Un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿puede creer, verdaderamente creer, en la divinidad del Hijo de Dios, Jesucristo?

Carrón · Julián Carrón
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6 marzo 2026
Lección de Julián Carrón en el encuentro de Cuaresma (Santuario de Oropa, 2026).

«Un hombre culto,[1] un europeo de nuestros días, ¿puede creer, verdaderamente creer, en la divinidad del Hijo de Dios, Jesucristo?»[2]. Esta pregunta es siempre nueva. Aunque  la hayamos oído muchas veces, no puede darse por supuesta. Esta frase de Dostoyevski es siempre una provocación: es muy pertinente en el momento histórico que vivimos, porque, aunque cambien las épocas y las situaciones, la apuesta por la verificación de la fe cristiana —por su capacidad para ser percibida como respuesta al drama del hombre— sigue siendo actual.

Las palabras que el papa León ha dirigido a los padres de las víctimas de Crans Montana[3] contienen la clave de toda la cuestión: «Vuestra esperanza no es vana, porque Cristo ha resucitado». ¿Hay espacio en nosotros para esta afirmación? ¿Está arraigada  en lo más hondo de nuestro yo?

El desafío de Dostoyevski es para cada uno de nosotros: para un europeo de nuestros días, para un hombre y para una mujer conscientes de la capacidad de su razón, de su deseo de libertad, de su necesidad de afecto. Para un hombre  y una mujer que no renuncian a su propia humanidad. Por eso, hace falta ser verdaderamente conscientes de nosotros mismos para poder verificar si Jesucristo está a la altura de nuestra naturaleza de hombres.

Don Giussani desafiaba a sus alumnos, desde las primeras horas de clase, con estas palabras: «No estoy aquí para que vosotros consideréis como vuestras las ideas que yo os doy, sino para enseñaros un método verdadero para juzgar las cosas que os voy a decir. Y las cosas que os voy a decir son una experiencia que es resultado de un largo pasado de dos mil años»[4]. El anuncio del que habla el Papa tiene dos mil años. Pero todos sabemos que, en este momento histórico, no basta una repetición mecánica del anuncio cristiano, no basta repetirlo con devoción para sentirlo verdaderamente pertinente a los desafíos del vivir.

Por eso, don Giussani tomó desde el principio «el toro por los cuernos», para invitar a sus alumnos a verificar lo que habían recibido, como nosotros lo hemos recibido, de la tradición. Estaba convencido de que solo la persona puede ver «la pertinencia de la fe a las exigencias de la vida»[5]. Su gran deseo era mostrarlo a todos. Y esto es lo que está en juego cuando recibimos un golpe como el de Crans Montana, y que recibimos continuamente.

Por eso Giussani, desde el primer instante, aceptó la pregunta de Dostoyevski como un desafío, ante todo, para sí mismo «Por mi formación primero en la familia y en el seminario, y a través de mi meditación personal después, me había persuadido profundamente [si no llega hasta la persuasión, hasta la convicción profunda, no podremos responder a los desafíos del vivir] de que una fe que no pudiera percibirse y encontrarse en la experiencia presente [no como un piadoso recuerdo del pasado], que no pudiera verse confirmada por ella [cuando se confirma de la verdad de la fe en la experiencia presente], que no pudiera ser útil para responder a sus exigencias, no podía ser una fe en condiciones de resistir en un mundo donde todo, todo, decía y dice lo contrario»[6]. Cuando Giussani dijo estas palabras, estábamos todavía muy lejos de ver lo que vemos ahora; él anticipó con una lucidez verdaderamente genial cuál era la cuestión. Por eso, precisamente por esta conciencia que tenía, nos ofreció los instrumentos para afrontar el desafío, para que estas palabras, repetidas por el Papa a los padres de las víctimas, puedan ser tan verdaderas y reales que respondan al drama que viven, y que todos vivimos con ellos.

Nadie puede hacer la verificación de la fe por otro, quienquiera que sea. Cada uno es llamado a hacerla en primera persona. De lo contrario, lo sabemos bien, cuando el desafío llame a nuestra puerta la fe no será suficientemente persuasiva. Quizá no nos alejaremos formalmente de la Iglesia, pero (sin la verificación) no será una experiencia decisiva para la vida. Prevalecerá otra cosa más interesante, como sucede a menudo. Por eso tenemos que distraernos, dejar entrar otros pensamientos, porque si no la vida es insoportable.

