Un Hemingway inglés

Cultura · Silvia Guidi
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6 mayo 2021
Se acaban de cumplir treinta años de la muerte de Graham Greene, un escritor que sabía ver “la belleza que existe de verdad, no imaginaria, en lo que todos, convencionalmente, consideran y llaman feo, torcido, desagradable”.

“Construía estructuras narrativas que nunca eran banales, escribía diálogos impresionantes, esculpía personajes inolvidables, mezclaba humor y tragedia con la precisión de un alquimista. Sabía hacerlo. Le definiría como un Hemingway sin condenación, tal vez más consciente, un Hemingway inglés”. Este fan de Graham Greene describiendo a su ídolo es Alessandro Baricco, en una nota titulada “Peregrinación al corazón de los hombres”, que acompaña una reciente reedición italiana de El cónsul honorario.

En esa nota, la gratitud tiene un motivo más profundo que el asombro ante la pericia técnica de un colega, no nace de la simple admiración por un escritor que sabe esconder perfectamente entre líneas los secretos del oficio, hasta el punto de hacerse casi invisible. Lo que más llama la atención a este escritor turinés es el efecto terapéutico de la prosa de Greene.

“Hacía una literatura ideal para esa indolencia del alma que a veces nos asalta, la cuidaba con una prosa donde tú, lector, no tenías que añadir absolutamente nada, ya se encargaba él, el maestro, tú no debías hacer más que seguir adelante. Por eso te dejaba ese sabor amargo de evasión pura, simple, desesperada y deprimente, porque Greene te mantiene pegado en cada página a la dignidad de leer –un gesto de construcción y no de perdición– buscando siempre una atención vigilante, un paso cuidadoso y una cierta compostura”, continúa Baricco.

Una “seriedad” frente al lector, un profundo respeto hacia la complejidad de su experiencia, alérgico a cualquier esquema prefijado o simplificación maniquea que pueda emerger de cada línea.

“Aunque su talento para el thriller le hacía dejarse llevar por la vibración de la acción, el desvelo y el suspense, incluso en esas páginas era comedido, cortés, elegante. No te trataba como alguien necesitado de su dosis de acción, sino como un viajero que esperaba, al otro lado de la curva, la delicia de un paisaje nuevo. Y te la ofrecía puntualmente; en eso había algo de mayordomo, pero también de titiritero, incluso de sacerdote”.

Una extraña dulzura, nunca sentimental (es más, a veces rehén del límite opuesto, esa repugnancia instintiva hacia cualquier emoción exhibida que connota tradicionalmente el english way of life), que tiene su origen en una fuente misteriosa. “Tenía esa anomalía de ser católico –sigue diciendo Baricco– que en sí puede ser algo bastante habitual pero no entre los escritores ingleses y, como Chesterton antes que él, siempre la llevaba grabada en el rostro, como una forma de estrabismo visible”.

Un estrabismo “metafísico”, como de los iconos de Jesús donde el Salvador del mundo tiene un ojo de juzga y otro que perdona, y mira fijamente a quien lo mira con una dulzura severa. Ojos devoradores, all demanding, come escribe Flannery O’Connor en el precioso cuento La espalda de Parker, hablando de un icono bizantino tatuado en la espalda del protagonista, unos ojos que lo piden todo y que no dejan tregua a quien se topa con ellos, aunque solo sea por casualidad. Este es probablemente el secreto de la ternura constante de este escritor inglés con sus personajes.

“Greene los acompaña por los rápidos hasta el borde de la cascada, manteniéndolos a flote gracias a una prosa acogedora y cristalina. Los trata cuidadosamente, los ama, aunque no santifica a ninguno. Son compañeros de viaje en la peregrinación que tiene por delante, probablemente hacia el corazón humano, y allí por donde pasa va tomando nota, intentado descubrirnos ciertas indiscreciones útiles que podemos esperar siguiendo su camino. Sabía que consultaríamos esas notas en momentos de cierto desencanto o de auténtica confusión. Por eso las escribe de modo que resulten acogedoras y reconfortantes, por lo que siempre le estaremos agradecidos”.

Si bien es cierto que los escritores son como las alarmas de la vida, los 007 no de los Estados sino de las personas, Greene fue agente secreto de Su Majestad británica, pero también veló por la humanidad en sus novelas, mezclando la ironía con la tragedia. Dejándose guiar por sus obsesiones, se valió de su pecado, escrutando el mundo desde abajo, desde sus caídas, para regalarnos una mirada fresca, auténtica, hacia todo lo que describe. Para compartir con nosotros su talento para descubrir “la belleza, una belleza que existe de verdad, no imaginaria, en lo que todos, convencionalmente, consideran y llaman feo, torcido, desagradable”.

L’Osservatore Romano

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