Editorial

Un sí obstinado

Editorial · Fernando de Haro
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16 diciembre 2018
La experiencia que dio lugar al relato del Génesis y su valor político quizás sea lo más revolucionario en este tiempo en el que proliferan las soluciones antipolíticas, populistas e independentistas. Desde luego lo es para una España en la que cierto secesionismo catalán vuelve a creer en una ruptura como la propiciada hace año y medio. En un país en el que la polarización a izquierda y derecha diluye la certeza de un bien compartido y parece minusvalorar la intuición de que es posible construir desde una positividad experimentada junto a todos.

La experiencia que dio lugar al relato del Génesis y su valor político quizás sea lo más revolucionario en este tiempo en el que proliferan las soluciones antipolíticas, populistas e independentistas. Desde luego lo es para una España en la que cierto secesionismo catalán vuelve a creer en una ruptura como la propiciada hace año y medio. En un país en el que la polarización a izquierda y derecha diluye la certeza de un bien compartido y parece minusvalorar la intuición de que es posible construir desde una positividad experimentada junto a todos.

“Todo era bueno”, afirma con insistencia el primer capítulo del primer libro de la Biblia. Estas tres palabras se han quedado sepultadas y recluidas en el mundo espiritual sin que se perciba la gran carga de juicio histórico y social que las acompaña. La reducción que han sufrido muestra hasta qué punto la secularización es un hecho contundente en el mundo occidental.

La polarización, la apuesta por soluciones políticas de queja (antipolítica), en las que lo importante es la ruptura, tienen mucho que ver con una visión negativa del mundo propia del gnosticismo y del maniqueísmo. La vida, el tiempo, la sociedad, no son buenas, están sometidas al contraste violento del dios bueno y del dios malo. Eso dirían los viejos maniqueos. El avance del adversario ideológico, del extranjero, del otro, es percibido como una prueba clara de que el mundo, tal y como debe ser vivido, no tiene un orden último. Sugieren los nuevos maniqueos. Todo no es bueno y por eso está bloqueado el reconocimiento en deseos y necesidades con el que piensa diferente. Hay que alcanzar, a través del conocimiento, de la dictadura del proletariado, de los nuevos partidos, de la nueva nación, una nueva fase, el nuevo reino. Del maniqueísmo gnóstico se pasa a la región política. Como bien señaló Voegelin, hay un hilo que une el gnosticismo maniqueo del siglo II con las grandes religiones políticas del siglo XIX y XX. El marxismo no es sino una forma de gnosticismo. Quizás podríamos decir lo mismo de la antipolítica, del nacionalismo o del secesionismo. Como todo ha dejado de ser bueno, es necesario alcanzar un punto que esté más allá del mundo presente (independencia, freno a los desmanes de la izquierda, freno a los desmanes de la derecha, recuperación de la nación perdida en un mundo globalizado, recentralización, muro ante la inmigración, etc). No todo es bueno y, por eso, la idea de la realidad acaba estando por encima de la realidad.

Todo no es bueno y, por tanto, la vida política y social están regidas por una dialéctica en la que el bien ha de salir del mal, la luz de las tinieblas. Hay que alcanzar una síntesis abstracta en la que el otro polo, el opuesto, quede destruido. La ruptura con Madrid, la ruptura con “el régimen del 78” y con el sistema constitucional, la ruptura con los que rompen el país, en cualquier caso la ruptura, se convierte en una necesidad para afirmar la propia identidad. La negación, lo malo, se considera como una herramienta para alcanzar lo bueno. Todos gnósticos y maniqueos aunque aparentemente católicos, todos marxistas aunque formalmente liberales, todos confiando en nuevas formas de religión política aunque rabiosamente laicos.

La pérdida del paraíso con todas las contradicciones que implica no supone que todo haya dejado de ser bueno. No hay dos imperios, el del dios bueno y del dios malo al mismo nivel. El progreso y la síntesis no se alcanzan por la negación de uno de los polos enfrentados sino por una superación en la que los opuestos vienen afirmados, rescatados en todo lo que tienen de verdadero. Es la gran aportación del pensamiento de Bergoglio que luego se ha visto incorporado al magisterio de Francisco.

No estamos hablando de un debate filosófico o teológico. Nos referimos a un modo y a un método de afrontar la vida social. Hasta hace algunos años era posible pensar que la solución era la defensa de ciertas convicciones. Pero ahora estamos todos desnudos, laicos y religiosos, izquierda y derecha. Todos desarmados ante los signos de un derrumbe que es demasiado evidente.

Si parto con la hipótesis de que todo es bueno reconozco que las diferencias ideológicas no son la última palabra. Me interesa no tanto la polémica ni el triunfo de cierto proyecto sino la posibilidad de encontrarme en lo que me une con otros. Entro en la complejidad de los retos sociales a partir de lo concreto. Si todo es bueno, el método es la unidad, la afirmación, un sí obstinado a todo lo positivo que aparece en cualquier rincón.

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