Todo va a donde debe ir

Mundo · José Luis Restán
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2 mayo 2011
Fiesta del pueblo, fiesta de la fe. Como una misteriosa revancha de tantas amarguras. Como imagen viva de una fe que ensancha la razón, genera un pueblo e impulsa al compromiso por la justicia y la dignidad de todo hombre. Habían llegado de todos los rincones, alegres y serenos. No era una fiesta de la nostalgia sino una celebración completamente orientada al futuro. Para atravesar ese umbral de la esperanza, para remar en ese mar abierto al que siempre nos quiso conducir Karol, ya beato de la Iglesia  

Roma ha lucido especialmente hermosa, habitada por este pueblo consciente y en fiesta. Roma eterna, no tanto por sus numerosas glorias pasadas sino por el corazón que siempre la anima, el corazón de Pedro, el pescador de Galilea. Recorriendo sus plazas y sus iglesias, contemplando la certeza serena de los peregrinos que arribaban a la ciudad de los apóstoles, he entendido aquella bellísima intuición del joven Newman, todavía anglicano, en su primera visita: "¡oh si tu Credo fuera cierto, porque tú pacificas el corazón, Iglesia de Roma!". Eso es lo que yo he sentido al estar allí, que todo está donde debe estar y va adonde debe ir (entre oscuridades y tormentas, sí) según una sabiduría que afortunadamente no es la nuestra.

Benedicto XVI tampoco ha pronunciado una homilía para la nostalgia. Ha trazado un perfil del hombre Karol Wojtyla determinado por su "fe fuerte, generosa y apostólica". Un cristiano modelado por el sí a su vocación, especialmente la de ser Sucesor de Pedro ("Dichoso tú, Simón"). Un hombre elegido por Dios para conducir a su Iglesia en la tormenta, para introducirla en el siglo de la posmodernidad, para renovarla y arraigarla según la brújula del gran evento del Vaticano II. Esto es lo que el Papa Ratzinger piensa del beato Juan Pablo II, y basta ya de mezquindades y jueguecitos. Ésta es una homilía sobria, llena de afecto contenido, pero también precisa, minuciosa: un juicio para el camino del futuro.

En primer lugar Benedicto XVI ha elegido la frase del testamento de Juan Pablo II que se refiere a su convicción de que el Concilio Vaticano II es el gran patrimonio del que habrá de beber la Iglesia durante "muchísimo tiempo". Al elegir esta frase el Papa Ratzinger la hace suya sin ambages. Quienes piden un nuevo Syllabus ya saben a qué atenerse. Pedro ha hablado, más aún, habla sin parar desde Juan XXIII a nuestros días, y habla con una claridad que sólo los presuntuosos y los sectarios podrían no escuchar.

Pero el Papa no se contenta con eso. Clarifica cuál es la "causa del Concilio", la causa por la que vivió y murió el beato Juan Pablo II: que el hombre abra sus puertas a Cristo, que la sociedad, la cultura y los sistemas económicos y políticos se dejen iluminar y sanar por la presencia del Resucitado. Y rinde homenaje al Papa polaco que "con la fuerza de un gigante, que le venía de Dios" invirtió una tendencia que parecía irreversible: la de la irrelevancia de la fe, la de su insignificancia, la de su carácter arqueológico, la de su reducción a mera ética o a piedad separada de los intereses de la vida.

Gracias a su experiencia vivida bajo el marxismo, el Papa Wojtyla supo desenmascarar la pretensión de las ideologías de cumplir la esperanza del hombre, y reivindicó legítimamente para el cristianismo la respuesta a esa esperanza, restituyendo a la fe su plena significación humana, social e histórica. Por eso pudo fijar la fórmula "el hombre es el camino de la Iglesia y Cristo el camino del hombre", que como subraya Benedicto XVI es la síntesis de la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su timonel, el Siervo de Dios Pablo VI. Hay aquí un juicio teológico e histórico de la más alta autoridad de la Iglesia, que ninguno podemos saltarnos.

"Todo está donde debe estar y va donde debe ir", confiesa el Miguel Mañara de Oscar Milosz. Y es así sencillamente porque el Señor no abandona a su Iglesia. No hace falta ser un místico para reconocerlo. Ha sido Él quien asistió al lúcido y sufriente Pablo VI para que condujese la gran tarea del Concilio. Ha sido Él quien sacó de la buena tierra polaca al mejor de sus hijos para sentarlo en Roma, cuando nadie lo esperaba, y todos nos quedamos boquiabiertos. Para que rompiese el círculo de hierro de la insignificancia y la expulsión de la fe. Para que comenzase a realizar esa nueva presencia misionera que el Vaticano II había soñado y pergeñado. Y por supuesto ha sido Él quien contra viento y marea ha calzado las sandalias del pescador a Joseph Ratzinger, para que el Papa teólogo formule este juicio neto y radiante, y para que sostenga y profundice esta tarea en el mar abierto del siglo XXI.

Ahora parece tan sencillo reconocerlo… Pero confesemos que en algún momento Jesús nos habría dicho como a Pedro: "¡qué poca fe!, ¿por qué has dudado?".

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