Tiempo congelado en el canal

Editorial · Fernando de Haro
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29 marzo 2021
El Ever Geven taponando una de las arterias del mundo, y a punto de provocar un infarto, es quizás bastante más que un aviso moral contra la avaricia. El carguero atascado nos recuerda que el espacio acortado transforma el modo de entender el tiempo.

Una semana. Eso es el tiempo que gana un carguero si utiliza el canal de Suez en su travesía de Asia a Europa sin tener que bajar hasta el Cabo de Buena Esperanza. Un buque de contenedores medio paga 270.000 euros por atravesar los 193 kilómetros que conectan el Mar Mediterráneo con el Mar Rojo. Salvo que el petróleo esté muy barato trae cuenta abonarlos porque el modelo de producción industrial y de consumo provocado por la globalización se basa en una reducción del espacio que acorta el tiempo.

El accidente del Ever Given, uno de los barcos más grandes del mundo, con capacidad para transportar 20.000 contenedores, nos ha ayudado a comprender la relación entre espacio y tiempo en la era de la globalización. Al quedarse cruzado en el Canal de Suez, provocando pérdidas de 9.600 millones de euros diarios por impedir el tráfico marítimo, nos ha hecho caer en la cuenta de cómo funciona la cadena de suministros mundial. Hace un año, con la llegada del Covid a Occidente nos dimos cuenta de que Amazon no era un conseguidor mágico de cualquier producto que nos llegaba dos días después de haber hecho clic en la página de compra. Para que pudiéramos utilizar mascarillas que no teníamos y para que los hospitales estuvieran provistos de respiradores y de material médico había que producir todos esos bienes. No se fabricaban en un camión de reparto, en muchos casos llegaban de factorías muy lejanas.

El contenedor es, en cierto modo, el símbolo del comercio mundial. Y también del modelo de producción industrial just in time que ha reducido considerablemente los costes de almacenaje de los componentes en sectores como el automóvil, la venta al por menor o las farmacéuticas, entre otros. Las piezas o los componentes para cada producto llegan a la fábrica desde cualquier rincón del planeta, justo en el momento en que se necesita. Por eso en los últimos 50 años la capacidad de transportar contenedores en todo el mundo se ha incrementado un 1.500 por ciento. El sistema funciona si los canales de transporte están perfectamente engrasados y si el consumo sigue patrones de conducta más o menos constantes. Durante el confinamiento, por ejemplo, los estadounidenses querían comprar muchas más impresoras, ordenadores y juguetes porque habían convertido sus casas en oficinas y en guarderías. Y eso causó una gran tensión en los puertos de China donde esos bienes se producían. Consumimos productos globales que transportan barcos como el Ever Given, propiedad de una compañía japonesa, operado por otra empresa taiwanesa, que navega con bandera de Panamá y tripulación india.

Hay quien ha querido ver en el accidente del Ever Geven un nuevo aviso de una globalización poco respetuosa con la anchura del Canal de Suez, es decir con los límites que impone la realidad. Es evidente que si sacamos a los murciélagos de su hábitat natural y si invadimos el espacio de la vida salvaje eso puede tener consecuencias no deseadas. Si para maximizar el beneficio, construimos barcos demasiado grandes, en cualquier momento pueden quedarse atravesados.

Pero el Ever Geven taponando una de las arterias del mundo, y a punto de provocar un infarto, es quizás bastante más que un aviso moral contra la avaricia. El carguero atascado nos recuerda que el espacio acortado transforma el modo de entender el tiempo. Ya no hay primacía del tiempo sobre el espacio, los componentes de un producto no tienen que ser manufacturados de antemano. Ya no hay que esperar a nada o a casi nada. Del mismo modo que hemos conseguido reducir las millas marítimas, hemos conseguido reducir los minutos. La mentalidad imperante en el mundo de la producción y de la distribución se traslada al consumo. De ahí el éxito de las empresas de entrega rápida. Cuando el repartidor de Deliveroo llama al timbre de nuestra casa para entregarnos, a cambio de un sueldo miserable, la comida que hemos pedido diez minutos antes, hace posible el servicio por el que estamos dispuestos a pagar más: el servicio de acortar el tiempo. El tiempo necesario para hacer la compra, para cocinar.

Los espacios pueden reducirse, el tiempo puede hacerse más breve, aunque desde hace un año ya sabemos que esa reducción tiene límites y genera vulnerabilidades. Sobre todo en un mundo en el que el nacionalismo resurge. Pero sería equivocado pensar que el método que utilizamos para la producción y la distribución puede servir en lo que es más propiamente humano. En las relaciones personales, en la construcción social, en la maduración del yo, el tiempo siempre es superior al espacio. No hay manera de acortar distancias cuando se trata de adquirir una certeza, de conocer bien, de recuperar la confianza, de explorar una posible esperanza.

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