Una comunidad de destino para la nueva Europa

Mundo · Angelo Scola
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14 diciembre 2016
Comunidad de destino y vida social buena. Abro también esta perspectiva pensando en la relación con nuestros hermanos de fe musulmana que viven en Italia, aunque la perspectiva vale también a nivel global, porque me parece una condición inevitable para expresar la dignidad total de la persona, respetando su singularidad y con el deseo de reconocer el peso del otro y de los otros en la propia vida. Yo necesito esta amistad cívica, solidaria y esta comunidad de destino, por eso no puedo dejar de encontrarme con quien forma parte, como yo, de la familia humana, partiendo de la propia fe y cultura, y no puedo acercarme a él si no comparto, con absoluto respeto, esta búsqueda apasionada del sentido esencial de la ciudadanía.

Comunidad de destino y vida social buena. Abro también esta perspectiva pensando en la relación con nuestros hermanos de fe musulmana que viven en Italia, aunque la perspectiva vale también a nivel global, porque me parece una condición inevitable para expresar la dignidad total de la persona, respetando su singularidad y con el deseo de reconocer el peso del otro y de los otros en la propia vida. Yo necesito esta amistad cívica, solidaria y esta comunidad de destino, por eso no puedo dejar de encontrarme con quien forma parte, como yo, de la familia humana, partiendo de la propia fe y cultura, y no puedo acercarme a él si no comparto, con absoluto respeto, esta búsqueda apasionada del sentido esencial de la ciudadanía.

Cuando pienso en la reducción de la ciudadanía a las necesarias formulaciones de los derechos mínimos y sostengo que hace falta ir más allá, quiero poner en evidencia un problema nuestro, no una invención a medida para integrar a nuestros hermanos de otra fe. Pensemos en el problema del ecumenismo en relación con la inmigración. Hay 150.000 niños rumanos que van a las escuelas italianas, procedentes de la confesión ortodoxa de Bucarest.

Hablar de amistad cívica y comunidad de destino significa hablar del destino de todos nosotros, porque no puedo edificar ni construir algo si no es sobre la práctica de convicciones que me permiten estar bien en la sociedad y en el mundo, porque la vida ya lleva consigo su propio peso, como decía Pavese. Debemos recuperar a todos los niveles este alto ideal que, como todos los ideales, a diferencia de las utopías, impacta sobre la realidad y la cambia lentamente en virtud de cómo se implica en él la libertad de cada individuo, de los cuerpos intermedios y de una nación.

Desde este punto di vista, no puedo dejar de referirme a la experiencia del cristianismo europeo, porque es el camino que me permite entender cómo mi hermano musulmán podrá realizar esta operación que el imán Oubrou ha descrito y que además reconduce al origen del islam. Y puedo hacerlo compartiendo esa experiencia de pertenencia no hegemónica, no sectaria, no radical que connota mi historia como hombre: la experiencia de la fe que respiré en casa desde niño, en el pequeño contexto de mi pueblo, en la parroquia y en el oratorio. El elemento de la tradición, en el sentido más potente y noble de la palabra, es el punto de partida no para hacer un discurso sobre las raíces cristianas, que tampoco estaría mal, sino precisamente para mirar al futuro.

Veo la debilidad del Occidente europeo, “la sociedad del cansancio” como la define el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han. Hay que mirar al futuro respetando al menos dos condiciones por lo que se refiere a nosotros los cristianos, pero la posición de diálogo y apertura es posible con todos.

