Un nuevo escenario

Mundo · Horacio Morel (Buenos Aires)
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21 noviembre 2012
Tres hechos recientes, todosellos de trascendencia política, han venido a alterar el escenario argentino.Una adecuada orquestación de los mismos podría significar el comienzo del finde la hegemonía kirchnerista, del mismo modo que la ausencia de una expresiónunitaria mediante la formulación de un proyecto político alternativo implicaríala pervivencia del modelo populista imperante, más allá del éxito o del fracasodel intento re-reeleccionista de Cristina Fernández de Kirchner.

El primero de ellos fue el cacerolazo del 8 deNoviembre, popularizado como el "8N". Esta convocatoria cuasi-espontánea, lanzada a travésde las redes sociales y amplificada mediante los medios de comunicaciónantioficialistas, logró largamente el objetivo que perseguía, el de reunir amás de un millón de manifestantes en diferentes ciudades del país y delexterior. La protesta mostró una diversidad disonante de matices sociales,culturales e ideológicos, aunque el acento común estuvo puesto en una genuinaexteriorización de orgullo nacional y en las consignas de caráctercívico-institucional que formaban parte de la invitación al gesto público.

Sólo la hábil y oportunista maniobra mediática de doscanales de televisión adeptos al gobierno dieron pie a agresiones verbales yfísicas de algunos participantes a la reunión central de Plaza de Mayo, queconstituyeron hechos aislados, excepción a una manifestación pacífica ylegítima, aunque aún desprovista de una inteligencia y conducción política comoya hemos comentado anteriormente desde estas Páginas.

De hecho, el oficialismo reaccionó ante la protestacon su habitual soberbia expresando que si los manifestantes no están conformescon el modelo de gobierno, pues que lo derroten en elecciones. El argumentokirchnerista encierra -al mismo tiempo- una mentira y una verdad: la primera,desacreditar toda expresión proveniente de la sociedad civil en la medida queno se encuentre articulada políticamente como si careciera de toda legitimidad;la segunda, que ciertamente toda iniciativa aún multitudinaria y pública correel riesgo de agotarse en una visión "oenegeísta" de la sociedad si deserta voluntariamentede la acción propiamente política, esto es, de la participación cívica en losmecanismos constitucionales que definen la gestión del Estado.

El segundo hecho, inmediato a las manifestaciones del8N, fue una declaración conjunta y pública de legisladores opositores de ambascámaras parlamentarias que -haciéndose eco rápidamente del sentimiento popularexpresado en las protestas- se comprometieron irrevocablemente a obstruircualquier intento de reforma constitucional que habilite la reelecciónpresidencial indefinida.

Aun cuando los legisladores de tal compromiso público-a excepción de los peronistas disidentes- carecen aparentemente de la vocacióny la deliberación necesarias para cubrir la vacante que el descontento popularpone a su disposición, no deja de ser un dato insoslayable que ya difícilmenteel oficialismo logre alcanzar la mayoría calificada que la Constitución exigepara su reforma, excepto una victoria aplastante en las elecciones legislativasdel año próximo, resultado altamente improbable si se tiene en cuenta elprogresivo y constante deterioro de la imagen del gobierno. 

El tercer dato, es la huelga general convocada portres de las cuatro centrales obreras más la Federación Agraria, que con altogrado de acatamiento se acaba de cumplir hace apenas unas horas.

La adhesión al paro obrero ha sido mayoritario, yademás de haber unido a distintas centrales sindicales que hasta hace pocotiempo recelaban unas de otras, contó con el apoyo del campo, los estudiantes yuna buena porción de las agrupaciones sociales y/o "piqueteras", las que seencargaron de asegurar la eficacia de la medida mediante el corte de accesos,rutas y calles. Esta cuestionable acción "colateral" vinculada a la huelga ledio pie al gobierno para expresar que no se trató de un paro de actividades,sino de un "piquetazo", amenazando a los líderes sindicales con querellascriminales. Pero de hecho se trató de una masiva huelga, la primera que elsindicalismo le hace al kirchnerismo, y también la primera que sufre ungobierno que se dice peronista desde 1997, época del expresidente Carlos Menem,autor de las medidas neoliberales emergentes del Consenso de Washington en laya lejana década de los '90.

Si a lo ocurrido se le suma que la única centralsindical que no participó de la medida de fuerza es la adepta al gobierno,nutrida de dirigentes que no le aseguran ninguna lealtad puesto que por otraparte no dejan de recibir desaires de parte de Cristina y sus ministros, laconclusión inequívoca es que día a día el gobierno camina a romperdefinitivamente con el movimiento obrero organizado, tradicional columnavertebral del peronismo, y a perder el principal sustento popular de suproyecto político.

Tres hechos que -por ahora- reconocen causas,motivaciones e intereses bien diferentes, pero que si llegan a conjugarse almodo de una alineación planetaria, podrían inaugurar una suerte de extensoadiós al kirchnerismo. Proceso de transición de largo aliento, puesto quedeshacer la madeja que tejió el poder "K" en estos años no será tarea sencilla.

¿Quién capitalizará políticamente el descontentoexpresado en estos hechos? La oposición debe abandonar su postura "testimonial"para convertirse en opción de poder, y para ello, parecen mejor preparadasalgunas figuras del riñón peronista anticristinista, y el justicialismo tendrásu enésima oportunidad de no defraudar a la sociedad argentina, materiapendiente.

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