Un iceberg de errores

Mundo · Riccardo Cascioli
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2 mayo 2008
Problema: si un iceberg a la deriva mide 41 kilómetros de largo y 2,4 kilómetros de ancho, ¿cuál será su superficie? Mi hija, en quinto de primaria, me responde: 41 x 2,4 = 98,4 km2. Bien. Pero entonces -segundo problema- si el iceberg desprendido hace unas semanas de la placa de hielo Wilkins en la Antártida mide 41 km. de largo y 3,4 de ancho, ¿por qué todos los periódicos, que dan también estas medidas, hablan de una superficie de 405 km2?

A esta pregunta mi hija, obviamente, no sabe responder. Lo intento yo: es una combinación de dos factores. Primero: muchos científicos, acostumbrados a trabajar con plantillas informatizadas cada vez más complejas y sofisticadas (prácticamente lo hacen todo ellas) se han olvidado, evidentemente, de nociones básicas de la matemática que se aprenden en quinto de primaria. A esto hay que añadir que aunque tuviese una superficie de 405 km2, el iceberg sería cinco veces Manhattan, y no siete, como tanto se ha repetido estos días (el corazón de Nueva York tiene una extensión de 80 km2). De lo que se podría deducir que si con cálculos tan fácilmente comprobables se disparan balas de este género, imagínense lo que sucede con cálculos complicados que son inaccesibles al común de los mortales.

Segundo: muchos periodistas, olvidando las reglas básicas de su oficio, no verifican las noticias. Basta con que el primero traduzca mal del inglés una noticia para que todos repitan el error hasta el infinito. Realmente, la noticia original que llegó del National Snow and Ice Data Center de la Universidad de Colorado, los 405 km2 no se referían a la superficie del iceberg sino a la superficie total del Wilkins después de la separación del iceberg.

A estos factores se podría añadir un tercero: la gran mayoría de los lectores se traga todo lo que lee y ve, sin ni siquiera hacerse preguntas. De otro modo, las redacciones estarían inundadas de cartas de protesta porque todos los ciudadanos tienen derecho a una información correcta. Esto incluye que la información esté completa, porque la mentira es a menudo una media verdad. Se da el caso de que, al dar la noticia del iceberg se ha dejado fuera toda una serie de datos que habrían reconducido el hecho hacia lo que realmente es, pero entonces se habrían quedado sin noticia.

Se han olvidado, por ejemplo, de explicar que en la Antártida en ese momento se estaba acabando el verano y que la formación de icebergs es un fenómeno normal. Sólo citando los más conocidos de los últimos años, se han producido separaciones de hielo en la Antártida en los años 1998, 2000, 2002 y 2005. En el año 2000 el iceberg tenía una superficie de 11.000 km2 (más de 110 veces éste del que se habla estos días) y en 1956 se produjo la separación de un iceberg de nada menos que 31.000 km2.

También se han olvidado de decir que en la Antártida no ha habido aumento de las temperaturas ni ningún deshielo global, como ha explicado Aldo Meschiari en www.meteogiornale.it: "Es necesario partir de una certeza: los hilos marinos antárticos están aumentando desde hace ya muchos años. La masa helada del continente blanco está perdiendo, según los datos del satélite una millonésima parte de su totalidad cada año. Es decir, nada. Algunos estudios nos intentan explicar esta pérdida de hielo, que no se debe a las altas temperaturas, como piensan los medios de un modo ingenuo e ignorante. La Antártida es el lugar más frío de la Tierra y es la masa helada que alcanza una mayor altura, llegando a los 3.000 metros. Nada puede suceder cuando la temperatura permanece constante unas decenas de grados bajo cero. Como mucho, el calentamiento puede venir de abajo: quizás a causa de corrientes marinas cálidas o, como algunos han teorizado, debido a una actividad geotérmica muy pronunciada".

Habría que explicar que el iceberg es grande porque los hielos en la Antártida van en aumento y no porque se estén descongelando. Y habría también que admitir que el iceberg con calentamiento global no existiría. Pero entonces habría que decir adiós al dinero para quienes -científicos, periodistas y políticos- campan en el alarmismo.

 

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