Tiempo para fraguar

Mundo · José Luis Restán
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1 marzo 2011
El cardenal Rouco, por peso y por poso, sigue siendo el hombre de referencia para la mayoría de los obispos españoles que han preferido confiarle este trienio complejo, dando así tiempo para que cuaje una nueva figura episcopal que concite un reconocimiento general. Precisamente porque esa figura aún no está clara, se ha descartado utilizar la vicepresidencia como plataforma de lanzamiento. En ese puesto Ricardo Blázquez representa la continuidad, más aceptable para la mayoría que otras operaciones quizás poco maduras. La Iglesia se toma su tiempo. Importa, claro está, identificar un liderazgo moral y un rostro público para el futuro, pero ahora mismo la urgencia no es dramática.

La brega de cada día, la siembra y el trabajo educativo, el anuncio y la propuesta de la fe se dan en cada palmo de terreno concreto, en los ambientes sociales, en las familias y las parroquias. De ahí la atención dedicada por esta Asamblea a ese nudo que deben conformar familia, escuela y parroquia para la iniciación cristiana, y también el protagonismo dispensado a la JMJ, que parece irritar a ciertos profesionales del análisis eclesial. Los obispos saben distinguir lo urgente de lo que puede esperar. Saben que "Añastro" es la mirada de conjunto, el intercambio de información, el diagnóstico común y la interlocución pública… Cuestiones importantes pero que ahora mismo están bien respondidas con el liderazgo del cardenal Rouco. Eso es lo que opina la mayoría, y tiene buenas razones para ello.

El Comité Ejecutivo mantiene su equilibrio interno. Siguiendo la costumbre (casi una norma no escrita) han repetido los vocales que sólo llevaban un trienio, Juan José Asenjo (Sevilla) y Juan del Río (Castrense), ambos considerados como "pesos pesados" de la actual Conferencia. Y llegan nuevos Julián Barrio (Santiago) y Francisco Pérez (Pamplona). ¿Cabe extraer de esta composición consecuencias claras para el futuro?  Alguna luz sí, pero nada definitivo.

Lo que es cierto es que el tiempo apremia, en lo personal y en lo histórico. El cardenal Rouco cumple 75 años en agosto, coincidiendo con el gran evento de la JMJ. Él nunca lo ha vivido como un broche ornamental a su trayectoria, sino como un empeño pastoral de extraordinaria envergadura, un evento cuyos frutos habrán de cosechar otros en el futuro. Si Dios le da salud, con toda probabilidad el Papa le confirmará al frente de la metrópolis madrileña hasta finales de 2013 ó principios de 2014. Ahí se cierra un ciclo personal y eclesial.

En el plano histórico las cosas son menos previsibles, pero llenas de interrogantes provocadores. Los equilibrios del mundo están cambiando, precisamente en nuestra frontera sur. No sabemos si el escenario será una cierta reforma cultural del islam o una expansión del integrismo a nuestras puertas. Eso condicionará el diálogo y la situación de la libertad religiosa, tremendamente golpeada en los últimos años. La política europea sigue asentada sobre el sustrato cultural de un vago sesentayochismo y no parece fácil un giro, a pesar de Merkel y Sarkozy. Así pues los desafíos en el campo de la neurociencia, de la transmisión de la vida y de la consideración de la familia alcanzarán nuevos desarrollos. La gran cuestión del lugar de la fe en la ciudad secularizada seguirá abierta y candente. Dialogar con los intelectuales, acompañar a los jóvenes, dar forma a un ocio verdaderamente humano, regenerar el sentido del trabajo, suscitar una red de obras sociales que hagan visible la belleza y la racionalidad de la fe. Y por añadir un asunto, la traducción cultural del mensaje cristiano en la era digital, al que acaba de lanzarnos Benedicto XVI.

En cuanto a España, seguramente terminará el nefasto ciclo del radicalismo cultural de Zapatero, pero perdurará su rastro. Y aparecerá desnudo un panorama verdaderamente provocador para la Iglesia: acompañar al hombre aturdido y desazonado en su búsqueda de sentido y de esperanza para vivir, mostrarle al Dios de Jesucristo que no quita nada sino que lo da todo. Reconciliar la exigencia de la razón moderna, su anhelo de felicidad y libertad, con la gran propuesta de la fe que viene del pasado, pero que necesariamente se ha de encontrar, ver, oír y tocar, en el palpitante presente, aquí y ahora. Y desde luego, acoger y valorar todo brote de auténtica vida cristiana allí donde surja, aunque no esté previsto en los planes pastorales.

Son tareas inmensas, y claro está que no pueden ni deben recaer sobre los hombros de un presidente de la CEE, que además no es "el jefe de los obispos", como siempre subraya el cardenal Rouco. Pero estos desafíos sí ayudan a trazar un perfil ideal del futuro presidente, o al menos una imagen hacia la que tender. No es cuestión de clanes, de gusto por el poder o de simpatías personales. Se trata de identificar quiénes comprenden mejor esta coyuntura histórica y tienen la capacidad de asumir el tipo de liderazgo del que hemos hablado. Si escrutamos la constelación episcopal, hay figuras que, por su emplazamiento, formación, trayectoria y valoración de sus compañeros, parecen brillar especialmente para ese futuro. No vamos a jugar aquí a quinielas presidenciales, pero sí se puede entrever un plantel que determinará el futuro. Además de los miembros del Ejecutivo ya mencionados, siguen contando Carlos Osoro (Valencia) y Jesús Sanz (Oviedo). Sin olvidar al actual vicepresidente Ricardo Blázquez, que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y sigue cosechando apoyos. Y tampoco hay que descartar dentro de tres años a un hombre que ahora mismo reside en Roma, pero que podría volver a España: el cardenal Antonio Cañizares. Esperemos.  

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