Una amistad que no nació de la carne

Mundo · José Luis Restán
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16 enero 2011
"No es preciso que escriba la carta, pues yo quiero seguir teniéndolo conmigo hasta el final". Fueron las palabras que dirigió Juan Pablo II a Joseph Ratzinger cuando se aproximaba la fecha de su 75 cumpleaños y debía por tanto presentar la preceptiva carta de renuncia. "Había depositado una gran confianza, una confianza muy cordial y profunda en mi persona; por así decirlo, era como la garantía de que seguiríamos el curso correcto en la fe". Lo cuenta el propio interesado en el libro Luz del mundo. Y así fue hasta aquel apretón de manos final, cuando el Papa Wojtyla no podía ya articular palabra. Una amistad para la historia, que hace falta recordar ahora que hemos conocido que el próximo 1 de mayo Juan Pablo II será proclamado beato.

Fue una unidad, como dice el apóstol, que no nació de la carne ni de la sangre, sino del mutuo reconocimiento en la fe. Había muchos aspectos temperamentales e históricos que los pudieron separar.  Uno era polaco y hombre de acción, otro alemán e intelectual metódico; el primero extrovertido y dotado para la dramática de los grandes gestos, el segundo más bien contenido y de ademanes suaves. Wojtyla buscó a Ratzinger desde el primer momento de su pontificado. Lo conocía del Concilio, y después lo había encontrado en Munich, durante los diálogos (no siempre dulces) entre los episcopados alemán y polaco para sellar la reconciliación. Y lo tuvo muy claro, quiso tenerlo consigo hasta el final.

Las confidencias de los papas son una rara flor, pero Juan Pablo II dejó escrito que el cardenal Ratzinger había sido más que un colaborador seguro, un amigo de confianza. Había algo que los unía más allá de cualquier diferencia: su doble anclaje en la Tradición de la Iglesia y en el mundo en que les había tocado vivir, un mundo lleno de tensiones en el que amplias franjas de la antigua cristiandad se alejaban a ojos vista del gran patrimonio de la fe.  Pero ni el uno ni el otro daban un paso atrás arredrados por la aspereza de los tiempos, ni se entregaban al lamento fácil por los males de la época y las tormentas de la Iglesia en plena digestión de los contenidos del Vaticano II. Ambos eran hombres libres que habían forjado la inteligencia y el coraje de su fe en el desafío de los dos grandes monstruos totalitarios. Y ambos amaban la belleza como expresión de la verdad de Dios, de su ternura por el hombre: Wojtyla el teatro y la poesía, Ratzinger la música. Los dos, en fin, compartieron la causa de revitalizar el cuerpo cansado de la Iglesia y relanzar el gran diálogo misionero con el mundo moderno: ésa fue la gran causa del Concilio y ambos sufrieron con las incomprensiones y tergiversaciones de uno y otro lado.

Todo esto no significa que siempre estuvieran de acuerdo, y cada uno sabía cuál era su lugar. La personalidad arrolladora y el carisma de Juan Pablo II eran únicos, y en más de una ocasión Ratzinger ha mostrado una especie de asombrada admiración por ese empuje, por la forma sencilla y desacomplejada con la que el Papa Wojtyla abordaba los problemas más espinosos. Pero también nos ha revelado la gran paciencia del Papa polaco, su disponibilidad para la escucha y su humildad para aceptar opiniones diversas. ¡Cuántos diálogos entre ambos, con el horizonte y el peso de toda la Iglesia! "A veces podemos discrepar, pero yo nunca le he desobedecido", confesaba el Prefecto de la Fe en el libro Sal de la tierra.

Esta bellísima historia de amistad en la fe viene a colación porque en los últimos tiempos se ha difundido una especie estúpida pero venenosa, que trata de establecer una ruptura entre ambos pontífices. Es cierto que Benedicto XVI ha debido afrontar las cuestiones pendientes, como habrá de hacer el siguiente Papa cuando él sea llamado por el Señor. Un pontificado nunca es una obra acabada, es sólo un tramo del camino secular de la Iglesia: ésa es una modestia esencial en la que el Papa Ratzinger no deja de insistir. Y también es vedad que las circunstancias cambian con una aceleración creciente: ya no está el Muro de Berlín pero ha crecido el nihilismo en Europa; ya no está vigente cierta Teología de la Liberación pero la crisis global plantea nuevos desafíos antropológicos; y ha estallado con toda crudeza la furia del terrorismo de cuño islamista y la persecución en nuevos territorios como la India. La sacudida enorme del inicio del pontificado del Papa Juan Pablo no siempre se tradujo en un cauce de construcción y educación estable. Son cosas que sólo la perspectiva del tiempo y la sabiduría que otorga el Espíritu permiten apreciar y distinguir.

La forma distinta en que Benedicto XVI ha abordado, por ejemplo, la tragedia de los abusos llevados a cabo por sacerdotes y religiosos tiene mucho que ver con su propia experiencia en Doctrina de la Fe, con la clarificación de la sicología moderna en este campo y con la amarga secuela de tantos casos mal gestionados en su momento por los obispos. Y ¿por qué no?, también por una peculiar genialidad suya. Todo ello ha permitido una maduración dolorosa.  Pero eso no indica en modo alguno que Juan Pablo II fuera complaciente. Él afrontó con valentía el caso de los Estados Unidos, iniciando una ruta que sólo su sucesor ha podido trabajosamente profundizar.

Algunos pensaban que Papa Benedicto haría un poco de política y ralentizaría la marcha de la causa de beatificación de Juan Pablo II para evitar comentarios incómodos de cierta prensa, o que tal vez dejaría clara una distancia personal respecto a ciertos estilos de su predecesor. Hace falta estar ciego para pensar que este hombre se dejaría intimidar por los rumores y la malevolencia de aquéllos que ahora lo halagan (los mismos que antes lo masacraban) pero que mañana cambiarán de aires. El grito de "santo súbito" ha encontrado respuesta seis años después, tiempo suficiente para escrutar con lupa cada recodo del camino de Karol Wojtyla (¡hasta las cartas que cruzaba con su amiga Wanda!) y para verificar las maravillas que el Señor hizo a través de su vida. Y convenía proceder así, para que la decisión no naciese sólo del amor apasionado del pueblo, sino de la seguridad exigente de la Iglesia. "¡Nos sentimos felices!", ha dicho Benedicto XVI al comentar la noticia en el Ángelus. ¡Pues claro que sí! Haría falta estar enfermo para no alegrarse.

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