“Transparencia y sinceridad a la hora de reconocer y ayudar a las víctimas”

Entrevistas · Juan Carlos Hernández
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4 febrero 2022
Conversamos con Miguel García-Baró, coordinador del Proyecto Repara que busca el acompañamiento a víctimas de abusos desde el asesoramiento jurídico, la atención terapéutica y el acompañamiento espiritual.

En el barrio madrileño de Prosperidad se encuentran las oficinas donde desarrolla su actividad el Proyecto Repara. Hemos visitado su centro, donde hemos encontrado la calidez humana de su equipo y entrevistado a su coordinador, Miguel García-Baró, empeñado en sacar adelante este proyecto que busca acompañar a las víctimas de abusos sexuales. En su centro han sido atendidas más de 200 personas desde su puesta en marcha, algunas de las cuales han dado el paso de ser voluntarios que acompañan a otras víctimas.

En las paredes hay un mural donde algunas personas han dejado por escrito algunas de sus traumáticas experiencias. Quizá sea una metáfora de cómo han clavado su dolor y pueden mirar su futuro con esperanza. En los últimos años ha habido un gran eco social en la denuncia sobre los abusos sexuales, “pero falta un segundo paso que es acompañar a las víctimas y esto no lo van a hacer más que personas muy generosas y comprometidas con el bien del prójimo”, afirma García-Baró.

¿Podría explicarnos cómo ha surgido esta iniciativa?

Surge a raíz del Vos estis lux mundi del Papa en el que se dice que hay que abrir oficinas de atención a las víctimas. Como toda la sociedad sufre esta enfermedad, el arzobispo de Madrid lo pensó como un lugar donde atender a víctimas que han sufrido abusos tanto dentro como fuera de la Iglesia y eso fue algo que me sedujo. Pues lo que teníamos que hacer era mostrar el rostro cristiano auténtico y atender a todos, incluidos casos que hayan prescrito, es decir, pongamos a las víctimas en el centro. No se trata que la institución busque lavarse a sí misma sino de atender a la persona concreta e incluso a los victimarios.

¿Cómo hacer eso? En nuestros locales no hay símbolos religiosos ni estamos en el edificio del obispado ni en el de una parroquia y luego las ayudas las vamos a externalizar lo más posible. Abrimos poco antes de que se declarara la pandemia y en ese periodo fue muy difícil atender realmente a alguien porque exige la presencia física de las personas. Ya en el segundo año ha venido más gente y ahora estamos en torno a las 220 personas atendidas incluso víctimas colaterales como puedan ser los familiares.

No solamente trabajamos con víctimas de abusos sexuales sino también sobre los abusos de autoridad, de poder y de conciencia porque eso está, dentro y fuera de la Iglesia, en muchas ocasiones en el origen del abuso sexual. Es un tema antropológicamente y jurídicamente más complicado y es ahí donde hay que incidir, no solamente en el abuso sexual a menores, que hay que denunciarlo inmediatamente y llevarlo a Fiscalía, sino también en que hay abuso sexual a gente ya mayor de edad. Se dan situaciones de terrible disimetría donde alguien intenta apoderarse de otra persona, primero un poco de su alma y luego de su cuerpo. Eso no es consentimiento, eso es abuso a pesar de todo. También tenemos cursos de formación y buscamos alentar la investigación en este terreno del abuso de conciencia y de autoridad.

“Es importante que el paso de la denuncia no sea tan doloroso como el abuso”

¿Qué necesitan estas víctimas? ¿Qué labor desarrolla Repara con ellas?