El anuncio cristiano será tomado en serio —hoy, en esta situación histórica, con el desafío que debemos afrontar cotidianamente— solo por quien tiene la urgencia de encontrar una respuesta a la altura de su exigencia. Por ello, tener conciencia de uno mismo, del drama que cada uno vive, no es una premisa cultural para pasar luego al aspecto devocional, teológico, es una invitación a tomar conciencia de uno mismo y del propio drama para verificar si es razonable —hoy— creer verdaderamente en la divinidad del Hijo de Dios, Jesucristo, como dice Dostoyevski.

El drama del hombre contemporáneo

Desde los tiempos de Dostoyevski hasta hoy el drama del hombre ha permanecido sustancialmente intacto, no ha disminuido. En cada momento tiene rasgos singulares, pero en el fondo sigue siendo el mismo. Es más, el desconcierto en que se encuentran muchos de nuestros compañeros de camino —tampoco nosotros estamos exentos— confirma la actualidad de la cuestión. Sea cual sea la explicación del desconcierto, este constituye el dato más clamoroso de nuestro tiempo. El desamparo domina en todos sitios. Y a menudo, al no encontrar una respuesta satisfactoria, se convierte solo en resignación o en un acomodarse para intentar sobrevivir ante la precariedad. «La vida es así», es una de las frases más recurrentes de estos tiempos. La usamos para justificar nuestro conformismo. Decimos: «Total, nada cambia, ya lo sabemos…». Nos convencemos de que, como el desafío es demasiado grande, la única solución es encogernos, contentándonos con pequeñas satisfacciones  al alcance de la mano —ir de compras, pasar de una cosa a otra o de una relación a otra, esperar el fin de semana, ver alguna serie de Netflix, distracciones varias…—. Cada uno sabe cuáles son las estrategias que usa para no sentir el vacío.

Los  intentos de suavizar, de amortiguar el drama cotidiano documentan que ¡el hombre nunca se conforma! Son intentos inútiles. Precisamente en esta situación, emerge cada vez más imponente nuestra irreductibilidad. Por eso debemos encontrar siempre nuevos modos de responder al hecho que emerja constantemente esa irreductibilidad.

Y quizá este es el dato más impactante de nuestro tiempo: a pesar de todo, lo que no desaparece es la percepción de nosotros mismos, con todo el drama del vivir, con toda la exigencia que sorprendemos al verla vibrar. Los intentos se multiplican de modo exponencial, pero ninguno de ellos logra acallar el grito que emerge de nuestro interior.

«La mayoría de nosotros —observaba Martin Buber— sólo en raros momentos alcanza la plena conciencia de que no hemos saboreado el cumplimiento de la existencia; de que nuestra vida […] es vivida, por decirlo así, en los márgenes de la existencia auténtica. Y, sin embargo, no cesamos nunca de percibir la carencia; y nos esforzamos continuamente, de un modo u otro, por encontrar en alguna parte lo que nos falta»[7]. Por eso, los intentos se multiplican.

Es la misma conciencia con la que Ratzinger, paradójicamente —es una suerte que sea él quien nos lo recuerde—, percibía la situación que vivimos como una ocasión favorable para la fe. «¿Cómo es que la fe tiene todavía éxito? Diría que porque encuentra correspondencia en la naturaleza del hombre […]. En el hombre hay una inextinguible aspiración nostálgica hacia el infinito. Ninguna de las respuestas que se formulen son suficientes; solo el Dios que se ha hecho finito, para rasgar nuestra finitud y conducirla a la amplitud de su infinitud, es capaz de salir al encuentro de las preguntas de nuestro ser. Por eso también hoy la fe cristiana volverá a encontrar al hombre»[8].

¿Cuál es la condición para que la fe, el anuncio cristiano, que tantas veces hemos escuchado y repetido, pueda volver a «encontrarnos» a cada uno de nosotros?

Don Giussani fue siempre tan consciente de ello. En el libro Los orígenes de la pretensión cristiana nos recuerda desde las primeras líneas que nada es más importante para comenzar a afrontar la naturaleza del acontecimiento cristiano como «la pregunta sobre la situación real del hombre. No sería posible apreciar plenamente qué significa Jesucristo si antes no apreciáramos bien la naturaleza del dinamismo que hace del hombre un hombre. Cristo se presenta, en efecto, como respuesta a lo que soy «yo», y solo tomar conciencia atenta y también tierna y apasionada de mí mismo puede abrirme de par en par y disponerme para reconocer, admirar, agradecer y vivir a Cristo. Sin esta conciencia incluso Jesucristo se convierte en un puro nombre»[9].

