¡Tiempo de arriesgar!

Mundo · Ferrán Riera
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22 julio 2015
El final de curso es época de evaluar. Evaluamos a los alumnos y el trabajo hecho por los adultos y en este evaluar siempre corremos el riesgo de dejarnos cosas, de no mirarlo todo, de convertir en globales perspectivas parciales o personales. Nadie se puede ahorrar ese riesgo.

El final de curso es época de evaluar. Evaluamos a los alumnos y el trabajo hecho por los adultos y en este evaluar siempre corremos el riesgo de dejarnos cosas, de no mirarlo todo, de convertir en globales perspectivas parciales o personales. Nadie se puede ahorrar ese riesgo.

En una primera búsqueda en la memoria común de los hechos de este curso que ha acabado seguramente encontraremos acontecimientos como la triste muerte de un profesor en el IES Joan Fuster de Barcelona a causa de las heridas provocadas por un alumno de 13 años, la tragedia del avión de Germanwings, las imágenes de las decapitaciones en el llamado Estado Islámico (ISIS) o el suicidio de una alumna adolescente en Madrid, amén de elecciones y demás movidas políticas.

Este curso ha crecido el número de artículos y “cartas al director” dedicados al bullying, al mal uso de las nuevas tecnologías en el colegio y, a su vez, como si de respuesta inconsciente se tratara, a las nuevas tendencias educativas, proyectos y renovaciones pedagógicas. Todo ello se da en un contexto en el que entran en escena nuevas siglas políticas al tiempo que los partidos de “toda la vida” pierden capacidad de incidencia y con un proceso incierto de autoafirmación de la identidad de Catalunya que parece tener fecha clave el próximo 27 de septiembre.

En las tertulias y en las opiniones mediáticas autorizadas encontramos siempre verdades parciales. Pocos se atreven o pocos saben decir nada que permita mirarlo todo. Vivirlo todo. El Papa Benedicto XVI advertía en el 2005 sobre el hundimiento de las evidencias y la realidad poliédrica y compleja que vivimos parece dar la razón al Papa emérito. Lo más acongojante (si se me permite la expresión) es la percepción de que en una sociedad así está servido el triunfo del subjetivismo (representado trágicamente por un piloto de aviación que decide arrastrar a 149 personas en su decisión personal).

Llegados a este punto es justo preguntarse desde dónde se puede volver a empezar. ¿Es posible hacerlo? ¿O nos tenemos que rendir a un subjetivismo que ahonda sus raíces en una razón que se ha desvinculado de la experiencia? La educación de las nuevas generaciones corre el grave peligro de caer en la confusión. La necesidad de proteger a nuestros jóvenes, nuestro futuro, de esta desorientación es terreno abonado para un subjetivismo que se expresa en forma de sobreprotección de los chicos y de incapacidad de los adultos para soportar ningún tipo de sufrimiento de los jóvenes (ni tan sólo aquel sufrimiento propio del vivir).

Nuestros jóvenes y nuestra sociedad necesitan adultos de verdad. Urgentemente. Necesitan adultos que no presenten todos y cada uno de sus problemas –metafórica y literalmente hablando– a los tribunales de las instancias más altas. Que ante cada dificultad no necesiten un veredicto de inocencia y un epílogo en la sentencia que diga que no se merecen las circunstancias que el destino, la vida o Dios les da. Necesitamos adultos con capacidad de sacrificio, no porque así cumplen un deber sino porque intuyen con inteligencia el bien que hay detrás, adultos que no exijan constantemente al vecino o a las instituciones y representantes políticos la reparación y la compensación de las circunstancias dolorosas y aparentemente aleatorias por las que la existencia nos hace pasar.

Es evidente que adultos de este talante sólo se pueden generar si inundamos de significado todo aquello que hacemos, vivimos y deseamos. Esta es nuestra responsabilidad, la responsabilidad de la escuela y de la familia.

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