Túnez dice no a los extremistas de traje y corbata

Mundo · Souad Sbai
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28 octubre 2014
Lo sucedido en Túnez supone un gran respiro para todos, sobre todo para los patrocinadores del extremismo de traje y corbata: no es una revolución, es la democracia. Puedo entender que la libre voluntad de un pueblo no avance de acuerdo con los proyectos y programas que los estrategas internacionales del mundo árabe habían pensado para Túnez, Egipto, Siria y toda esa región, pero los tunecinos han decidido darle la espalda al islamismo.

Lo sucedido en Túnez supone un gran respiro para todos, sobre todo para los patrocinadores del extremismo de traje y corbata: no es una revolución, es la democracia. Puedo entender que la libre voluntad de un pueblo no avance de acuerdo con los proyectos y programas que los estrategas internacionales del mundo árabe habían pensado para Túnez, Egipto, Siria y toda esa región, pero los tunecinos han decidido darle la espalda al islamismo.

El Túnez liberal, moderno, libre, ha vencido. Hace solo dos años y medio parecía que la revolución de los jazmines era la única posibilidad de proyectar un futuro democrático para el país. Después de las elecciones que dieron la victoria a Ennahda, la opinión pública mundial hablaba de prueba democrática superada y ni siquiera después de la muerte de Chokri Belaid, asesinado delante de su casa por su oposición al extremismo, los gobiernos mundiales levantaron un dedo para defender a Túnez del abismo al que se estaba dirigiendo.

Pero los moderados siguieron luchando, saliendo a las calles a rostro descubierto, hombres y mujeres libres que querían volver a ser dueños de su propio destino. Tenían miedo, claro, y todavía lo tienen, pues saben que el extremismo es aún más peligroso cuando se ve derrotado. La cola de escorpión golpea cuando está en retirada, cuando crees haberlo vencido.

Pero Túnez es fuerte y tres años después se encuentra ante un resultado inesperado: la detención de Ben Alì y sus secuaces, pero también del extremismo y su propaganda política que venía del exterior para enseñar a uno de los pueblos con más progreso del mundo árabe lo que es la democracia. Los que hoy han perdido la batalla electoral, hasta ayer eran considerados artificialmente como una formación moderada, cuando en realidad eran otra cosa muy distinta. Las urnas han dado su versión de lo que es capaz de hacer un pueblo cuando tiene coraje y comprende que la participación puede cambiar de verdad las cosas.

El 62% de los tunecinos ha votado a Nidaa Tounes, el partido laico de la oposición que ha derrotado sonoramente a Ennahda. ¿Qué será ahora de Túnez? ¿Qué será de la región norteafricana? Tenemos noticias de Egipto, que con Al Sisi ha restablecido el orden y trata de devolver al país al camino de las potencias internacionales, Libia es presa del caos pero la resistencia ante el avance extremista se ha organizado y combate para evitar que la infección acabe con el cuerpo social libio, en Marruecos el enigma sobre la supervivencia del gobierno de Benkirane, líder del PJD, sigue sin resolver y podría verse influenciado por el resultado electoral tunecino.

En Túnez la esperanza vuelven a dejarse ver, el pueblo busca su camino entre los líderes liberales electos que tendrán, en primer lugar, que romper las cadenas del miedo y del pasado, para permitir que el alma y la enseñanza de Bourghiba vuelva a resonar en el corazón de los ciudadanos que aman su patria. Nada nuevo, nada especialmente chocante a la sombra de los jazmines de Túnez: es la democracia, que triunfa y aleja a las siniestras figuras que tramaban, sin éxito, contra un país para hacerlo esclavo.

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