Tirar de la palanca

España · GONZALO MATEOS
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4 enero 2023
Antes de comenzar la cena de nochebuena Felipe VI vino al rescate con su discurso anual. Nos animó a tener confianza en nosotros mismos pero al mismo tiempo fue realista. Las instituciones, si están vivas, son garantía de justicia y progreso.

Me gustaría proponer que se colocara un mecanismo en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo con una placa que rezara: “En caso de peligro, tiren de palanca”. Cuando impere la demagogia y el abuso de poder sus señorías deberían saber que pueden acudir a sus instituciones. Esa es una de las lecciones de la muerte de Isabel II de Inglaterra. Su vida, que pide tanto incienso como árnica, ha estado supeditada a un agudo sentido del deber que ha favorecido la estabilidad de las instituciones británicas a pesar de las numerosas crisis y errores causados por sus gobiernos. En agradecimiento su pueblo sigue llorando su ausencia mitificando sus virtudes y olvidando sus errores. Como debe ser. Muchas de las grandes democracias europeas funcionan modélicamente bajo una corona. Fuera de Europa es otra cosa. Pero lo que innegable es que las dictaduras más autoritarias del mundo son repúblicas. God save the king.

En España hemos vivido unas semanas políticas convulsas. Muchas palabras gruesas se han escuchado desde el atril del Congreso. Al final, todo se ha calmado tras la intervención del Tribunal Constitucional, el CGPJ, la Unión Europea y, otra vez, el Rey. Antes de comenzar la cena de nochebuena Felipe VI vino al rescate con su discurso anual. Es cierto que le vieron más de un millón de televidentes menos que el año pasado, y es una lástima, porque su discurso fue para recordar.

Nuestro Rey nos volvió a recordar lo duro que están siendo estos tiempos de guerra y lo que ello supone de preocupación e incertidumbre. No se quedó ahí. Nos animó a tener confianza en nosotros mismos como la que hemos mostrado en el progreso de nuestro país en las cuatro últimas décadas. Pero al mismo tiempo fue realista. Recordó los riesgos que gravitan sobre las democracias en las que la nuestra no es una excepción. Y citó tres peligros: la división, el deterioro de la convivencia y la erosión de nuestro sistema institucional. Y tres soluciones: unidad basada en la concordia, el uso de la razón y la voluntad de integrar, y el compromiso con nuestras instituciones, “que son el lugar donde los españoles nos reconocemos y donde nos aceptamos los unos a los otros, a pesar de nuestras diferencias”.

Las instituciones, nacionales e internacionales, son al mismo tiempo garantía y tarea para todos. Nos necesitan del mismo modo que necesitamos de ellas. Nos sirvieron para caminar juntos en la Transición, vencer a ETA o a los islamistas, ingresar en la Unión Europea y en el Euro, parar la Declaración Unilateral de Independencia y salvar vidas ante la crisis pandémica. Por eso es suicida lanzar piedras contras sus cristaleras.

Son las instituciones, las que libremente nos hemos otorgado, las que nos están salvando de la deriva populista del gobierno y de las veleidades de sus socios radicales de coalición, pero también de las tentaciones demagógicas de la oposición que en ocasiones actúa como si también quisieran aprovecharse de ellas cuando lleguen al poder. Como nos recordaba el Papa Benedicto, no existe una moral en el poder y otra en la oposición. Solo hay una moral que es que la que nos dice que no se puede construir destruyendo. Con las cosas del comer y la paz social nadie debería jugar por muy justificado que se considere.

Entre los tres componentes del orden político que constituyen la democracia liberal moderna -el estado, el principio de legalidad y la responsabilidad- debe existir una tensión permanente, una especie de equilibrio. Por eso, en estos momentos históricos de cierta deriva autoritaria y de riesgos para la democracia debemos ser rigurosos en evitar daños institucionales tales como los personalismos políticos, la politización partidista de los aparatos del poder, el clientelismo o el aprovechamiento privado o amiguista de las instituciones, y también la ineficiencia, la burocracia o el legalismo lento y costoso de los servicios públicos. Woodrow Wilson advertía que en ocasiones no debemos tanto centrarnos en hacer que el gobierno sea justo como que sea organizado y efectivo.

En esta tarea no sobra nadie. Sabemos bien que no existen instituciones perfectas que nos eviten el ejercicio de nuestra libertad. La política (y la administración) es el reino de lo humano, de lo imperfecto. No conviene sacralizarlas con nuestras velas ni quemarlas con nuestras teas. Tampoco no escandalicemos en demasía, no seamos hipócritas. Lo que no podemos permitirnos es ignorarlas. Lo recordaba Vaclav Havel ante el Congreso de los Estados Unidos: “No nos equivoquemos: el mejor gobierno del mundo, el mejor parlamento y el mejor presidente no pueden lograr mucho por sí solos. Sería igual de erróneo esperar un remedio general que tan sólo procediera de ellos. La libertad y la democracia implican la participación y, por tanto, la responsabilidad de todos nosotros”.

Pablo Suanzes, el magnífico corresponsal de El Mundo en Bruselas, lo comentaba estos días refiriéndose al juez apodado el “Sheriff” que ha levantado el escándalo del Qatargate en el Parlamento Europeo. Los europeos siguen pensando que la libertad es un derecho y las instituciones necesarias, pero que no las defienden como deberían. Se aferran al mito de que cualquiera puede ser un héroe, pero que ellos no se van a manchar para serlo. No podemos confiar la salvación de nuestro modo de vida a algunos superhéroes a los que aplaudimos desde el sofá de nuestra casa. Tampoco la podemos dejar al sentido ético de cada uno. Se trata de que todos cultivemos esa virtud a la que nos invita el papa Francisco de la caridad social que consiste en implicarnos en impulsar instituciones más sanas, regulaciones más justas y estructuras más solidarias. Desde dentro, con calma y con consensos, pero también con firmeza en casos de abusos, inercias o resistencias injustificadas.

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Y más cuando llevamos en España el más largo tiempo de estabilidad institucional de nuestra historia y cuando la revolución digital está haciendo saltar por los aires las paredes del escenario de la vida pública generando graves e inusitados retos. Pervivirán las organizaciones que sustenten una virtud intrínseca atemporal, pero perecerán si no se renuevan y revitalizan otorgándose un sentido nuevo. Si las abandonamos a su suerte no nos refugiarán cuando arrecie la tormenta.

Es conocido el principio político que recomienda que, dado que no podemos cambiar a los hombres a cada paso, debemos cambiar las instituciones. Los hombres tendemos a corrompernos, pero las instituciones, si están vivas, son garantía de justicia y progreso, ya que, al conservar lo mejor de cada generación, ponen coto al uso autoritario del poder. Nos han salvado esta vez, pero no olvidemos engrasar entre todos regularmente la palanca que las acciona, no vaya a ser que la próxima vez que alguien la utilice se quede aterrorizado con ella en la mano.

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