Ucrania, ¿qué es lo que hemos olvidado?

Mundo · Giovanna Parravicini
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23 julio 2014
Es la realidad lo que hemos olvidado. Es posible cerrar los ojos y censurarla incluso delante de las terribles imágenes de destrucción y cuerpos humanos esparcidos en tierra ucraniana. La realidad nos sirve para despertar un sentimentalismo fácil, para dejarnos “conmover” ante un paisaje, pero luego pasamos página y no tenemos escrúpulos para saltárnosla con cinismo y dar paso a las acusaciones y a la dietrología para avalar una u otra posición ideológica.

Es la realidad lo que hemos olvidado. Es posible cerrar los ojos y censurarla incluso delante de las terribles imágenes de destrucción y cuerpos humanos esparcidos en tierra ucraniana. La realidad nos sirve para despertar un sentimentalismo fácil, para dejarnos “conmover” ante un paisaje, pero luego pasamos página y no tenemos escrúpulos para saltárnosla con cinismo y dar paso a las acusaciones y a la dietrología para avalar una u otra posición ideológica.

En la escalada de las acciones bélicas que están teniendo lugar en las regiones de Ucrania oriental, los 298 muertos que hemos visto, despiadadamente expuestos en las imágenes que circulan por internet, por la televisión y por la prensa, y que en cierto modo hemos conocido, hemos sabido que entre ellos había 80 niños y muchos expertos que iban a un congreso dedicado a luchar contra el Sida. Por desgracia, ni siquiera estos muertos han servido para provocar un grito providencial, una bofetada de realidad. También ellos han sido fagocitados, vergonzosamente utilizados a diestra y siniestra por los medios para probar que la culpa es de uno u otro bloque.

La televisión rusa se permite incluso hacer alguna que otra broma. Entrevistaban a varios pasajeros a propósito del avión abatido. Una chica responde sin vacilar: “Está claro que han sido los americanos”. El entrevistador le dice: “¿Pero cómo es posible, en su opinión? Había a bordo 23 ciudadanos americanos”. La respuesta se mantiene imperturbable: “Bah, el pueblo americano es muy cruel”. La operación mental de esta chica, que probablemente no haya conocido a un americano en su vida, no es para tomársela a risa. No hace otra cosa que aplicar un mecanismo bien conocido para todos. Cuando hay que hacer el esfuerzo de poner en juego la experiencia, preferimos fiarnos de fórmulas o valores abstractos, precocinados.

Un mecanismo cómodo pero extremadamente peligroso. Peligroso por suicida, como explicaba el periodista televisivo ruso Aleksander Archangelski, recordando el desastre del jumbo surcoreano abatido en 1983 por la URSS: “Recuerdo como si fuera hoy aquella noche del 6-7 de septiembre de 1983. En el telediario, el famoso analista Borovik intentaba explicar lo imposible, reconociendo por primera vez que el avión lo habíamos derribado nosotros, pero declinando que tuviéramos la responsabilidad. Primero se mintió, el avión no existía, luego se admitió que sí, pero que se había alejado siguiendo una dirección desconocida, luego que había tenido una avería sobre las aguas de Japón… Al final el mariscal Achromeev explicó al país que los americanos habían decidido que el avión entrara en nuestro espacio aéreo a propósito, para que los culpables fuéramos nosotros… Pocos meses después murió Andropov. A los ocho años Achromeev ocupó su puesto en el Kremlin y la URSS desapareció de la vista de los radar”.

Con esta enésima y trágica vuelta de tuerca de la guerra en Ucrania, no podemos seguir con esta táctica. La búsqueda de la verdad exige tenacidad, paciencia, y sobre todo disponibilidad para volver a ponernos en cuestión y confiar en el otro. Es necesario exigir esta confianza a los investigadores, trabajar para que sea posible, pero también hay que exigírsela igualmente a cada uno, empezando por uno mismo.

En cambio, parece que hoy la presunción de inocencia, una de las grandes conquistas del derecho civil, ya no tiene valor. No nos basta la hipótesis de un posible error humano (un disparo por parte de uno u otro bando por un trágico error, pensando por ejemplo que se estaba atacando a un alto cargo ucraniano que pasaba por esa misma ruta, que me parece la hipótesis más verosímil de todas las que he leído): preferimos apuntar al crimen premeditado, jugar a amplificar, a demonizar al enemigo, con el resultado de agigantar monstruosamente el odio y, al mismo tiempo, perder el contacto con la realidad.

Creo que la realidad hoy, a un precio muy alto, nos está ofreciendo una nueva ocasión para dar un paso atrás y preguntarnos a dónde nos ha llevado la espiral de rencor en la que Rusia lleva inmersa varios meses y a la que sin duda contribuye la propaganda oficial, pero que también se respira en las páginas de Facebook de buenos cristianos o de periódicos que defienden los valores tradicionales… Se nos está ofreciendo una ocasión para volver a empezar –con la paciencia de las ancianas mujeres que en el Maidán rompían el hielo producido por los aviones anti-incendios del ejército–, romper el hielo del odio y de la indiferencia, de las fórmulas estereotipadas, para que puedan volver a correr las corrientes de agua fresca de las preguntas, del diálogo, de la responsabilidad, del perdón. Si no recuperamos esta verdad, ni siguiera una sentencia justa o una reconstrucción verídica de los hechos podrá salvarnos.

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