Una decisión política inaplazable

España · J.M. Aizcorbe
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28 mayo 2014
Las recientes elecciones al Parlamento Europeo han significado un terremoto entre moderado y fuerte, o sea, de entre 5 y 6 puntos en la escala Richter del mapa político nacional. Se engaña quien a las 48 horas de producirse los temblores no reconoce la cruda realidad del desolado paisaje, ya sea arúspice popular por antonomasia, confidente meritocrático mayor o el porquero del propio Agamenón.

Las recientes elecciones al Parlamento Europeo han significado un terremoto entre moderado y fuerte, o sea, de entre 5 y 6 puntos en la escala Richter del mapa político nacional. Se engaña quien a las 48 horas de producirse los temblores no reconoce la cruda realidad del desolado paisaje, ya sea arúspice popular por antonomasia, confidente meritocrático mayor o el porquero del propio Agamenón. Y es que, siguiendo con la metáfora sísmica, los resultados electorales han causado en el mejor de los casos “daños mayores en edificaciones débiles o mal construidas y daños leves en edificaciones bien diseñadas” y, lamentablemente, en la peor de las opciones, seguramente los daños han sido incluso “severos en algunas zonas altamente pobladas” del territorio nacional.

Traduciendo a román paladino, el partido socialista ha recibido tal meneo electoral –un descenso de 2.500.000 votos y 15 puntos porcentuales– que su secretario general se ha visto obligado a reconocer con inmediatez su absoluto fracaso, a anunciar su retirada y a convocar un Congreso extraordinario para tratar de reflotar un partido lastrado por la corrupción, sí, pero sobre todo por el dislate político y económico que fueron los años de Gobierno de Zapatero y de su ministro Rubalcaba, que una buena parte de los españoles ni quiere ni puede olvidar. Si a ello sumamos el aumento significativo de los diferentes votos nacionalistas, la fragmentación del voto y la eclosión política del movimiento indignado y antisistema, la situación se torna ciertamente preocupante.

Por el otro lado del panorama, es verdad que nominalmente nadie puede discutir que el Partido Popular ha ganado las elecciones con 16 escaños por 14 de los socialistas, pero no es menos cierto que es imposible ocultar que esta pírrica victoria esconde no sólo un sabor agridulce, sino una falla tectónica que amenaza con deslizarse y provocar en un futuro próximo un seísmo, este sí, de grandes dimensiones, si antes no se pone remedio. Y es que un destrozo tan doloroso de escaños (ocho), porcentaje (16%) y votos (2.600.000), supone tal cataclismo electoral que cualquier disimulo al respecto o paño caliente (destinado a no perjudicar la incipiente recuperación económica) pudiera ser, amén de un error monumental, perjudicial a la larga para el propio partido, para el Gobierno y, consecuentemente, para España en su conjunto.

Estamos pues en la hora de la verdad. En la hora de dilucidar si la vuelta que hay que darle al porqué de estos resultados electorales pasa de la categoría de pirueta circense a la acrobacia mayor de señalar sin eufemismos algunas de las razones mayores del descalabro. A saber: ejercicio timorato de la mayoría absoluta, incumplimiento reiterado del programa electoral, desprecio por el perfil del propio votante, acercamiento ideológico hacia la izquierda, menosprecio continuo hacia los políticos populares de mayor talla y tirón electoral, actitud dubitativa y desconcertante en algunas políticas antiterroristas, asimilación indisimulada de valores postmodernos y progresistas, paralización de iniciativas legislativas en aras a consensos imposibles, minusvaloración en suma del propio votante que quisiera seguir reconociéndose en la derecha política, o sea, en lo que toda la vida se ha llamado el pensamiento liberal-conservador.

Estamos pues en el momento de la política. En el punto de descubrir si se prefiere coger el toro del desestimiento y la abstención ciudadana (mayoritariamente de derechas) por los cuernos del liderazgo político y del gobierno sin complejos para que la urgente regeneración social y del Partido Popular empiecen mejor hoy (es un decir) que mañana. Ojalá ésta fuese la opción elegida, porque tanto la sociedad en su conjunto como las castigadas estructuras del partido –sobre todo en Cataluña y en el País Vasco, pero también en otros lugares de España– necesitan y demandan un revulsivo que las despierte del letargo social y mediático en el que las ha sumido la corrupción y la desafección por la política.

O estamos en el tiempo de descubrir, por el contrario, lamentablemente, que se prefiere escuchar los cantos de sirena habituales y ponerse (como muchos sugerirán de nuevo) de perfil en la confianza de que, como fruta madura, el horizonte económico que muchos pronostican y algunos entreven a lo lejos consiga que las piezas del puzle electoral de las próximas elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2015 terminen encajando por arte de birlibirloque.

Confiarse a esta segunda opción, además de peligroso, más bien parece un atajo seguro hacia subir algún puntito en la escala de Richter o hacia el pacto contranatura PP-PSOE que hipotéticamente desactivaría el gran terremoto de la desvertebración nacional. El ejercicio de la responsabilidad política es lo que tiene: de vez en cuando hay que decidirse. Porque o te decides tú, o tarde o temprano te deciden las urnas… como ahora acaba de suceder.

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