Una esperanza secreta, apenas murmurada

Mundo · José Luis Restán
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3 diciembre 2012
"Aunque la salvación no llegue,quiero ser digno de ella en cadamomento". Parece una frase escrita para el Adviento, ese tiempo extraño(extraño como la Cuaresma y la Pascua) en un mundo occidental que ha dilapidadosu herencia cristiana. Pero quizás no haya otro tiempo de la Iglesia másadecuado al momento histórico que vivimos que este del Adviento. El granescritor hebreo Franz Kafka, autor de la frase con la que comenzamos, expresalo mejor de una cultura que en un momento dado ha extraviado su camino pero queno renuncia al corazón humano, al corazón hecho fundamentalmente de deseo yespera.  

Evidentemente enKafka resuena toda la memoria del pueblo de Israel, pero precisamente por esosus palabras no pueden ser completamente ajenas a la sustancia de esta Europanuestra, por más que se empeñe en el suicidio. Es curiosa la indignación quemanifiestan estos días actores y escritores de distinto pelaje. Hablan de untúnel tremendo, denuncian una conjunción de poderes malvados que pretendendestruirlo todo… ¿Pero qué todo? Si escarbamos se refieren a los recortes(siempre discutibles) en el Estado del Bienestar, pero ni una palabra deautocrítica por una cultura que ha puesto la imagen del hombre a los pies de loscaballos, que lo ha convertido en producto de la casualidad, que lo haprecipitado al nihilismo, antes trágico pero ahora tranquilo. ¿Dónde estabanellos cuando cuajaba en lo profundo esta lenta destrucción? Casi siempre bienservidos en las mesas del poder cultural y mediático, mientras los hombres ymujeres educados por los malos maestros desfallecían sin esperanza en suspequeños habitáculos, porque como decía el gran T.S. Eliot, "donde no haytemplo no habrá hogares".

¡Y sin embargo elhombre espera! Espera a despecho de la corrosión de las series del costumbrismonihilista que nos sirve cada noche la televisión, espera más allá de las falsaspromesas de consumo o de la soberbia de un cientifismo endiosado. Espera porqueesa es su naturaleza, que no pueden reescribir (por más que lo intenten) losdiseñadores del hombre nuevo, ya no el socialista, sino el pergeñado en loslaboratorios de los nuevos derechos de cuarta generación. Como bien decíaPavese, "¿es que alguien nos ha prometido algo?… y si no, ¿por quéesperamos?"

Es verdad el agudísimo apunte del jovenJoseph Ratzinger que advierte que "memoria y esperanza forman una unidadindisoluble, y quien ha envenado el pasado destruye las bases anímicas de laesperanza". Ciertamente eso ha sucedido en nuestras sociedades europeas…. Y sinembargo no está perdida la partida porque el corazón del hombre (hecho a Suimagen y semejanza, nos dice el Génesis) es indestructible. Benedicto XVIrecuerda a San Buenaventura cuando sostiene que "en la profundidad denuestro ser está inscrita la memoria del Creador, y precisamente por eso podemosacordarnos de Él, ver las huellas que Él ha dejado en el cosmos que ha creado".Esta memoria no se refiere sólo al pasado, porque su origen está presente, ypor tanto es memoria de la presencia del Señor; y también es memoria del futuro(esperanza).

Pero el gran maestro franciscano no era ingenuo enabsoluto, y advertía que "nuestra memoria, como toda nuestra existencia, estáherida por el pecado: así la memoria se oculta, se oscurece, se ve ocultada porotras memorias superficiales y no logramos traspasarlas, ir más al fondo,llegar a la verdadera memoria que sostiene nuestro ser". 

El hombre contemporáneo, a pesar de las capas de alquitránsedimentadas sobre su corazón, aún sabe (presiente, intuye) que ha sido creadopara la alegría, pero ya no sabe dónde se encuentra y la busca muchas veces porsenderos tortuosos, alejados de su verdadera fuente. Senderos lóbregos como losque recorrió el novelista Ernesto Sábato, quien confesaba: "siento nostalgia, casi ansiedad de un Infinito, pero humano, a nuestra medida". Ignoro si el granescritor argentino sabía de Quién estaba hablando, por Quién suspiraba, cuálera el rostro que ansiaba reconocer. Aquel joven Ratzinger que antes escuchamosparece salir al paso de Sábato, de Kafka y de Pavese: "algo decisivo aconteceya en el hecho de no pisotear el anhelo de liberación… tal disposición aexponerse a una presencia misteriosa, a aceptar lentamente esa presencia, adejarla entrar en uno mismo, es lo que hace que se dé el Adviento: una primeraluz en la noche, por oscura que sea".  

Otro grantestigo de esa modernidad inquieta y sedienta, Albert Camus, anunciaba paraperplejidad de muchos de sus lectores que "la salvación llega, por gracia deDios, como el amanecer de un bello día". En su libro "La infanciade Jesús", Benedicto XVI llama la atención sobre el hecho de que el ángelsaludara a María en la Anunciación con la palabra griega "chaire" (¡alégrate!) en lugar de con el tradicional saludo judío shalom, y añade que en el relato deLucas se explicita la conexión entre alegría y gracia, que siempre caminanjuntas. Un hecho imprevisto, que no se deduce de las dinámicas de la historia,que no entraba en los cálculos de los poderosos, que no cede a la desazón delos extraviados. Un acontecimiento como un relámpago claro en la noche, quesale al encuentro de una esperanza secreta, censurada, apenas murmurada. A finde cuentas podría resumirse el cristianismo como el testimonio presente de queaquel bello día anhelado por Camus despunta ya en cada mañana del mundo.           

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