Tinta de sangre

Mundo · Francisco Pou
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8 enero 2015
Un comando con experiencia militar, con acceso a una logística de organización que les proporcionó preparación y armas automáticas de combate. Frialdad. Y un solo mensaje claro, directo y falso de “venganza religiosa”. Falso porque el asesinato no puede tener carta de naturaleza en nombre de religión alguna, si la religión es humana y, por lo tanto, lógica.

Un comando con experiencia militar, con acceso a una logística de organización que les proporcionó preparación y armas automáticas de combate. Frialdad. Y un solo mensaje claro, directo y falso de “venganza religiosa”. Falso porque el asesinato no puede tener carta de naturaleza en nombre de religión alguna, si la religión es humana y, por lo tanto, lógica.

Tras el atentado, todos los medios han hablado de choque de civilizaciones en Europa, de fascismo islamista (el término fascismo para muchos intelectuales de izquierda es aplicable a cualquier violencia que no sea la suya), de atentado a la República. Como adelanta Cavanaugh en su indispensable “El mito de la violencia religiosa”, la religión se ve como potencialmente problemática en todo tiempo y lugar. Y no siempre es fácil separar la violencia religiosa de la secular. ¿Importa? Desde luego que sí. El motivo de la masacre cruel estaba en unas viñetas, de las que más de uno puede considerar que atentaban o podían atentar contra la sensibilidad religiosa.

Pero el análisis de esas mediocres viñetas no procede ahora; cualquier medida de lo irreverente no es más que medida de capacidad y gusto, y en Occidente y en democracia es un juez quien reprime el delito juzgado. El atentado del 7 de enero es un choque de dos culturas: el extremismo radical islámico, y la radical secularidad de la democracia europea, que ve cómo los cimientos de su estado de derecho se revuelven contra ella.

Sangre en nombre de la religión. No podemos ignorar cómo el radicalismo islámico (autor intelectual de la masacre) produce a diario muertos a causa de la fe cristiana.

¿Vale menos la vida de un hombre en Iraq que en Francia? Precisamente ante la significativa distancia de los intelectuales modernos en lo referente a las matanzas de cristianos, como algo que “no va” con ellos, vale la pena fijarse en la (justa) movilización intelectual ilustrada de París. Una docena de personas ha muerto por unas viñetas. Centenares de miles han muerto, a manos del mismo monstruo, por una vida de fe y, muchas veces, servicio gratuito a los demás. Estamos hablando de nuestra civilización y la vida y la muerte. ¿No debiéramos empezar a mirarlas todas?, ¿no decimos que valemos igual?

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