Argentina, elecciones 2015

Tiempo de cambios y consensos

Mundo · Horacio Morel (Buenos Aires)
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26 octubre 2015
Fallaron todos los pronósticos: los encuestadores deberán declararse incompetentes, o confesar que trabajan por encargo y a medida. Cuando la discusión previa era si el oficialismo ganaba o no en primera vuelta, la oposición macrista le propinó al kirchnerismo una paliza electoral de proporciones, con la que cambia por completo el tablero político poniendo al peronismo de rodillas.

Fallaron todos los pronósticos: los encuestadores deberán declararse incompetentes, o confesar que trabajan por encargo y a medida. Cuando la discusión previa era si el oficialismo ganaba o no en primera vuelta, la oposición macrista le propinó al kirchnerismo una paliza electoral de proporciones, con la que cambia por completo el tablero político poniendo al peronismo de rodillas.

Es que el partido de Mauricio Macri, socio casi excluyente de una alianza electoral anudada con lo que queda de la Unión Cívica Radical y de la Coalición Cívica, no sólo casi desplaza a Daniel Scioli del primer puesto, sino que se impuso en los distritos electorales más importantes del país, arrebatándole al peronismo varias provincias –entre ellas la de Buenos Aires- y cientos de intendencias a lo largo y a lo ancho del territorio nacional.

Hay que remontarse a 1983, en ocasión del regreso a la democracia tras la sombría dictadura militar que gobernó el país durante los años de plomo, para registrar un resultado tan adverso al peronismo, hoy copado por el progresismo ‘K’.

La ventaja de apenas dos puntos y medio porcentuales de Scioli sobre Macri (36,86% contra 34,33%) manda la definición al balotaje del 22 de noviembre, poniendo en mejores condiciones al candidato opositor, quien supo manejar su discurso para ganarse el voto independiente y aún de signo contrario que buscó cerrar el camino a un triunfo en primera vuelta del oficialismo. Justo lo que debería hacer ahora Scioli para llegar con alguna chance al 22, pero cuando ya todo indica que es demasiado tarde. Macri creció cinco puntos respecto de las primarias, mientras que Scioli perdió dos, y la candidatura de este último pareciera haber tocado un techo imposible de perforar.

El peronista opositor Sergio Massa obtuvo el 21,34% de los votos, y resignó así su propósito de llegar a la segunda vuelta electoral luego de una intensa campaña en la que se mostró como el más activo y propositivo de los candidatos, sumando más apoyos que en las PASO y colocándose en un sitial de árbitro del balotaje. Son más de cinco millones de votos ahora codiciados tanto por Scioli como por Macri. Mientras que Scioli jugó todas sus cartas antes de la votación del domingo pasado dando a conocer íntegramente su eventual gabinete de gobierno, hábilmente Macri sólo lo hizo parcialmente, dejando lugares libres que ahora puede ofrecer al massismo como moneda de cambio, entre ellos, el mismísimo Ministerio de Economía.

Paradójicamente entonces, Massa es uno de los dos grandes triunfadores de la jornada electoral porque pese a no llegar a la instancia definitiva se convierte, además del actor oculto del balotaje, en el referente excluyente de lo que podría ser la reconstrucción de un espacio peronista al mismo tiempo tradicional y aggiornado, distinto al kirchnerismo, imputado de profanador y/o usurpador del justicialismo.

La otra gran ganadora es la macrista María Eugenia Vidal, quien se convirtió en gobernadora de Buenos Aires aventajando por más de cinco puntos al candidato ultra ‘K’ Aníbal Fernández, sospechado de vínculos con el narcotráfico y dueño de una verborragia visceral y confrontativa.

Es posible que el resultado electoral marque el pase a retiro de Scioli y de Fernández, como una suerte de sanción a la pusilanimidad y a la arrogancia política, pero sería una inocencia supina imaginar una retirada `K`: el kirchnerismo no sólo cuenta con una sólida militancia y cuantiosos recursos económicos, sino que además continuará siendo mayoría en ambas cámaras del Congreso. En particular, ha sumado en el Senado tres nuevas bancas y está a un paso de asegurarse los dos tercios mediante aislados pactos ocasionales para, por ejemplo, designar los dos jueces vacantes de la Corte Suprema o propiciar una reforma constitucional, menú por el que se le hacía agua la boca dos años atrás buscando la reelección indefinida de Cristina.

De hecho, uno de los primeros problemas con los que se enfrentará Macri como casi seguro vencedor del balotaje a partir del 10 de diciembre será desmantelar amplios sectores de la administración pública literalmente copados por La Cámpora, la agrupación ultra `K` liderada por Máximo Kirchner, flamante diputado nacional por Santa Cruz. Gobernar con el Poder Ejecutivo infectado de kirchneristas y el Legislativo en contra no aparece como tarea fácil.

Es probable que el kirchnerismo se divorcie finalmente del peronismo, sobreviviendo como una expresión de centroizquierda nostálgica basada en el relato setentista y en el de sus doce largos años de hegemonía política. Sus supuestos logros alimentarán todavía a una mística seductora que sin embargo chocará de frente con la más cruel realidad: un pueblo empobrecido culturalmente, apenas satisfecho en sus necesidades materiales básicas, y un país aislado internacionalmente al que le costará un buen tiempo volver a ocupar un sitio destacado en el concierto regional y mundial. Como dice Sabina, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió: los `K` imaginaron una revolución que no fue, y en el fondo sólo se dedicaron a engrosar los bolsillos amigos.

La reconstrucción de la Argentina apenas comienza; demandará tiempo, pericia y fundamentalmente una enorme tarea de construcción de sólidos consensos que fortalezcan la institucionalidad perdida.

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