Todo el camino que hemos de hacer como hombres para verificar, hasta el fondo, si la fe es capaz de responder a esta dramaticidad. Por ejemplo si ahora trabajamos uno el recorrido que se propone en Los orígenes de la pretensión cristiana[10], veremos si avanzamos no porque nos sepamos todos los pasos del libro, sino porque al final Jesucristo es menos un «puro nombre». Podemos repetir todas las frases y que Cristo siga siendo un «puro nombre» —dicho devotamente, por supuesto, pero un «puro nombre»—, que no cambia la vida, que no responde a las exigencias. Lo vemos cuando buscamos en otro lugar la respuesta al drama.

Para llegar a estar persuadidos hace falta la experiencia de nuestra propia humanidad, nos recuerda Giussani. Muchas  veces, en cambio, para nosotros este es un factor para eliminar. Años atrás, un sacerdote en América Latina me contaba que en el seminario siempre le habían dicho que era necesario olvidarse de uno mismo, dejar fuera el propio yo. Por eso le impresionaba tanto que don Giussani dijera lo contrario: lo que falta es el yo, es lo humano. Se daba cuenta de que, sin lo humano, no habría podido percibir quién es Jesucristo. Pero tenemos una mentalidad muy arraigada entre nosotros y seguimos pensando que todos estos desafíos, estas provocaciones de la vida, son algo que debemos eliminar, son una desgracia, y no la posibilidad de ver que Cristo es más que un «puro nombre». Solo así (con los desafíos) es posible verificar que la fe cristiana puede todavía «encontrar» al hombre, a cada uno de nosotros.

Es una tentación siempre actual. Por eso me impresionó mucho una frase de Simone Weil: «También en la vida privada cada uno de nosotros está siempre tentado de poner sus carencias, en cierto modo, entre paréntesis; de colocarlas en algún trastero, de encontrar un modo para calcular cómo hacer para que no cuenten [que no molesten, que no den la lata]. Ceder a esta tentación [fijaos qué conciencia tenía Simone Weil] equivale a arruinarse el alma: es la tentación que más que ninguna otra hay que vencer»[11].

No creo que podamos comenzar mejor la Cuaresma: tomando conciencia de lo que está en juego con esta frase de Simone Weil. Querer poner lo humano a un lado es la tentación que más que ninguna otra hay que vencer. Porque si lo pongo «entre paréntesis», entonces no podré ver quién es Cristo, no podré reconocer su alcance para la vida. Por eso, a quien piensa que basta con poner la propia humanidad «en algún trastero» para resolver la cuestión, la misma experiencia le convencerá de que no puede hacerse ilusiones, de que no puede salir del paso con esa estrategia por mucho tiempo. Lo sabemos por experiencia. Lo demuestra la historia del hijo pródigo, que quiso buscar su respuesta donde imaginaba poder encontrarla. La belleza de esa parábola es que el padre no tuvo ningún miedo, le dio la parte de la herencia sin pestañear: «¡Vete! ¡Vete y compruébalo!» Porque prefiero tener un hijo convencido, que ha entendido que no debe quedarse en casa solo por moralismo y en el fondo lamentándolo. ¡Como el otro hijo, que se queja de no haber recibido siquiera un cabrito…! «¡Vete! Y comprueba si puedes encontrar en otro lugar lo que buscas».

Esto nos hará descubrir que la carencia que experimentamos no es simplemente algo añadido. Una mirada aguda como la de Jean-Paul Sartre nos permite comprender la profundidad de la cuestión: «Bastaría la existencia del deseo como hecho humano para probar que la realidad humana es carencia». El hecho de que nosotros deseemos tan poderosamente es el signo de cuál es la esencia de esta carencia. El deseo no es carencia de algo, como tantas veces imaginamos, sino «carencia de ser», por eso «es solicitado en su ser más íntimo por el ser del que es deseo». ¡Es Otro quien nos despierta el deseo de ser! Nos  hace así para que nos convirtamos cada vez más en nosotros mismos. «Así da testimonio de la existencia de una carencia en el ser de la realidad humana»[12]. Es el Misterio quien nos genera constantemente con esta «carencia de ser» para que podamos desearlo.

Esta «carencia de ser» no es un obstáculo, una complicación, un estorbo, que debemos meter en el trastero. No es así… Cuando tengo una úlcera de estómago, no cambio de lugar, salgo de viaje, me pongo a dormir y se pasa… ¡La tengo dentro! Si yo no respondo al problema, me lo llevaré dentro. Esta «carencia de ser» no es un obstáculo que superar, algo que arreglar. Es la posibilidad de ver para qué estamos hechos y comprobar que nuestros intentos no lo alcanzan. Así se revela precisamente la naturaleza de nuestro yo: ser relación con el Infinito.

