Una democracia desgastada se reconstruye desde abajo

Cultura · Charles Taylor
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16 diciembre 2021
La reconstrucción de nuestras democracias debe empezar por abajo. Eso significa cambiar la manera en que las comunidades locales responden a los problemas y dificultades.

En la práctica, una respuesta eficaz podría configurarse más o menos así: varios representantes de las sociedades y organizaciones locales –cámaras de comercio, iglesias, asociaciones locales o simplemente personas que quieren participar activamente– se reúnen con el objetivo de decidir cómo pueden hacer frente a una situación de deterioro en la mayoría de los casos. Tratan de elaborar un plan, por ejemplo sobre cómo encontrar nuevas formas de empleo allí donde los trabajos tradicionales están empezando a desaparecer.

Desafíos presentes y futuros

Actualmente, muchas comunidades locales no responden a los nuevos desafíos de manera eficaz. Un ejemplo clásico de este problema lo encontramos en los países de Occidente que se dan cuenta de que, para poder luchar contra el calentamiento global, deben reducir gradualmente las extracciones de carbón.

Es el caso de la región de los Apalaches en Estados Unidos o de Brandemburgo y Alta Sajonia en la región alemana de Lusacia. Este problema también se da en las zonas de EE.UU. y Francia donde se concentraba la industria pesada, donde la competencia de una combinación de sociedades de reciente industrialización y la automatización ha doblegado a las industrias locales.

Todas estas regiones se han visto socavadas por décadas de desindustrialización, políticas fiscales neoliberales y abandono por parte de la política, hasta el punto de quedar privadas de recursos para responder eficazmente a los desafíos del presente y del futuro.

En estas comunidades no solo faltan medios financieros e influencia política, sino también recursos, que suelen ser muy difíciles de encontrar porque no pueden transferirse de una parte de la sociedad a otra, como intenta hacer el gobierno alemán en Lusacia, invirtiendo cantidades ingentes de dinero en la región.

Los recursos y competencias de los que estamos hablando pertenecen sobre todo al capital social o cultural. Industrias como las del carbón y el acero o las manufacturas no solo han dado lugar a las competencias e ingresos de gran parte de la población, sino también a la cultura de la región, como por ejemplo la imagen dominante de qué significa trabajar o cuidar de la familia.

Con la desindustrialización, estas comunidades también han perdido parcialmente, entre otras cosas, la autoestima o el sentido de su propio valor, tanto a nivel individual como colectivo. Paralelamente a la pérdida de autoestima derivada del declive económico, también han perdido el sentido de eficacia política.

Los políticos han predicado el mercado libre global y la reforma del mercado laboral en dirección neoliberal, y han prometido que los beneficios, la final, llegarían a todas las familias gracias al efecto “goteo”. Pero en lugares como Lusacia y el llamado Rust Belt en los Apalaches, el declive ya es constante desde hace décadas y la gente ha perdido la confianza en el sistema político, sintiéndose cada vez más víctimas pasivas de una maquinaria desalmada. Los que tienen la posibilidad de trasladarse a los centros urbanos lo hacen, mientras que los que se quedan se retiran a su esfera privada.

De hecho, la comunidad local pierde la capacidad de organizarse y desarrollar nuevas ideas para progresar. Pierde también la capacidad de presionar de manera eficaz a sus representantes, activando así un círculo vicioso que se va fortaleciendo. La ineficacia política de las comunidades se alimenta e intensifica la erosión de la comunidad política local existente.

De todo ello deriva una reducción sustancial de la comprensión de los mecanismos del cambio por parte de los electores, de cómo pueden, de manera colectiva, tomar en sus manos las riendas de su destino y avanzar.

El drama de los Apalaches

Es evidente que este drama propio de los Apalaches se hará cada vez más común. No solo está en juego el carbón, sino también el petróleo, por ejemplo en la zona de extracción de la Alberta.

El resto de Canadá resulta cada vez más hostil a los oleoductos, y eso se debe en parte a la conciencia de los peligros ambientales que suponen cuando se producen fugas, y también a la idea general de que hay que alejarse de la energía procedente de fuentes fósiles.

Al mismo tiempo, estas zonas postindustriales siguen ampliándose debido a la concurrencia de los países en vías de desarrollo y la automatización, sobre todo con los nuevos y asombrosos progresos de la inteligencia artificial. La erosión de las comunidades locales tiene un profundo impacto en los sistemas políticos de las democracias actuales.

