Un filósofo para inconformistas cristianos

Cultura · Antonio R. Rubio Plo
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12 diciembre 2023
El sentimiento de desesperación en Kierkegaard fue su punto de partida para tomarse en serio el cristianismo y rechazar una religión formalista.

Soren Kierkegaard (1813-1855) es un conocido filósofo y teólogo danés, pero es ante todo un gran escritor, algo que no está al alcance de todos los filósofos y teólogos. Sin embargo, sus textos no son siempre muy asequibles, y se diría que es así porque el autor pretendió darles un halo de misterio o de oscuridad para no hacer tan asequibles cuestiones que difícilmente lo son. Esto explica que no pocos lectores hayan abandonado su lectura y han renunciado a profundizar en el pensamiento de Kierkegaard, pese a reconocerlo como atractivo y sugerente.

Por eso, se agradece un libro sobre Kierkegaard como el del sacerdote y profesor Mariano Fazio, Kierkegaard. Una introducción (ed. Rialp), que intenta arrojar luz sobre el filósofo danés. De ahí que sea muy importante el tratamiento conjunto de la vida y pensamiento del filósofo, pues no se pueden separar ambos aspectos. Con todo, lo que encuentro más interesante en este libro es la oportunidad que nos brinda Kierkegaard para moverse en las coordenadas de una sociedad secularizada.

Foto editorial Rialp

En teoría, la sociedad danesa del siglo XIX no lo era porque el luteranismo era una religión de Estado, y un millar de pastores protestantes estaban a su servicio. Un orden establecido perfecto, el reino de Dios sobre la tierra. ¿Quién se atrevería a cuestionarlo? Lo haría un hombre que fue conocido como “el Sócrates del norte”, del mismo modo que aquel filósofo griego arremetió contra los sofistas y sus falacias, que nunca podrían justificarse por mucho que tuvieran el apoyo de los gobernantes. Kierkegaard, hijo de un pastor luterano, fue educado en un pietismo riguroso que solo sirvió para acentuar su melancolía, asentada sobre una sucesión de desgracias familiares. Muchas veces su ánimo fue invadido por la desesperación, aunque ese sentimiento fue su punto de partida para tomarse en serio el cristianismo y rechazar una religión formalista, aun a riesgo de enfrentarse de modo brusco y directo con la jerarquía luterana.

Kierkegaard denuncia un cristianismo mundanizado, el cristianismo acomodaticio de la Iglesia danesa. Enseguida hará una distinción, que todavía sirve para interpelarnos en nuestro tiempo, entre cristiandad y cristianismo. La primera da lugar siempre a un cristianismo suave, tibio, cómodo y mundano. En ella está ausente la imitación de Cristo, su humildad, pues pasó en esta vida por el sufrimiento y la pobreza. En cambio, el cristianismo es mucho más exigente, y el propio Kierkegaard reconocerá que ha llevado la cruz de Cristo de un modo puramente exterior. Del mismo modo que Pascal, el filósofo danés será sacudido en un momento de su vida por un pasaje bíblico: “Alegraos, os lo repito” (Fil 4, 4). Es, sin duda, una alegría que Kierkegaard no encuentra en su Iglesia. Sin embargo, él aspira a ser un cristiano contemporáneo de Cristo, un Cristo vivo en un cristianismo vivo.

Da que pensar la anécdota relatada en este libro sobre el entierro de Kierkegaard. Se leyó entonces en voz alta aquel pasaje del Apocalipsis 3, 15-21, la carta a la Iglesia de Laodicea, en la que se arremete contra la tibieza y se preferiría que aquella Iglesia fuera fría o caliente. Se creía rica, pero, en realidad, es “pobre, ciega y desnuda”.

Estas críticas del filósofo van dirigidas contra lo que califica de “cristianismo de domingo”, día en que los fieles se reúnen para escuchar un sermón y cantar himnos. Sin embargo, lo que escuchan el domingo no influye para nada en el lunes siguiente y en el resto de los días de la semana. La doctrina cristiana es expuesta, pero no es vivida. Por eso, Kierkegaard rechaza un cristianismo excesivamente reglamentado, que solo sirve a un orden establecido. Es un modo de vida, pero no el auténtico modo de vida cristiano.

En mi opinión, uno de los aspectos más valiosos de este libro es que deja entrever el itinerario de la vida y los escritos del autor danés. Es, sin duda, la obra de la gracia la que hace que Kierkegaard pase de ser un esteta a un escritor religioso, y esto sucede cuando llega a plantearse qué es ser verdaderamente cristiano. Aquí va una cita muy significativa: “Lo que ha hecho (Dios) conmigo para ser escritor es fuente de un gozo inmenso”. Por eso, diagnostica el esteticismo como una enfermedad espiritual, caracterizada por la pasividad, el activismo, la arrogancia o la superficialidad. El esteta se queda en la superficie de sí mismo. Además, nuestro autor arremeterá contra un intelectualismo, que ha vivido muy de cerca, fruto de una mentalidad, existente en la antigua Grecia, que considera que el saber es la virtud. En cambio, el cristianismo afirma que la virtud es el saber.

En Kierkegaard luchan la estética y la ética. Todo tiende hacia la nada si el hombre se queda en la inmediatez de lo estético. Esa actitud la ve nuestro autor en la filosofía de Hegel, que ha levantado un imponente edificio alejado de la realidad de la existencia ordinaria, en el que se promete todo y no se construye nada, además de distraer al hombre de su existir ético. Kierkegaard ha sabido intuir los peligros que la “voluntad de poder” traerán en el futuro. Frente a ese “mundo infinito fantástico”, en palabras de nuestro filósofo, no duda en afirmar la gran paradoja del cristianismo: “El individuo que se sabe completamente dependiente de la potencia que lo ha creado, ese es verdaderamente libre”.

Un libro de introducción a Kierkegaard, que no oculta que su obra es “bosque denso”, pero que traza algunas sendas para acceder al corazón de su pensamiento.


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