Esta es la primera conversión: entender de qué estamos hablando. Si no, hacemos de la conversión algo patético: «mejoro» algo en Cuaresma, hago algún «sacrificio», algún «ajuste»… Como alguien que tiene un tumor y piensa resolverlo con una aspirina. ¡No ha entendido la naturaleza de la cuestión! Por eso, si al comienzo de la Cuaresma no nos damos cuenta de cuál es la naturaleza de nuestro problema, de cuál es la naturaleza de nuestra «carencia de ser», haremos cosas buenas, por supuesto, pero nos quedaremos decepcionados porque no responden al deseo. Y en cuanto llega la Pascua, hechas las «tareas», volvemos al antiguo ritmo, y en el fondo seguimos pensando en responder con nuestros intentos. Comprendéis que así no hacemos un camino que nos permita entender de qué se trata: tanto en la vida como en la fe.

Por eso, solo si entendemos, como dice san Agustín, nuestra grandeza, podemos empezar a comprender qué es la conversión: «Tú [Dios] muestras de modo bastante evidente la grandeza que quisiste atribuir a la criatura racional; porque a su beatitud [a su felicidad] no le basta nada que sea menos que Tú»[13].

Bastaría ayudarnos a entender esto para cambiar el chip. Como no lo cambiamos, seguimos haciendo intentos torpes —con buenas intenciones, por supuesto—pero sin darnos cuenta de lo que está en juego. Porque si no captamos verdaderamente que no se trata de  arreglar un problema  sino de tomar conciencia de la grandeza a la que Cristo nos llama —dándonos esta naturaleza única, a la que «no le basta nada que sea menos que Tú»—, seguimos intentando llenar el vacío con banalidades. Y luego nos quejamos de haber hecho mucho intentos, también «religiosos», para encontrarnos aún peor, más vacíos. No resolvemos nada. Y esto, al final, nos lleva a pensar: «¿Pero nuestra esperanza tiene un fundamento?».

Imaginad cómo suenan todavía nuevas estas palabras de Giussani, al comienzo de la Cuaresma: «Lo más importante es sentir la humanidad [no meterla debajo de la alfombra, no distraerse] de lo que nos hace sufrir, de nuestra humanidad, de la tristeza, del límite. Todo puede partir de algo positivo. Solo de algo positivo». ¿Y qué entiende él por «positivo»? ¿Qué hemos pensado nosotros cundo hemos oído «positivo»? «Aquello de lo que se parte es un bien. Uno puede sentir una grave tentación; una grave tentación no es algo demoníaco: es una potencia del cuerpo y del alma, es una humanidad. ¿Por qué se me da esta humanidad? Esta es la pregunta que se infiltra si uno entiende […] que la tentación como instinto, como tristeza, es una positividad humana, es una capacidad humana, es una humanidad. ¿Para qué se me da esta humanidad? Este es el punto, aquí empieza el hombre: ¿para qué se me da esta humanidad?»[14]. La (humanidad) que nosotros querríamos descartar desde el principio.

Me escribe una persona: «Soy profundamente infeliz y no consigo ir más allá de la «superficie» de las mil contradicciones que vivo. Veo en mí una rebelión que rechaza vivir la realidad tal como ocurre, pero no consigo captar el fondo verdadero del problema [esta es la cuestión]: es como si lo que hay fuera siempre menos de lo que quisiera». Si uno no entiende cómo estamos hechos, no entiende por qué es «siempre menos de lo que quisiera». Continúa: «Y lo «descargo» a diestro y siniestro. Pero la verdad es que estoy cada vez más triste y lo que más me asusta es que tengo miedo de todo, estoy siempre en equilibrio. La verdad es que solo quisiera que me sacaran de este abismo profundo, del que la mayoría de las veces intento distraerme».

Mientras esta persona sueña solo con liberarse de su abismo profundo, el papa León considera este abismo un instrumento esencial para la fe: «Me permito entonces –decía a los obispos italianos– expresar un deseo: que el camino de las Iglesias en Italia incluya, en coherente simbiosis con la centralidad de Jesús, la visión antropológica [la percepción del hombre según su verdadera naturaleza] como instrumento esencial del discernimiento pastoral [de la comunicación de la fe]. Sin una reflexión viva sobre lo humano [sin una verdadera toma de conciencia de uno mismo, diría Giussani] la ética se reduce a un código y la fe corre el riesgo de desencarnarse»[15]. Es decir, (se reduce a) un «puro nombre», a una fábula.

