Un futuro de esclavos. Pink Floyd tenía razón

España · Juan Orellana
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21 mayo 2008
Lo habitual en nuestras reflexiones sobre la gravedad del momento educativo es tratar el asunto de la asignatura de EpC y el marco universitario europeo de Bolonia como cuestiones distantes e inconexas. Pero podemos analizarlas en conjunto y descubrir una inesperada coherencia que nos dibuja un futuro poco halagüeño.

Sobre el marco de Bolonia se puede discutir hasta la saciedad y el momento es tan confuso y nebuloso que cada universidad va dando pasos de ciego en una dirección distinta. Pero lo que parece más claro son los planteamientos pedagógicos de fondo. Se trata de instaurar un sistema educativo que gire sobre la figura del alumno, y no sobre la del profesor, y que consista en promover en él "destrezas" y "competencias" prácticas, más que la adquisición de conocimientos. Las tradicionales clases magistrales abandonan su puesto privilegiado, que pasa a ser ocupado por talleres, seminarios o trabajos prácticos. El perfil que se pretende obtener al final del proceso es el de un profesional muy flexible y maleable, muy adaptable a situaciones laborales y de mercado que se prevén sumamente cambiantes. Se cree que la forma de afrontar un futuro muy globalizado y laboralmente dinámico es "producir" licenciados que sepan poco de muchas cosas y sobre todo que tengan hábitos de adaptabilidad muy eficaces y flexibles. La figura del "sabio" o "maestro" en un cierto saber particular se antoja como algo poco rentable para el futuro, poco práctico. Incluso es una figura que ya no interesa como ideal del profesor universitario, que ahora pasa a ser alguien "que enseña a aprender", y no que "enseña conocimientos". Se trata, en general, de un planteamiento pedagógico abstracto que no parte de las experiencias actuales sino de una "imagen" del futuro. La universidad se deja de entender como comunidad de personas que buscan la verdad, para convertirse en un suministrador de productos (humanos) al servicio del mercado, y por tanto de los poderes económicos.

Si a este panorama -que destruye la esencia del quehacer universitario- se añade la situación de la educación escolar -ya organizada según estos planteamientos pedagógicos de las "habilidades"- y la implantación en España de la asignatura de EpC, el conjunto adquiere una gran coherencia. EpC dota al alumno de unas claves conductuales: "cómo se debe pensar y actuar para ser recibido en la comunidad ciudadana"; y las demás asignaturas y la carrera universitaria le convierten en un material esencialmente moldeable y adaptable. El resultado es muy apetecible para el Estado -cualquier Estado-: "máxima docilidad", "máxima disponibilidad". Si el sistema educativo tradicional generaba personalidades críticas, las elites orteguianas, ahora genera peones, esclavos, pero dóciles, hechos a medida.

Bolonia tiene indudablemente aspectos positivos, y algunos de sus aspectos son susceptibles de ser interpretados y aplicados con inteligencia por las universidades que tengan dirigentes inteligentes. Pero la filosofía de fondo, que impregna ya los planteamientos pedagógicos desde la más tierna infancia, vacía de contenido el significado de la educación, que queda convertida en una "fábrica de eslabones" de la gran cadena del Estado. ¿Recuerdan aquellas imágenes de la película El muro, en las que unos alumnos eran conducidos por una cinta transportadora hasta una trituradora que los convertía en carne picada? La letra de la famosa canción de Pink Floyd que acompañaba esa secuencia rezaba así: "No necesitamos ninguna educación. No necesitamos que controlen nuestros pensamientos. Ni sarcasmo oscuro en el salón de clases. Profesores, dejen a los niños en paz. ¡Hey! ¡Profesores! ¡Dejen a los niños en paz! En conjunto sólo eres otro ladrillo en el muro". Resultó una profecía lo que se concibió como un alegato antisistema. Hoy adquiere todo su significado.

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