Un discurso de altura y una pregunta de futuro

Mundo · José Luis Restán
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21 enero 2009
Por desgracia estamos acostumbrados a que los discursos políticos en España oscilen entre la ramplonería y la retórica hueca. La falta de aliento, de densidad cultural y de horizonte ideal es moneda común tanto a izquierda como a derecha. Por eso sorprende el discurso pronunciado por José María Aznar al recibir el Doctorado "honoris causa" por la Universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia.

Es de sobra conocida la capacidad de Aznar para salirse del coro y generar polémica, pero esta vez se trata de algo más. Estamos ante un diagnóstico lúcido y exento de resentimiento sobre la crisis nacional en la que está inmersa España, unido a una propuesta de regeneración de amplio espectro. En primer lugar podemos destacar que Aznar haya enmarcado la crisis española en el ámbito de las tensiones que experimenta la cultura occidental, y que lo haya hecho de la mano de la propuesta de Benedicto XVI de una laicidad positiva. Aznar asume la advertencia del Papa de que sería fatal que la cultura europea llegase a entender la libertad sólo como la falta total de vínculos, ya que con ello favorecería por un lado la arbitrariedad subjetiva, y por otro el fanatismo fundamentalista.

La memoria de la Transición realizada a lo largo del discurso es sobria pero certera. Aquella generación de españoles de todas las pertenencias culturales y políticas no pretendió dar la espalda a su historia, "no se trataba de aplazar la ruptura sino de facilitar la concordia". Aznar elige un calificativo moral para esa etapa, y dice que "fue un proceso virtuoso y auténtico", y que además funcionó. A juicio del ex presidente, aquel impulso cívico de hondo contenido moral y gran capacidad transformadora a día de hoy se ha diluido, mientras que "parece haberse impuesto un relato oficial que desacredita el Pacto de la Transición en beneficio de la radicalidad y de la ruptura, de revisionismo más estéril y de la división de la sociedad española". Aznar denuncia la deslealtad que ha conducido a la centrifugación del Estado y advierte que un Estado residual no podrá garantizar la cohesión y la igualdad. Considera que todo esto no es consecuencia del modelo autonómico (que es flexible para que funcione, no para que colapse) sino de esa deslealtad con el proyecto común, que sería imputable (si bien Aznar no lo dice) a los nacionalismos y a la deriva dominante de la izquierda.    

Se echa en falta en el discurso una hipótesis más desarrollada sobre las conexiones (que sí están apuntadas) entre la crisis nacional y la crisis cultural y moral de nuestro país. Ésa es una música de fondo en todo el discurso, pero a la letra le falta nervio y profundidad. Es algo que se evidencia cuando Aznar enumera los valores básicos que deberían ser recuperados en el marco de una regeneración nacional, centrados en la cultura del esfuerzo y de la responsabilidad personal. Aquí se enmarca el subrayado de la necesidad de abordar una reforma de la educación.  

Lo que Aznar pretende promover es "una gran corriente de opinión nacional que recupere vitalidad, confianza, concordia y esperanza en el futuro". Una corriente que no se circunscriba a un partido, sino que acomune una pluralidad de sujetos sociales y culturales como ya sucedió en la Transición. La perspectiva es sin duda sugerente, porque rompe el frentismo imperante y no se queda en la mera postulación de la alternancia de partidos. La pregunta que surge, y a la que este discurso no pretende dar respuesta, es cómo suscitar, alimentar y sostener esa corriente social.  

Una aproximación a la respuesta podemos encontrarla precisamente en el ejercicio de la laicidad positiva invocada en las primeras líneas del discurso. Una laicidad consistente en el recíproco testimonio de las razones de la propia experiencia que cada uno de los   sujetos sociales realiza. Es cierto que ese diálogo capaz de encontrar una base ético-cultural común estaba abonado en los años de la Transición: la tradición cristiana era un cimiento ampliamente compartido y el deseo de la reconciliación abarcaba prácticamente a todo el arco social. Ahora la situación es más compleja: se han roto muchos puentes, se ha jugado frívolamente a la ruptura, se ha producido una radicalización en clave ideológica y la sociedad está más fragmentada y desarticulada. Pero la aventura merece la pena. En esa corriente cívica que reclama Aznar podrían converger realidades sociales generadas por el catolicismo, sectores liberales y algunos exponentes de la izquierda preocupados por la disolución nacional y el desierto moral. La virtud de este discurso ha sido plantearlo, ahora queda la larga e incierta tarea (educativa, cultural y sólo en último término política) de llevarlo a cabo.

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