Esta visión, el papa León la ha explicitado aún más en la carta enviada a los sacerdotes de la Diócesis de Madrid. ¿Por qué es tan importante esta «reflexión viva sobre lo humano? Porque estamos atravesando un cambio cultural profundo que no puede ignorarse: la progresiva desaparición de referencias comunes. Durante mucho tiempo, la semilla cristiana encontró una tierra en buena medida preparada, porque el lenguaje moral, las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y ciertas nociones fundamentales eran, al menos en parte, compartidos. Hoy ese sustrato común se ha debilitado notablemente. Muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes [también el contenido de la fe] y, en no pocos casos, incluso comprensibles. El Evangelio no se encuentra sólo con la indiferencia, sino también, sobre todo, con la inquietud nueva que surge en el hombre. [La irreductibilidad. Quien se da cuenta de esta irreductibilidad se da cuenta también de que] la absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada; una libertad desvinculada de la verdad no ha generado la plenitud prometida; y el progreso material, por sí solo, no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano»[16]. Todo lo que hacemos debe ser examinado con la exigencia del corazón.

¿Pero existe una presencia verdaderamente correspondiente a la espera del corazón?

«Ha sucedido». La respuesta al drama: «Ha sucedido». Lo hemos celebrado en Navidad. Luego, en los domingos siguientes, la liturgia nos ha acompañado para ayudarnos a darnos cuenta de cómo ese acontecimiento podía, poco a poco, entrar en las entrañas de quienes lo encontraban, para que, como dice el Papa, no permaneciera desencarnado, no permaneciera un «puro nombre». Si nosotros no hacemos el camino con el que el cristianismo se comunica —como nos ha dicho siempre don Giussani, que no ha hecho otra cosa que seguir la modalidad con la que el Misterio lo hizo ocurrir entre nosotros—, seguirá desencarnado, seguirá siendo un «puro nombre».

Después del Bautismo de Jesús, Juan el Bautista aparece como «el» testigo, aquel que señala: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»[17]. Pero ¿qué habría podido entender la gente de esa frase? En el mejor de los casos, la habría repetido devotamente, convencida, pero sin comprender nada. Solo cuando el relato del Evangelio de estos domingos continúa, solo cuando Juan y Andrés lo encuentran como hombre, entonces esa frase desvela en significado: «Hemos encontrado a aquel al que esperábamos, que nuestro corazón esperaba». ¡Una presencia tan poderosa que prevalece el apego! Y que nos libera de buscar la satisfacción en otro lugar, eso  es el pecado.

No bastaba con que esto ocurriera solo al principio. Cuando Jesús empieza a anunciar lo que trae, llama a la conversión: «Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca»[18]. Nosotros escuchamos esta frase y es como si fuese una frase hecha… Pero Jesús no la pronuncia como un llamamiento genérico, (no dice): «Es el comienzo de la Cuaresma, convertíos». Él ponía delante una presencia y quienes lo veían iban a tocarle el manto, escuchaban una palabra que los dejaba asombrados: «¡Habla con autoridad, no como los escribas!». ¡El Reino no era una palabra abstracta! Era tan carnal que lo humano de quien lo encontraba chocaba con una presencia. Entonces sí  venían las ganas de convertirse. No era: «Ahora tengo que hacer penitencia…». Era que no se podía dejar de desear volver a escuchar a una persona así. Yendo a la sinagoga: «¡Ojalá esté hoy!». Todos  los que estaban enfermos iban a buscarle para que les curara…

Bastaba con encontrarse con Él. Porque «el cristianismo», dice Giussani, «siendo una Realidad presente», tendrá únicamente «como instrumento de conocimiento», es decir, se dará a conocer solo a través de «la evidencia de una experiencia»[19].

Como el enamorarse: siendo una realidad presente, se comunica solo a través de la evidencia de una experiencia que tengo cuando encuentro a la persona amada. Sin esto, no habrá nada interesante. La conversión, como dice Newman, es precisamente este «movimiento del afecto»[20] que uno percibe dentro de sí cuando se encuentra con alguien así.