El primer elemento para nosotros, bautizados, es vivir y asumir hasta el fondo, sin selecciones arbitrarias, lo que es el cristianismo, cosa que dejamos de hacer hace demasiado tiempo. El cristianismo no se puede reducir al Evangelio, los sacramentos, el impulso a compartir caritativamente, pues los Misterios de la vida cristiana vividos por Jesús, por María, por los santos y por el pueblo santo de Dios tienen implicaciones valiosísimas que, lo queramos o no, han plasmado a lo largo de los siglos la realidad europea. Por ejemplo, la relación entre hombre y mujer, o la manera de concebir la sociedad civil. Nosotros los cristianos debemos aprender de nuevo a ver estos problemas como implicaciones necesariamente contenidas, aun sujetas a evolución, dentro, por ejemplo, del Misterio de la Trinidad. Pongo a menudo este ejemplo a los jóvenes: hoy nos cuesta pensar en la diferencia sexual porque ya no vemos la incidencia histórica de la Trinidad. No vemos todas las implicaciones concretas del Misterio de la Trinidad. Romano Guardini dice que una convivencia civil plural se puede construir a partir de la contemplación del misterio trinitario, el lugar de la identidad absoluta de tres personas que, en cambio, practican la máxima forma de diferencia posible. Todas las diferencias son superadas por la diferencia de las personas de la Trinidad.

La primera condición, por tanto, es que el cristianismo sea visto en toda la fuerza de su propuesta, libre y no hegemónica, para el futuro, pero debe asumirse en todas sus implicaciones, no según un dualismo sino según la mentalidad y los sentimientos de Cristo, como una condición que en las obligadas y radicales distinciones entre prácticas de vida cristiana y ciudadanía el sujeto vive en unidad. Yo soy uno, en consecuencia no puedo dejar de ver el punto en que estas importantísimas distinciones convergen.

La segunda condición es que todo esto sucede en una sociedad plural, que pide a todos superar una actitud hegemónica de presencia social. Puedo entender que la política partidista apunte hacia la hegemonía, aunque en este caso nunca supera el riesgo de caer en la utopía y por tanto en la violencia. Pero en la propuesta de una amistad cívica que descienda de una comunión de destino, el único camino es el testimonio. Es decir, contar, narrar el bien de la propia vida y experiencia, de su pertenencia constitutiva. Narrarlo, dejarlo narrar a otros, impostar un diálogo que yo llamo “diálogo de fecundación”. Siempre me ha llamado la atención la tesis de los padres capadocios, que decían, en tono al siglo IV, que antes del pecado original el hombre nacía por el oído. Una imagen que muestra cómo la fecundidad está en la acogida y en la escucha. Ponerse en juego con lo que se dice, no jugar con estos problemas.

No la hegemonía sino el testimonio y una gran actitud de humildad. Lo digo con una frase de Fethi Benslama cuando habla de los combatientes extranjeros y de los jóvenes radicalizados de la periferia parisina: “Solo se someten a Dios sometiendo a Dios”. Este es un riesgo que también corremos nosotros, aun sin usar la violencia. El hombre bomba, con toda su soberbia, nunca debe ser llamado “mártir” porque el mártir no pasa a través de la sangre de nadie, no viola la sacralidad de nadie, no toca a nadie ni un cabello. El mártir es una bendición hasta para el asesino, porque al ofrecerse en una actitud de don y perdón consigue superar la experiencia del mal injustificable contenido en actos como el atentado del Bataclan. Es la víctima, el mártir es quien abre la puerta a una posible justificación.

Estos días he encontrado una frase del versículo 8 del capítulo 6 del profeta Miqueas muy pertinente: “Hombre, se te ha hecho saber lo que es bueno, lo que el Señor quiere de ti: tan solo practicar el derecho, amar la bondad, y caminar humildemente con tu Dios”. Este es el estilo del nuevo ciudadano europeo que, lo quiera o no, tendrá que medirse con la interculturalidad y la interreligiosidad. Los miedos se pueden entender, no hay que despreciar sino educar, porque los miedos por sí solos no llevan a ninguna parte en ningún ámbito de la vida humana.

Intervención en la conferencia “Islam en Europa: el desafío de la ciudadanía”, dentro del ciclo “No una época de cambio, sino un cambio de época”.

Oasis

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