Un enfrentamiento a campo abierto con resultados inciertos

Mundo · Martino Diez
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28 febrero 2011
"Un nuevo 89": así han definido algunos observadores, sobre todo periodistas que han asistido a las manifestaciones de la Plaza Tahrir, el movimiento que ha llevado a la fuga de Ben Ali en Túnez, la dimisión de Mubarak en Egipto y que ahora sacude fuertemente a Libia.

¿Qué está pasando en Oriente Medio? ¿La comparación con los hechos de 1989 tiene sentido o es una exageración periodística? ¿Hasta dónde llegará la onda de la protesta? ¿Y por qué nadie, o casi nadie, la había previsto? Son éstas algunas de las preguntas que últimamente se plantean con más insistencia. En el diario italiano Avvenire, Luigi Geninazzi y Riccardo Redaelli han destacado algunos aspectos inéditos (sin comparación), algunas incógnitas (que exigen prudencia) y algunas promesas que suscitan estos interrogantes. Es normal que muchos de ellos queden sin respuesta: los procesos históricos implican la libertad de los individuos y no son, a priori, deducibles. Aunque se pueden señalar algunos elementos de reflexión.

El primero es la nueva fortuna de la palabra "revolución". La prensa tunecina y egipcia no habla sólo de intifada ("revuelta") sino que habla abiertamente de thawra ("revolución"). Para comprender el alcance que tiene la elección de las palabras, hay que tener presente que en Egipto y Túnez la Revolución por antonomasia era hasta el momento la de los años Cincuenta, que acabó con la caída de los poderes coloniales directos (los franceses) o indirectos (el rey Farouq y los ingleses). La nueva revolución, sin embargo, se dirige contra adversarios internos y tiene el objetivo de hacer caer al régimen. Como ha escrito Malika Zeghal, comentando en caliente los hechos acaecidos en Túnez en la revista Oasis, "nos encontramos más allá de un nacionalismo que se defina en relación con el otro (el colonizador u Occidente) o a través de ciertas ideologías". El pasado colonial parece estar finalmente archivado, incluso como imaginario colectivo. No se trata por tanto de la revolución islámica tout court que conoció Irán en 1979. Incluso aunque la componente islámica esté bien representada, por el momento prevalece en Túnez una referencia a valores universales como la triada "trabajo-libertad-dignidad nacional". En Egipto, la cuestión principal es la lucha contra la corrupción, con innumerables detenciones a ministros, hombres de negocios y personalidades ilustres. ¿Es éste el significado de "revolución" tras la caída de las ideologías?

En realidad, hay una ideología presente, sobre todo en Egipto, algo menos en Túnez. Se trata del islam político. La pregunta sobre la que se centraba hasta ahora la atención de muchos analistas es en qué medida los movimientos islámicos, empezando por los Hermanos Musulmanes, sostienen en la práctica la visión teórica según la cual el islam ofrece un modelo político inmediatamente aplicable y capaz de resolver todos los problemas, y por otra parte, en qué medida se ha virado hacia posiciones que, al poner límite a las tentaciones hegemónicas, reconocen un cierto grado de mediación a la acción política respecto a los principios religiosos que la inspiran. El islam es la solución sigue siendo el famoso eslogan de los Hermanos Musulmanes, ¿pero cómo se declina hoy concretamente?

Se trata de una pregunta muy relevante, pero quizá -y ésta sería la tercera observación- no la más relevante. Ésta sería sobre todo si para los jóvenes manifestantes la prioridad es realmente la instauración de un Estado islámico. Hace unos días, Shaykh al-Azhar tuvo que intervenir para poner en guardia a la Asamblea Constituyente frente a una posible modificación del artículo 2, que establece que el islam es la religión del Estado y que declara la sharía como fuente principal de legislación. La toma de posición de Shaykh ya dice mucho, pero lo más interesante fueron los 322 comentarios a la noticia que se podían leer en el sitio web del periódico Ahrâm. Hay quien apoya por completo a Shaykh y declara que la revolución es una maniobra de los cristianos (autores, en su opinión, de la masacre de Alejandría); hay quien, con más prudencia, invita a los egipcios a no ser "más realistas que el rey", observando que muchos países europeos reconocen en la Constitución una religión de Estado; otros consideran que mantener el artículo 2 interesa sobre todo a los coptos, "porque la legislación islámica les protege". Pero casi la mitad de las opiniones son contrarias. Son cristianos (se sabe por sus nombres), pero también son "egipcios" (sin ningún calificativo confesional) y muchos, musulmanes. Declaran "la religión para Dios y Egipto para todos" y dejan a un lado la toma de posición de las autoridades religiosas con un epitafio: "se acabó el tiempo de la ingerencia". Otros piden un estado civil (dawla madaniyya), una palabra que en el mundo árabe indica un estado laico no hostil a la religión. Muchos se ponen en guardia: las autoridades "están tratando de jugar de nuevo al viejo juego", dividir a cristianos y musulmanes. Hay también quien se pregunta: si Egipto debe seguir siendo un Estado islámico, ¿por qué tantas protestas contra el vecino Estado hebreo? Teniendo en cuenta que la gran masa de población pobre que vive en Egipto no se encuentra representada en los comentarios de este foro porque no tiene acceso a internet, la impresión es que el debate está muy abierto y no hay ningún resultado claro.

Por último, la cuestión libia. A pesar de algunos elementos análogos (el papel de los jóvenes en la protesta, la exigencia de más libertad, el tam-tam de los nuevos medios de comunicación), la situación es muy distinta respecto a Egipto y Túnez, aunque sólo sea por el relativo bienestar de Libia, con grandes ingresos por el petróleo a pesar de las malversaciones del clan Gadafi, respecto a sus vecinos.

Es evidente que está en marcha una guerra civil y el factor determinante es la orientación de las tribus, el único cuerpo intermedio real del país desde que la sociedad civil y cualquier forma de oposición fueran brutalmente sofocadas hace años y sustituidas por el culto a la personalidad de Gadafi y a sus delirantes "instituciones" políticas. No hace mucho tiempo, Libia pedía a la ONU el desmembramiento y reparto de Suiza entre Italia, Francia y Alemania. Episodios como éste nos muestran la medida de la distancia que separa a este país de sus vecinos del norte de África, y nos invitan a ser muy prudentes al aplicar a Libia las mismas claves de lectura que a Egipto y Túnez.

Revista Oasis

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