«La conversión es —dice Giussani— reconocerle. […] Este «reconocerle» es un instante denso, total. Uno, una hora después, al día siguiente se encuentra [no ya cambiado, sino] con que ha vuelto a equivocarse». Fijaos qué modo tan humano de describir el camino de la conversión: «La conversión es como la historia de la Samaritana que va a sacar agua al pozo y hay un hombre sentado: reconocer a ese hombre —sin conocerle— reconocer a ese hombre como algo excepcional […] es la conversión». «¡Dame de esa agua!». ¡Le entran las ganas! En cuanto escucha a alguien que le habla de un agua por la que no tiene que volver una y otra vez… No es tonta. Se da cuenta de que todos los maridos que ha tenido no le bastan para saciar la sed. Y en cuanto alguien le dice que hay un agua que sacia para la vida eterna: «¡Dame de esa agua!». Es este reconocimiento el que hace brotar todo el deseo, todas las ganas de Él. La conversión es este reconocimiento. «El resto vendrá con el tiempo. No dice el Evangelio», continúa Giussani, «que la Samaritana se haya alejado al sexto hombre con el que estaba. No está dicho que el publicano, al salir del templo, haya distribuido todos sus bienes a los pobres: no está dicho. Se dice que salió perdonado: ha reconocido. Reconocer: quien disminuye la importancia de esta palabra es de una grave superficialidad y tosquedad moral, aunque sea muy inteligente». Pero es tosco. «ReconocerTe: te reconozco, oh Cristo. […]. La Samaritana, sin decirlo, mientras le escuchaba hablar, decía «Tú»; no pensaba en los cinco maridos que había tenido y en el sexto hombre con el que estaba». ¡Por un instante se olvidó de ellos! «Y el publicano ante el templo [estaba tan absorto que] decía: «Tú, oh Dios» y no enumeraba sus méritos como el fariseo. […] Andrés y Juan, que iban detrás de él, casi intimidados, y cuando Jesús se volvió y dijo: «¿Qué buscáis?», no le dijeron: «Tú», dijeron: «Maestro, ¿dónde vives?», pero era un «Tú». Y cuando volvieron y dijeron: «Hemos encontrado al Mesías», era ese «Tú» el que llenaba su rostro y su corazón».

La Samaritana, sin decirlo, vio esto. Y Juan y Andrés, y todos los demás. «No estoy hablando de monjas o sacerdotes», continúa Giussani: «Estoy hablando de los bautizados que Él ha llamado», como Pedro: «Simón, ¿me amas?». Y concluye: «Por eso, no se puede poner en cuestión el «haré esto», «haré lo otro», «lo haré mejor de esta manera «, «lo haré mejor de esta otra», «evitaré esto», «evitaré aquello»: todo esto viene, con el Misterio y con la fuerza del Espíritu, en el tiempo de Dios»[21].

El problema es reconocerle, constantemente, cuando el Señor se hace de nuevo presente y nos sorprende de nuevo. Y no os preocupéis porque, con el tiempo, esto será lo que venza. Porque no hay nada semejante. Pero es un camino, que nos persuadirá lentamente, mucho más que cualquier moralismo. La única alternativa es desanimarse cuando conversión no es este reconocimiento, del que uno vuelve a partir continuamente. Imaginaos a Pedro, que después del enésimo error se encuentra delante de uno que lo deja atónito: «¿Me amas, tú?». ¿Creéis que Pedro dijo: «Mañana lo vuelvo a hacer»? [risas]. ¿Por qué reís? Porque es lo último que se le pasa por la cabeza. Está tan asombrado de ser abrazado de nuevo, que se queda pegado. Con más fuerza cada vez. Y con el tiempo vence, según un designio que no es el nuestro. Por eso, la conversión es reconocerle.

¿Cómo se va haciendo mía esta Presencia reconocida?

La Presencia reconocida se hace mía si, pase lo que pase, entro en cada circunstancia, en cada adversidad, en cada desafío con Él en los ojos. Si me adhiero a ese atractivo y lo verifico dentro de la vida. Cuando se encarna,  Jesús empieza a volverse real.

Me cuenta una amiga: «Estoy casada, tengo tres hijos, ya mayores. Conocí el movimiento en el Instituto y esta historia de bien me ha acompañado en todos los pasos de mi vida y aún me sostiene. En 2018 tuve que atravesar un gran dolor. Mi marido se fue de casa, pidió la separación y luego el divorcio. Pocos meses antes de que todo eso ocurriera, vinimos juntos a Milán para encontrarnos contigo y contarte toda nuestra dificultad. Era la tarde del 14 de junio de 2017. En el colmo de mi desesperación, abrazándome, me dijiste: «Día y noche he buscado al Amor de mi alma, día y noche le he buscado»[22]. En ese momento me parecieron palabras lejanas y de poca utilidad para sostener la situación que estaba viviendo. Y volví a casa un poco decepcionada. No recuerdo nada más de ese nuestro encuentro. Pero en los días y los meses siguientes, mientras todo se derrumbaba y terminaba, aquellas palabras tuyas seguían resonando en mí claras e intactas y me daban ese respiro que necesitaba para sostener todo el peso y la confusión de lo que me estaba ocurriendo. Intuí que había en juego una partida mucho mayor que la salvación de mi matrimonio. ¿Resistiría mi fe el impacto de tanto dolor? Han pasado nueve años [yo no había vuelto a saber de ella hasta que me escribió]. Hoy mi vida ha cambiado. En un diálogo ininterrumpido y dramático con Quien he descubierto que es verdaderamente mi primer y único amor, he renacido y, poco a poco, conmigo ha renacido mi casa. Hoy estoy alegre y en paz: nada se ha perdido. A los amigos que asombrados me miran y no me reconocen, puedo decir solo esto: «Día y noche le he buscado, y día y noche le busco, al Amor de mi alma». Gracias por haberme indicado el camino. Permitiste que lo que parecía una circunstancia inaceptable se convirtiera en el terreno de prueba de mi fe, y el lugar donde Cristo ha podido alcanzarme. No hay otro Amor que sostenga mi vida y el mundo».

