Tiempos difíciles

Mundo · José Luis Restán
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4 noviembre 2014
Uno se asoma a las páginas del periódico mientras degusta el primer café de la mañana y parece que le tiemblan las piernas. El estallido de la corrupción, el anuncio de debacle de los grandes partidos, la amenaza real del terrorismo islamista, la guerra en los confines orientales de Europa, la cabalgada salvaje del virus del ébola en el África occidental… Podríamos seguir. Y quienes sigan a través de los medios los debates intraeclesiales tampoco encontrarán precisamente una invitación a la serenidad.

Uno se asoma a las páginas del periódico mientras degusta el primer café de la mañana y parece que le tiemblan las piernas. El estallido de la corrupción, el anuncio de debacle de los grandes partidos, la amenaza real del terrorismo islamista, la guerra en los confines orientales de Europa, la cabalgada salvaje del virus del ébola en el África occidental… Podríamos seguir. Y quienes sigan a través de los medios los debates intraeclesiales tampoco encontrarán precisamente una invitación a la serenidad.

Afirmar que corren tiempos convulsos y que se cierne una espesa incertidumbre sobre el futuro puede ser una especie de latiguillo, pero desde luego no parece un disparate. Por eso me ha resultado especialmente iluminadora la publicación de los “Papeles de Audiencia” del Secretario de Estado vaticano Eugenio Pacelli (futuro papa Pío XII) que contienen sus anotaciones durante el año 1931. A través de ellos comprendemos el contexto histórico y también la situación interna que vivía la Iglesia hace poco más de ochenta años. La historia nos ofrece muchas lecciones y redimensiona nuestros agobios.

Europa estaba recibiendo la onda brutal de la crisis de 1929 causada por el crack de Wall Steet, con las consecuencias de un pavoroso desempleo y de una grave instabilidad social, traducida en grandes huelgas y choques callejeros. El papa Pío XI se manifestó en tonos dramáticos a través de la encíclica Quadragesimo Anno, reclamando una acción política basada en la justicia para asegurar el pan a los trabajadores y a sus familias, y advirtiendo del riesgo de una escalada de la confrontación entre los Estados y en el seno de cada sociedad. Especial preocupación causaba en la Santa Sede la crisis de la República de Weimar; la crisis institucional y social en Alemania era el caldo de cultivo en el que se gestaba el inexorable crecimiento del nacionalsocialismo, frente al que se habían levantado ya algunas valientes voces del episcopado germano. Los Papeles relatan el viaje de Hermann Göering a Roma para intentar, infructuosamente, que el Papa revocase la excomunión lanzada contra quienes se adhirieran al partido nazi.

Las grandes ideologías en efervescencia causaban profunda angustia en el Vaticano, consciente de los sufrimientos que ya padecían los cristianos en Rusia, con detalles de las deportaciones al confín siberiano. Pero en otros territorios donde podría preverse una mayor sintonía no faltaban los problemas. El nuncio en Lituania fue expulsado del país acusado de ingerencias en asuntos internos, y la relación con el gobierno polaco del mariscal Pilsudski era todo menos apacible, con una espinosa cuestión sobre la mesa: la situación de los greco-católicos de lengua ucraniana que soñaban con un país independiente.

Y por supuesto, en estos papales del secretario Pacelli no podían faltar las tribulaciones de España, con la renuncia del rey Alfonso XIII y la implantación de una República que desde su fundación estuvo marcada por la impronta laicista. Los primeros incendios de iglesias, la temprana legislación anticlerical y el exilio del cardenal Segura subrayaban en rojo la “cuestión española” en los dossieres de la Secretaría de Estado. Y era solo el comienzo de la tragedia que habría de venir, una tragedia de la que fue preludio la durísima persecución contra los católicos en México. Pacelli recomienda bendecir y estimular a cuantos defendían allí los derechos de Dios y de la religión, pero rechaza apoyar la resistencia armada. Es favorable al protagonismo de los católicos en el campo político pero desaconseja la formación de un “partido católico”.

También en la propia Italia, gobernada ya por el fascismo, la Sede de Pedro encontraba motivos de seria aprensión, a pesar del marco institucional ofrecido por los Pactos Lateranenses. En marzo de 1930 se produjo una violenta agresión de los camisas pardas contra jóvenes de la Acción Católica, lo que condujo al Papa (son palabras suyas) a probar “la amargura más amarga”. En realidad las relaciones con el régimen de Mussolini fueron una continua fuente de zozobra para el Papa y sus colaboradores durante aquellos años.  

Pero la situación interna de la Iglesia distaba también de ser tranquila. Los Papeles que venimos comentando reflejan la agitación de la Curia Romana y del Colegio cardenalicio, desde los que partían punzantes críticas a la acción de gobierno de Pío XI. Los dardos de aquel momento (que por fortuna no gozaron de nada parecido al Vatileaks) se centraban en una oposición sorda a los Pactos Lateranenses, que establecían la garantía de independencia y libertad para la Sede Apostólica una vez ésta había renunciado a los oropeles y al fardo del poder temporal. La situación fue tan grave que el Papa convocó un Consistorio secreto el 23 de julio para reafirmar de manera inequívoca su propia autoridad y la confianza en su Secretario de Estado. A la vista de estos Papeles cabe dudar de que Eugenio Pacelli durmiese bien en esas fechas, porque su inteligencia proverbial sin duda atisbaba la inmensa tormenta que estaba a punto de descargar. Leyéndolos ochenta años después, se verifica que el Señor lleva la nave de su Iglesia, y se colocan en su justa perspectiva las incertidumbres (desde luego bien reales) del presente.

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