Lo primero de todo que se las escuche, que se las crea y que no se las revictimice porque hay bastante personas que cuando por fin reconocen, comprenden o sacan de la represión infantil el abuso, tienen que dar el paso de ser ayudadas y denunciar, y es importantísimo que ese paso no sea tan doloroso como el abuso. Aquí hay que oír, hay que creer; no hemos tenido ningún caso de una falsa víctima. Una persona nos comentaba que desde hacía años “cada vez que le hablo a alguien un poco en serio solo estoy pensando en que no me cree”. Hay que hacer consciente a la sociedad de que los abusos sexuales, también los de autoridad, dejan una huella casi indeleble en una persona que no es como cualquier otro delito. Si encima quien ha abusado de ti es la persona que tenía que darte el máximo de confianza o era tu acompañante espiritual entonces ya la quiebra es verdaderamente casi insondable. Se puede alterar la relación con Dios y con cualquier prójimo. Hay casos horrendos cometidos por un abuelo, un padre o un profesor religioso… Parece casi imposible recuperar a una persona que ha sido tan herida. Lo primero que hay que hacer es acoger, escuchar, hacer estas escuchas de duelo para las que hay un proceso de formación específico y acompañamiento psicológico y psiquiátrico si es necesario y durante el tiempo requerido y la frecuencia adecuada, a lo mejor una hora semanal para que no haya ni adicción ni abandono, aunque luego cada caso concreto se puede matizar.

Si una víctima nos estuviera leyendo, ¿qué mensaje le gustaría transmitirle?

Pues que esta oficina no es una institución que quiere lavarse la cara de una manera hipócrita. Sino que aquí solo se atiende a las personas concretas. Esa es nuestra razón de ser y, por tanto, estamos absolutamente a disposición de quien quiera venir. Nosotros no buscamos sino recibimos. Por eso, es muy importante la difusión mediática de Repara. Muchas víctimas vienen por el boca a boca o por la indicación de muchos sacerdotes que están agradecidos y comprometidos con que exista un proyecto como este. Pero siempre que hay una aparición en medios inmediatamente hay gente que se pone en contacto con nosotros.

Además del daño a las víctimas, otra consecuencia es que pone en entredicho la confianza en las relaciones personales.

Una víctima, por ejemplo, antes de que alguien pueda darle una abrazo tiene que pedirle permiso, la relación con el propio cuerpo puede haberse visto terriblemente alterada, puede haberse hipersexualizado su vida…

Estos días ha salido la noticia de la solicitud de abrir en el Congreso una comisión de investigación parlamentaria sobre los abusos sexuales en la Iglesia. Desde un punto de vista más institucional, ¿se han dado los pasos adecuados en la prevención de estos comportamientos? ¿Qué camino queda por recorrer?

Yo creo que puede haber habido errores, se habla mucho de eso, de extrapolación de datos en la investigación que se ha hecho en Francia por ejemplo. Pero que España o Italia sean los únicos países donde no se haga algo semejante a lo que ahora se está haciendo en Portugal me parece contraproducente. Es un tema evidentemente delicado, y quizá una comisión parlamentaria, que lleva el asunto solo al terreno político, con la escisión política que se da en nuestro país, puede ser una carnicería entre posiciones opuestas y quizá irracionales. La Iglesia no se debe dejar adelantar en estos asuntos en cuanto a transparencia, sinceridad… y el ejemplo portugués podría ser una iluminación para lo que podemos hacer aquí.

“La Iglesia está infinitamente exigida frente a este desafío”

¿Podría explicar lo que se ha hecho en Portugal?

También se ha hecho en Francia aunque se ha criticado la metodología del informe francés. Allí personas con profundas creencias cristianas, pero que son independientes de la institución como tal, quedan al cargo de cuidar de lo que debe de quedar definitivamente eliminado de los modos de actuar en este caso de la institución de la Iglesia. La enfermedad es social. Es una pena que cuando se habla de este asunto, en España sobre todo, parece que solo hay que sacar los casos de la Iglesia. Pero si hay una institución que intenta representar el cristianismo y su transmisión en la sociedad esa institución está infinitamente exigida en el terreno moral y religioso. Muchos textos evangélicos son de una radicalidad y claridad que no podemos pensar que uno se niegue a seguir esas palabras, es incomprensible y es por eso que los laicos que estamos aquí hemos pedido que podamos trabajar en esto y no podemos dudar de que necesitamos colaborar como cristianos y personas razonables para que, poco a poco, toda esta situación en la sociedad entera y por supuesto dentro de la Iglesia evolucione hasta el punto de que se haga imposible la reiteración de estos porcentajes inaceptables de abusos que estamos conociendo porque se repiten prácticamente en todos los países.