Antes de afrontar la cuestión de la reconstrucción de las comunidades locales podría beneficiar al sistema político general, es necesario examinar en profundidad la situación de partida. ¿Qué contornos adoptaría una reconstrucción desde debajo de la democracia en comunidades como el Rust Belt de los Apalaches, o como Lusacia? ¿De qué manera la reconstrucción de las comunidades locales acrecentaría sus capacidades para gestionar los riesgos de las sociedades en vías de desindustrialización? ¿Qué aportación supondría para la renovación de la democracia como sistema político a gran escala?

Procesos externos e internos

Este tipo de auto-organización ya es una realidad en muchas comunidades, pero hacen falta muchas más, y es necesario empezar a pensar cómo preparar y favorecer este proceso desde fuera cuando urge tanto y sin embargo no acaba de arrancar. Por ejemplo, un gobierno puede establecer la obligación de cerrar una mina de carbón e intentará poner a la comunidad local de su parte al a hora de tomar una medida dictada por la lucha urgente contra el calentamiento global.

Es un desafío que exige identificar a la gente de allí que plantea preguntas cruciales y ponerse en contacto con ellos, siguiendo con nuestro ejemplo, con los que ya se han dado cuenta de que el carbón no podrá seguir siendo una fuente de empleo y que la región necesita una solución económica alternativa capaz de generar puestos de trabajo. En segundo lugar, estas personas deben encontrarse.

Luego dará comienzo la complicada tarea de entender cuál podría ser esa alternativa, y es aquí donde todos los input e informaciones proporcionadas por la comunidad local resultan esenciales.

Desde fuera podrían llegar buenas ideas sobre posibles alternativas económicas para la región, pero no podrán arrancar si les falta el apoyo de la comunidad local. No es solo cuestión de ver qué prometen económicamente. El sector, el tipo de producción y la provisión de servicios deben conciliarse con las competencias y capacidades de la región, además de su identidad.

Por ejemplo, uno de los grandes obstáculos que se plantea ante cualquier alternativa a la extracción de carbón en la región alemana de Lusacia es la fuerte carga de la extracción de carbón como identidad histórica, con la imagen de lucha victoriosa contra los obstáculos y las dificultades –hasta cierto punto heroica– que rodea la vocación minera con un poderoso halo. Algo parecido puede verse en la región de los Apalaches, por ejemplo, y Trump lo aprovechó en su campaña.

La búsqueda de una solución –económicamente prometedora para la sociedad, pero al mismo tiempo medio de expresión de la propia comunidad– es una tarea que no se puede desarrollar ni exclusivamente desde dentro ni exclusivamente desde fuera.

Animadores

Una figura de fuera de la comunidad que tenga experiencia en procesos de consenso puede ser un recurso muy importante. Una persona de este tipo debería tener (más o menos) una idea de cuáles podrían ser alternativas realistas, pero su tarea consistiría en facilitar el debate, explorando varias posibilidades en busca de opciones significativas que puedan contar con el apoyo de la comunidad.

Esta figura tendría la función de lo que los franceses llaman animateur, que requiere competencias particulares, parecidas a las que desarrollan los etnógrafos: capacidad de escucha atenta para llegar a comprender las peculiaridades de la situación y los términos y puntos de referencia de las identidades locales.

La definición de estas particularidades puede exigir la acuñación de términos aún no disponibles en las disciplinas consolidadas de las ciencias sociales. Reconocer las diferencias requiere una cierta sensibilidad y también el poder de la expresión que encuentre y reconozca las palabras clave.

Si nos fijamos en la situación típica que las comunidades locales tienen que afrontar cuando pierde a un empleador importante, podemos llegar a comprender la necesidad de organizar desde abajo la comunidad.

Encuentro y debate

¿Qué necesita este tipo de organización de la comunidad desde abajo? Sobre todo, ciertos datos sobre el ambiente tanto externo como interno, como las nuevas posibilidades económicas eventualmente posibles para la región y un inventario de competencias y capacidades de la población local: las que ya posee y las que podría adquirir. Pero eso no es suficiente. En segundo lugar, la gente debe expresar sus necesidades y aclarar sus ideas sobre sus aspiraciones o ideales. De hecho, estos son elementos constitutivos o determinantes para empezar. Pero no basta con recibir esos datos desde fuera. En tercer lugar, se deben recoger dialogando con las personas interesadas. Ciertas aspiraciones solo saldrán mediante un intercambio, y solo las personas interesadas pueden identificar los objetivos comunes dialogando.

