Un descentramiento que abre brecha

Cultura · Giuseppe Frangi
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10 septiembre 2015
Muchas reflexiones se pueden hacer sobre el éxito realmente inesperado de la exposición del Meeting de Rímini sobre arte contemporáneo (20.000 visitantes en cuatro días, catálogos agotados en cuatro…). Intento resumir algunas.

Muchas reflexiones se pueden hacer sobre el éxito realmente inesperado de la exposición del Meeting de Rímini sobre arte contemporáneo (20.000 visitantes en cuatro días, catálogos agotados en cuatro…). Intento resumir algunas.

1. El arte contemporáneo se ha demostrado capaz de abrir brecha en un público normal, sustancialmente ajeno a frecuentar exposiciones y bienales varias, también en parte más o menos precavido. ¿Por qué abrir brecha? El arte contemporáneo tiene como característica la de tener que encontrar siempre nuevas fórmulas para decir cosas que muchas veces son las cosas de siempre. Pero en esta búsqueda de nuevas fórmulas produce un efecto desplazamiento que llama la atención, que solicita emotivamente, que pone en movimiento inteligencias y sensibilidades. Entre los comentarios, muchos, que han rodeado esta exposición, hay uno que me ha parecido particularmente acertado: la experiencia de la exposición provocaba una suerte de “descentramiento” en la gente. Eso era lo que se suscitaba en personas que admitían que les había llevado a ver las cosas desde un punto de observación totalmente imprevisto pero mucho más agudo y profundo de lo que esperaban. Una mirada, sugerida por los artistas, que no anula la nuestra pero que la pone en movimiento. En búsqueda. Mantener vivo el fuego, como decía el título, quiere decir justamente esto. Para mantenerlo vivo no se puede repetir, siempre debe ser nuevo… El público ha comprendido la fascinación de quien asume el riesgo de implicarse en lo “nuevo”.

2. Si ha abierto brecha es también gracias al dispositivo de la exposición donde se hacía una narración previa de las obras que se iban a ver. En vez de blindar las obras en la enigmaticidad de lenguajes críticos incomprensibles, proporcionaba las claves e hipótesis para entrar en ellas. Por tanto, no era un dispositivo crítico sino sencillamente narrativo, que después dejaba al visitante la libertad de profundizar y dejarse implicar.

3. El arte siempre ha sido “bien común”, incluso cuando los príncipes y papas se guardaban lo mejor en sus palacios. Pero las iglesias, las plazas, siempre han hablado a todos, y para todos. Bernini rediseñó Roma cambiando el imaginario de la ciudad. Miguel Ángel puso su David en la plaza pública. Giotto y Masaccio eran accesibles a todos. Ahora eso no se ve porque en nuestro tiempo, que se supone que es el más democrático e igualitario, parece que el arte debe ser materia de unos pocos. Cosa de élites. Tema de expertos. La exposición de Rímini ha devuelto el arte a la mirada y al juicio del hombre común. Lo ha devuelto a las plazas. Y eso es un beneficio para todos.

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