podemos organizar la fiesta, pero la verdadera alegría sólo es fruto del Espíritu Santo”.

Está bien hablar de gran fiesta de los jóvenes, de hecho toda JMJ es una fiesta de la fe y esta fe es la única luz y la única fuerza que rescata la vida y la rejuvenece. Pero cuidado, no estamos ante una especie de excursión con salida en los cinco continentes y final de fuegos artificiales. Lo que está en juego es, una vez más, la respuesta a la inquietante pregunta de Jesús: “cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?”. Y de esa respuesta depende la suerte de nuestro pobre mundo cada generación.

El Papa ha querido injertar en el tronco de la semana una etapa no prevista en el Santuario de Aparecida y un encuentro con los obispos del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). No se trata de meras devociones personales. Recientemente el Doctor Guzmán Carriquiry, Secretario de la Pontificia Comisión para América Latina, sostenía en amplio artículo que la Conferencia de Aparecida en 2007 supuso una suerte de mayoría de edad para el catolicismo latinoamericano, el inicio de aquel salto cualitativo que con sagaz exigencia reclamara Benedicto XVI a los obispos del continente.

Ya no es un secreto que la mano fuerte y el corazón ardiente que enhebraron los contenidos del Documento de Aparecida fueron los del entonces Cardenal Bergoglio. Él mismo explicó cómo se tejió ese texto en el propio recinto del Santuario, mientras los redactores escuchaban los cánticos del pueblo católico a su Madre, llevando en los ojos los rostros de tantos peregrinos que llegaban con su necesidad sangrante y su fe probada aunque a veces rudimentaria en su formulación. Allí se hizo eje de la tarea eclesial ese “salir fuera, hacia las periferias existenciales”, que se nos ha hecho tan familiar tras los cuatro primeros meses del pontificado de Francisco. Según Carriquiry Aparecida podría marcar una especie de giro tras el cual el catolicismo latinoamericano puede asumir una valencia universal. La parábola quedaría ilustrada con la elección de un hijo del “Continente de la esperanza” para la sede de Pedro; con él entraría en Roma, en el timón de la Iglesia, la frescura y franqueza explosivas de un catolicismo popular, vivido a pie de calle. Sería la imagen de esa plenitud de fuerzas, del cuerpo y del espíritu, que Benedicto XVI pedía para afrontar los graves desafíos de esta hora.

Es posible que a las comunidades católicas de la joven América se les plantee ahora una misión análoga a la que desempeñaron en los años ochenta las sufridas Iglesias del Este de Europa. Pero aquella experiencia que tuvo su imagen espléndida en Juan Pablo II nos deja enseñanzas muy útiles para esta hora. Primera, no mitificar las situaciones históricas. El empuje y vivacidad del catolicismo latinoamericano no debe esconder limitaciones y zonas de sombra que el propio documento de Aparecida retrata con claridad: no pretendo hacer un elenco, pero falta una personalización y maduración de la fe en amplios estratos del pueblo, se requiere una nueva síntesis cultural católica mientras crece la intolerancia laicista, la impugnación indigenista y un neopaganismo importado que hace furor en la clase intelectual. Y no olvidemos que la secularización no muerde solo en la vieja Europa; las cifras de ciudades como Buenos Aires, México DF o Río son bien elocuentes, y eso lo conoce muy de cerca el Papa Bergoglio.                            

Una segunda lección de la aventura del Este en los años 80 es huir de las fotos fijas. El cristianismo es un cuerpo vivo, un árbol que crece, se seca y rebrota de nuevo. El entusiasmo desbordante (lo vimos también en Polonia durante el primer viaje a su tierra de Juan Pablo II) debe ser una semilla plantada, regada y cuidada para que no se agoste. Y lo más importante: cada hombre y mujer (más o menos ayudado por su contexto histórico) es el protagonista del sí de la fe ante el testimonio actual de la presencia de Cristo. Francisco será estos días la punta visible y elocuente de esa presencia en medio de la tierra ciertamente fértil de América: hablará con las palabras de Jesús, realizará sus gestos, mostrará una comunidad que vive de su Memoria y que se regenera con su Gracia. Y nada ni nadie podrán saltarse el misterio de la libertad de cada uno, invitada a seguir esta historia. Como ha sido siempre.

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