No basta «saberlo», hace falta que se desvele en la experiencia para que se haga nuestro: «El cristianismo, siendo una Realidad presente, tiene como instrumento de conocimiento la evidencia de una experiencia». ¡No solo para Juan y Andrés, sino ahora, ahora mismo, ante nuestros ojos! Para quien quiera, simplemente, dejarlo entrar: para descubrirlo en primera persona y no de oídas, para no repetir frases en el vacío, sino para tener experiencia de Quién es, encarnado en las entrañas. Uno entiende qué es una «presencia», cuando vive. Como dice el filósofo español Fernando Savater: amar es cuando «dejas de vivir por algo y vives por alguien». Lo descubrió cuando perdió a su mujer. Se ve que es una «presencia» porque cuando falta, dice él, «nada sabe igual». A tantos les falta Cristo y nada cambia. Es tan «puro nombre», está tan desencarnado, que nada cambia. Si uno tiene una experiencia real, cuando falta, «nada sabe igual»[23].

Solo cuando emerge de las entrañas una experiencia así, uno ve que Cristo ha empezado a hacerse carne en su vida. Falta, siente Su falta, cuando no está.

Las Bienaventuranzas —como nos proponía la liturgia— nos han puesto delante esta posibilidad, para quien no quiera conformarse con menos de todo lo que su corazón desea y espera para su cumplimiento. Porque es la única respuesta realista a nuestro ser: «Bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed, los que son perseguidos…». ¡Nada está descartado! Podemos ver que solo Él es capaz de responder a este hambre y a esta sed. ¡Él no nos pide que eliminemos nada de nuestra humanidad! Llama «bienaventurados» —¡dichosos!— a los pobres, a los que tienen hambre y sed, a los que son perseguidos… ¿Pero esto es una locura? ¿O es verdad que precisamente allí donde uno menos se lo espera —como en el testimonio que hemos leído—, precisamente allí puede hacer brotar todo Su poder y hacer renacer a una persona (como la que me ha escrito) en la situación que vivía?

Una chica me dijo que al escuchar las Bienaventuranzas: «Teniendo dentro un drama, no he podido escuchar el Evangelio de modo formal. La herida que tengo dentro me ha hecho entender que esta es una propuesta para mi vida hoy. ¡Si yo no tuviera necesidad de Ti, oh Cristo, no me daría cuenta de quién eres y de cuánto eres Tú todo para mí!».

La  cuestión es que, cuando esto se hace nuestro, nos convertimos también en testigos para los demás. Termino con una frase de Ratzinger: «Los primeros cristianos se llamaron simplemente «los vivientes» (hoi zōntes). Habían encontrado lo que todos buscaban: la vida misma, la vida plena y por ello indestructible. ¿Pero cómo se puede llegar a ello?». Solo a través de una relación con Él, que nos introduce a este conocimiento. ¿Qué es la vida eterna? «No cualquier conocimiento es la clave de la vida», continúa Ratzinger, la vida eterna es «que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a quien has enviado, a Jesucristo (17,3). Esta es una especie de fórmula sintética de la fe […] —el conocimiento se nos donado por la fe. El cristiano no cree en una multiplicidad de cosas. Cree, en el fondo, simplemente en Dios [que es Padre], cree que existe solo un único Dios verdadero. Y este Dios se le hace accesible en Aquel a quien ha enviado, Jesucristo: en el encuentro con Él acontece ese conocimiento de Dios que se convierte en comunión y con ello se convierte en «vida»»[24]. ¡Vida! ¡Vida en abundancia! «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia»[25]. Esta es la conversión a la que nos invita la Cuaresma: no la imagen que tenemos nosotros de la conversión, sino ¡esta vida! Por eso san Agustín dice: «Bienaventurado [dichoso] quien posee lo que quiere y no quiere ningún mal»[26]. Porque san Agustín sabe que no hay respuesta adecuada si no cumple el deseo que cada uno de nosotros tiene. La verdadera razón por la que un hombre «no quiere ningún mal» es porque ya tiene todo «lo que quiere».