Este tipo de encuentro y debate ayuda a generar un objetivo común, esencial para proyectar el futuro de la comunidad, creando al mismo tiempo la percepción de que todos están del mismo lado, superando diferencias y generando confianza. Todos deben no solo ser escuchados sino también saber que lo son.

Esta forma de debatir, una vez que empiece a funcionar, puede crear las bases de una expansión y consolidación, y llegar a ser el motor de una reconstrucción de la democracia desde abajo.

Cuatro piezas

Una vez creado este frente común, puede llegar un cambio importante, del que dependen cuatro aspectos:

  • Implica una mutación existencial de la propia posición. De sentir que, como comunidad, somos víctimas de fuerzas poderosas ajenas a nuestro control, como “élites globales” o “fríos tecnócratas”, o la competencia desleal extranjera, pasamos a vernos capaces de tomar la iniciativa, de hacer algo para modificar nuestra difícil situación. En consecuencia, el surgimiento de una comunidad deliberante, de la “política” en el significado que le atribuyó Hannah Arendt, genera en la comunidad local una conciencia vigorosa de protagonismo y posibilidades colectivas.
  • Al mismo tiempo, el hecho de tener que unir fuerzas con otras personas de organizaciones, credos, perspectivas o incluso convicciones políticas distintas nos anima a escucharnos mutuamente porque está en juego la necesidad de resolver algo juntos. No podemos permanecer pasivos o limitarnos a criticar o demonizar. El contacto directo, en general, mitiga la hostilidad mutua basada en estereotipos. Por tanto, las comunidades deliberantes crean una solidaridad y confianza nuevas e inclusivas entre los participantes.
  • Cuando hacemos frente común, abrimos también nuevas vías a la creatividad. Podemos incluso llegar a generar lo que se denomina “innovación radical”. La tesis de Cea y Rimington es que las soluciones realmente innovadoras no suelen salir a la luz mediante procesos verticales desarrollados a puerta cerrada, sino por procesos inclusivos que desde el principio prevén la participación en la planificación y decisión de un buen número y de un variado y amplio grupo de personas implicadas en la actividad o en la comunidad, incluyendo aquellas cuyas vidas sufren sus condicionamientos o sus efectos. La idea de “crear innovación radical” mediante procesos co-creativos refleja elementos del primer punto, es decir, un reajuste de los conocimientos y motivaciones, una visión más clara y compartida. También las innovaciones técnicas parecen surgir más fácilmente de un intercambio sereno y co-creativo entre personas de zonas heterogéneas.
  • Una vez superada la fase de debate comunitario y trazado un plan, por ejemplo para encontrar nuevos yacimientos de empleo o formas de cualificación de los trabajadores, o nuevos tipos de servicios comunitarios, nuestra posición como grupo habrá cambiado sensiblemente. Nuestra interpretación y comprensión de la situación, nuestros intereses y objetivos, y hasta nuestras motivaciones, nuestros valores y nuestra visión se habrán ajustado. Ahora estamos en la situación de saber qué debemos exigir a las altas esferas del gobierno. No solo sabemos qué exigir sino, en virtud del hecho de tener un plan basado en un fuerte consenso local, inevitablemente tendremos mayor peso político. Los representantes electos de nuestra zona, ya sea a nivel estatal, federal o regional, se verán fuertemente incentivados y escuchado, o al menos tenidos en cuenta en cierto modo dentro de este plan. Una vez establecido un contacto reactivo, sentimos que tenemos más poder porque tenemos más poder.

Por su potencial en la definición de objetivos, conocimientos y motivaciones, la reconstrucción de las comunidades locales deliberantes es tanto una forma de organización como un medio de movilización política. Por un lado, una acción comunitaria eficaz exige estas cuatro piezas como presupuestos para el cambio: que las personas se encuentren, compartir la información, llegar a una nueva comprensión, crear juntos nuevos conocimientos, establecer objetivos comunes, etcétera, requiere una base mínima previa que constituyen estas cuatro piezas. Por otro lado, estas cuatro piezas se sostendrán y llegarán a generar una dinámica de expansión porque son recursos que no se reducen a buscar una acción comunitaria eficaz, sino a que esta no deje de crecer.

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