Un presidente socialista en un país de centro-derecha

Mundo · Robi Ronza
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10 mayo 2012
François Hollande  va a ser el nuevo presidente de la república francesa.  El pasado 23 de abril, tras los resultados de la primera vuelta, decíamos que habría poco que celebrar fuese cual fuese el vencedor de la segunda vuelta. No podemos hacer otra cosa que confirmarlo: así es. Hay poco que celebrar.

En momentos de grave crisis, la mayoría de los gobiernos salientes suelen perder. Perdieron los socialistas en España, ahora pierde Sarkozy en Francia y los socialistas en Grecia. Sarkozy partía por tanto con una clara desventaja, pero también había puesto de su parte: desde la infeliz guerra contra la Libia de Gadafi, que le ha costado mucho a Francia para nada, a la llamada de socorro a la canciller alemana Angela Merkel con la que tocó la fibra latente del orgullo nacional y despertó un inconfesable y persistente sentimiento anti-alemán presente en todo el electorado francés, tanto de izquierda como de derecha.

A lo que se añade no sólo que el centrista Bayrou sugirió votar a Hollande; también Marine Le Pen, líder del Frente Nacional, declaró que ella iba a votar en blanco, aunque dejaba libertad de voto para sus electores, echando así más agua al molino del candidato socialista, en virtud del citado sentimiento nacionalista transversal.

Así que Francia, donde la mayoría del electorado es de centro-derecha, tendrá un presidente de la República socialista. Esta situación estructuralmente ambigua, y por tanto tendencialmente inestable, tendrá que hacerse cada vez más fluida, en la medida en que Hollande empiece a actuar según el programa con el que se ha presentado. Hollande propone un considerable aumento de la presión fiscal (45% para las rentas superiores a los 150.000 euros anuales, 75% para las superiores al millón de euros); la contratación de 60.000 nuevos profesores y otros empleados escolares; el retorno de la edad de jubilación a los sesenta años, si bien sólo para quien haya contribuido durante más 41 años; la reducción de la cuota de producción de energía eléctrica en centrales nucleares, que hoy en Francia es del 75%, al 50% de aquí al 2025.

Y con todo se ha comprometido también a estimular el crecimiento (¿pero cómo?) y a presionar para que la "dimensión del crecimiento" entre en los tratados de la Unión Europea como uno de sus objetivos de fondo. Se añade que también quiere incluir en la Constitución francesa el principio de la "separación entre el Estado y la Iglesia", fórmula que históricamente en Francia se ha identificado siempre con políticas de marginación agresiva a la presencia pública de los cristianos; que ha prometido la posibilidad del suicidio asistido para los enfermos mayores e incurables, así como el matrimonio y el derecho de adopción para los homosexuales.

Después de cuatro hijos fruto de la unión de hecho ya finalizada con Ségolène Royal, entonces líder de su partido y candidata presidencial derrotada por Sarkozy, Hollande convive con la periodista Valerie Trierweiler. Ninguno de ellos tiene la intención de casarse, lo que planteará problemas inéditos de protocolo al ceremonial de la presidencia de la República francesa, pero será visto por los enemigos del valor del matrimonio como una gran ocasión para legitimar al más alto nivel las uniones de hecho.

Hasta aquí las perspectivas que la presidencia de François Hollande abre en Francia. A nivel europeo sería un poco precipitado concluir que habrá un vuelco en las relaciones franco-alemanas. Como ya se ha dicho otras veces, la especial relación entre Francia y Alemania es sólida, antigua y establemente estructurada. Habrá cambios de estilo, pero la sustancia no cambiará, como no cambió en 1963 cuando en París el entonces presidente francés, general Charles De Gaulle, y el entonces canciller alemán, Konrad Adenauer, firmaron en el palacio del Elíseo el histórico tratado que le dio vida.

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