Solo  podremos convertirnos si, viviendo de esta sobreabundancia que nos llena de todo lo que queremos, no tenemos necesidad de hacer tonterías. Todo se ha puesto patas arriba. Cristo ha venido solo para esto. Como vemos que le ocurre al Hijo pródigo: en un momento dado, se cansa y el padre le deja, le deja porque tiene que ser él quien lo descubra. ¡No bastan los sermones, no bastan los moralismos, no le manda a la policía, le deja para que lo descubra desde las entrañas de su experiencia y le entren unas ganas locas de volver a él!

Esta es la conversión. Haced lo que creáis (conveniente), pero no bastará para persuadiros: si esta Presencia no cobra cada vez más vida dentro de nosotros, podemos hacer mil cosas, pero ninguna «multiplicidad de cosas» puede bastar. Solo una Presencia, solo «el Amor de mi alma» podrá ser capaz de cumplirnos.

Y descubrimos qué tipo de Presencia es, sin confundirnos, precisamente por su capacidad de cumplirnos. No hay muchas que nos cumplan. Por eso vemos que la realidad de Cristo se nos vuelve transparente en la experiencia. No en nuestras «teologías», en nuestros «pensamientos religiosos», sino en la experiencia. Solo la experiencia puede persuadir al hombre de que es Él, en el fondo, quien le cunple: quien me hace ser yo mismo es Él. «La vida del hombre», dice santo Tomás, «consiste en el afecto que principalmente le sostiene y en el que encuentra su más mayor satisfacción»[27].

Solo una fe verificada dentro de la vida, y que la hace resplandecer, podrá responder hoy a la pregunta de Dostoyevski.

 

  • Texto no revisado por el autor

 

[1] Lección con motivo de la Cuaresma pronunciada en el Santuario Oropa.

[2] F. Dostoevskij, I demoni, in E. Lo Gatto (a cura di), Taccuini per “I demoni”, Sansoni, Firenze 1958, p. 1011.

[3] Se refiere a la tragedia en la discoteca de los Alpes suizos que causó 41 muertos y 115 heridos.

[4] L. Giussani, Il rischio educativo, Rizzoli, Milano 2014, p. 20.

[5] Ibídem

[6] Ibídem.

[7] M. Buber, Il cammino dell’uomo, Qiqajon, Magnano 1998, p. 59.

[8] J. Ratzinger, «La fede e la teologia ai giorni nostri», in Enciclopedia del cristianesimo, De Agostini, Novara 1997, p. 30.

[9] L. Giussani, All’origine della pretesa cristiana, BUR Rizzoli, Milano 2025, p. 3.

[10] Se refiere al segundo volumen del Curso básico de cristianismo de L.Giussani.

[11] S. Weil, La prima radice, SE, Milano 1990, p. 96.

[12] Cfr. J.P. Sartre, El ser y la nada, Losada, Buenos Aires 2013.

[13] Agustín, Confesiones, Libro XIII, 8.9.

[14] L. Giussani, Affezione e dimora, BUR Rizzoli, Milano 2001, pp. 44-45.

[15] León XIV, Discurso a los Obispos de la Conferencia Episcopal Italiana, Vaticano, 17 de junio de 2025.

[16] León XIV, Carta al Presbiterio de la Archidiócesis  de Madrid con motivo de la Asamblea Presbiteral «Convivium», Vaticano, 9 de febrero de 2026.

[17] Jn 1,29.

[18] Mt 3,2.

[19] L. Giussani, Avvenimento di libertà, Marietti 1820, Genova 2002, p. 190.

[20] J.H. Newman, Private Judgment, en Essays Critical & Historical, II, Longmans, Green and Co., Londres-Nueva York-Bombay 1907, p. 338.

[21] L. Giussani, Esercizi spirituali della Fraternità (1991), in Id., Un avvenimento nella vita dell’uomo, BUR Rizzoli, Milano 2020, pp. 42-45.

[22] Se refiere a una cita del Cantar de los Cantares (3:1) que la Iglesia propone en la fiesta de María Magdalena.

[23] A. Jaume, «El amor, según Fernando Savater», The Objective (https://theobjective.com/cultura/2025-12-06/amor-segun-fernando-savater/).

[24] J. Ratzinger-Benedetto XVI, Gesù di Nazaret. Dall’ingresso in Gerusalemme fino alla resurrezione, LEV, Città del Vaticano, 2011, pp. 98-99.

[25] Jn 10,10.

[26] Agustín, De Trinitate, 13,5.8.

[27] Tomás de Aquino, Summa Theologiae, IIa, IIae, q. 179, a.1 co.

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