¿Por qué esta relación entre abuso de poder o de conciencia y el abuso sexual?

Al entrar en una relación asimétrica sobre todo porque el que está por encima se cree y ocupa esa posición de una manera triunfal, entonces se produce un riesgo que puede estar en la dirección espiritual, en un colegio, en una universidad, puede estar en la familia… pues esta persona puede tener la tentación de absorber a la otra persona, de ver hasta dónde se puede llegar en la manipulación. Es un misterio de perversidad si se quiere o una enfermedad porque hay enfermedades psiquiátricas que obedecen a esto. Pero este apoderarse de una persona no tiene por qué empezar por el cuerpo sino que es una manipulación espiritual que acaba por ser completa.

¿Se habla de estas cosas ya en los seminarios?

Por lo que yo conozco sí. En el Seminario Conciliar tenemos acceso al final y allí presentamos todo esto y alertamos sobre los riesgos de la dirección espiritual, los riesgos donde alguien debe de servir a una comunidad y no debe situarse por encima de ella o de ninguna de las personas con las que trate. En fin, los riesgos de no educar en la libertad evangélica. Es imposible no ver el Evangelio y mirar estos horrores y ver una contradicción tan inmensa que resulta incomprensible.

“Los abusos de autoridad, de poder y de conciencia son, en muchas ocasiones, el origen del abuso sexual”

Ha hablado de una enfermedad social, ¿es síntoma de una relación inadecuada con la sexualidad donde el otro se reduce a un objeto de placer y no como un don?

Que se infame el sexo como tal es algo espantoso. Que se disocie el sexo del amor, este no cuidar de la otra persona sino abusar de ella… es algo que me revuelve hasta el fondo del corazón. Haber maldecido el sexo es algo absolutamente horrendo y se habla poco de eso.

¿Cuál es la responsabilidad de los católicos que quizá no somos víctimas ni tenemos una responsabilidad directa frente a estos hechos? ¿Acaso una mayor conversión?

Desde luego la conversión y también esta participación que ahora se está promoviendo en esta diócesis en cursos de formación donde uno puede escuchar sobre los estragos que sufre una víctima, acerca de los procedimientos jurídicos y psicológicos y sobre los riesgos del acompañamiento espiritual. Yo creo que todo eso es doloroso y uno no tiene ganas de ponerse en contacto con este universo de horrores pero me parece que el acercarse un poco, mirar y, por tanto, estar alerta favorecerá una sociedad más fraterna y limpia y no será nunca un obstáculo para nada. No hay que ver esto con ninguna prevención; la sociedad tiene que ir mejorando. Probablemente estos males han existido siempre en la historia, pero hemos de exterminarlos como se terminó con otras lacras sociales como la esclavitud. En realidad, sigue existiendo, pero al menos jurídicamente no se admite. Hay un cierto progreso moral que la sociedad va experimentando y esta cuestión desde luego tiene que limpiarse en un futuro próximo.

¿Existe un cierto perfil de victimario?

No, no lo hay. Algunos ciertamente sufrieron abusos y podría ser una característica que se da con alguna frecuencia o al menos no tuvieron una infancia modélica y estable en su familia, pero hay también muchos casos maravillosos de resiliencia en personas que fueron sometidas a abusos y no han acabado convirtiéndose en abusadores.

¿Existe una esperanza para la víctima?

Sí, cuando comprende que ha sido herida pero que conserva intacta su inocencia, su capacidad de amar. Podrá ser larguísimo el esfuerzo para conseguirlo, pero puede saltar hacia delante. Aquí tenemos bastantes víctimas que están participando en los procesos de escucha de otras víctimas y también los grupos de escucha mutua, siempre dirigida psicológicamente, están teniendo gran éxito. Las víctimas durante mucho tiempo se han sentido silenciadas y el sentirse acogidas no solamente por una persona que no ha sufrido abusos, sino viendo también a otras personas que han sufrido lo mismo y están en proceso de recuperación, está resultando extraordinario para la recuperación. En este sentido tengo que decir que estamos muy felices de ver el éxito que están teniendo estos procesos de seguimiento y terapia.

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