Testigos que hicieron visible lo esencial

Mundo · Julián Carrón
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28 abril 2014
Por su interés, reproducimos el artículo de Julián Carrón publicado ayer en el periódico La Razón a propósito de la canonización de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II.

Habría que remontarse a la situación de la Iglesia en los años cincuenta para comprender el alcance histórico de los dos Papas canonizados. Una Iglesia que corría el riesgo de quedar encerrada en sí misma, con una gran dificultad para establecer una relación adecuada con el pensamiento moderno, necesitada de un punto de inflexión para volver a anunciar a Cristo de un modo convincente y atractivo para los hombres de nuestro tiempo.

«La paciencia misericordiosa de Dios para la salvación del hombre», con estas palabras sintetizó don Giussani el testimonio del Papa bueno, que en la Pacem in Terris intuyó que la «fractura» entre fe y razón en los bautizados era «el resultado de un déficit de una formación cristiana sólida. Es por ello indispensable que la educación sea integral y continua» (n. 80).

¿Quién habría podido imaginar, aunque solo fuera un poco antes, un evento como el del Concilio Vaticano II? Hacía falta una personalidad sencilla como la de Juan XXIII para asumir toda la responsabilidad de convocar un concilio ecuménico. Aunque será Pablo VI quien guíe los trabajos de las sesiones, el mérito de haberlo convocado y de haber dado los primeros pasos siempre será del  Papa Roncalli. Como observó en el lejano 1968 Joseph Ratzinger, él «forma parte de esos pocos hombres que son verdaderamente grandes, quienes, superando todos los esquemas, experimentan personalmente, de un modo creativamente nuevo, lo que está en el origen, la verdad misma, y consiguen ponerlo nuevamente de relieve». Da la sensación de estar leyendo uno de los muchos reclamos a lo esencial del papa Francisco.

Si a Juan XXIII le corresponde el honor de haber convocado el Concilio, se debe sin duda al otro Papa canonizado, Juan Pablo II, el haber recogido el mandato conciliar y el deseo de su realización manifestado por Pablo VI. Después de años de desorientación en el llamado post-Concilio (Papa Montini habló de «jornada de niebla, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre»), donde se veía con claridad lo que ya no servía pero todavía se buscaba algo que pudiera responder verdaderamente a los desafíos del presente, la llegada de Juan Pablo II representó un bocanada de aire fresco para una Iglesia en dificultades.

Tal vez solo ahora empezamos a darnos cuenta de la naturaleza del impacto que su elección tuvo en la vida de la Iglesia. Él llegó a invertir «con la fuerza de un gigante – fuerza que le venía de Dios – una tendencia que podía parecer irreversible», ayudando «a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio» (Benedicto XVI, homilía de beatificación de Juan Pablo II, 1 de mayo de 2011). Papa Wojtyla encarnó, como dijo de él don Giussani, «la clara certeza de lo que significa el contenido del mensaje cristiano también para la historia de este mundo: la fe en el Dios hecho hombre, con el consiguiente entusiasmo por este Hombre, en el que puede descansar toda la esperanza de los hombres y del mundo entero».

¿Quién no recuerda el impacto de la encíclica programática Redemptor Hominis? «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. […] El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo — no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes — debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe “apropiarse” y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo» (n.10).

Con su testimonio personal de un cristianismo vivido con una conciencia y audacia únicas, Juan Pablo II volvió a proponer de un modo genial el fundamento teológico de la fe católica en las encíclicas trinitarias: Cristo, centro del cosmos y de la historia (Redemptor Hominis); Dios Padre, rico en misericordia (Dives in Misericordia); el Espíritu Santo, Señor y dador de vida (Dominum et Vivificantem). Y al mismo tiempo, Papa Wojtyla mostró también todas las implicaciones antropológicas y culturales de la fe cristiana en la vida del hombre: la razón exaltada y sanada por la fe (Fides et Ratio); la dependencia de la moral respecto de la fe (Veritatis Splendor); la importancia de la fe para la economía y el trabajo (Encíclicas sociales); la naturaleza misionera de la fe (Redemptoris Missio); la capacidad de la fe para iluminar el misterio del dolor (Salvifici Doloris), de la vida humana (Evangelium Vitae), de la familia (Familiaris Consortio). Así el hombre puede entender la promesa que la fe cristiana lleva consigo para responder al anhelo de cumplimiento en cada aspecto de la vida.

En 2005, el entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio rindió homenaje a Juan Pablo II refiriéndose a él como «un hombre que pone en juego toda su persona, y con toda su persona y con su vida entera, con su transparencia, avala lo que predica». Un testigo que hizo visible lo esencial, es decir, a Jesucristo, el Único que salva lo humano y llena de alegría el «corazón inquieto» de cada uno.

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