Testigo, en la ciudad común

Mundo · José Luis Restán
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21 junio 2011
En Italia todas las miradas se dirigen a él. Unas con curiosidad, otras con plomizos presagios, no pocas con esperanza. Es Angelo Scola, Patriarca de Venecia, uno de los hombres más respetados del Colegio cardenalicio. Es algo más que un rumor el hecho  de que encabeza la terna que la Congregación de Obispos ha presentado al Papa para proveer la sede de San Ambrosio, una de las más importantes del mundo. La decisión de Benedicto XVI se espera para la semana próxima.

Por supuesto el Papa decidirá libremente, buscando el mejor impulso para la nueva evangelización, también en la cosmopolita diócesis milanesa. Todos saben de la amistad y confianza del Papa Ratzinger hacia Scola desde muy temprana edad. Saben de su sintonía teológica y de su convergencia sobre temas absolutamente calientes como la laicidad positiva, el diálogo con los no creyentes o la forma del testimonio cristiano en la ciudad secularizada. Pero claro está, Benedicto XVI conoce también las contraindicaciones que estos días airea la prensa: la inercia de algunas estructuras eclesiásticas, el temor de cierto integrismo laico a una presencia católica más incidente en el debate público, y cómo no, el vínculo de Scola con la experiencia de Comunión y Liberación. Algunos hacen sonar tambores de guerra, pero ya se ha demostrado que al Papa no le disturban esas músicas.   

Mientras, esta semana comenzaba en la isla de San Servolo, en la laguna veneciana, el encuentro anual organizado por la Revista Internacional Oasis, una de las grandes iniciativas de diálogo y misión a las que el Patriarca ha dado vida en estos años. En realidad Scola ha demostrado una inusitada capacidad para el diálogo con todos: con los políticos (de la izquierda a la derecha), con los pensadores agnósticos, con los cristianos orientales y con el islam. Diálogos de vida, no meramente intelectuales, en los que siempre se ha arriesgado personalmente a través de esa categoría que él ha explicado como nadie: el testimonio.

Aunque el discurso inaugural de las sesiones de Oasis se ha referido a las perspectivas de futuro para el Medio Oriente y el Norte de África, al calor de la llamada "primavera árabe", Scola ha articulado varios mensajes que reflejan perfectamente cuál será el signo de su guía pastoral, se desarrolle ésta a orillas del Adriático (como preferiría) o en la Lombardía de su juventud (donde quizás deba ir).                

Por ejemplo ha elegido un significativo pasaje de un discurso de Benedicto XVI durante su reciente visita a Aquilea y Venecia, en que el Papa comentaba unas palabras de la Carta a Diogneto sobre el modo de estar los cristianos en medio de un mundo que ya no lo es: "no reneguéis nunca del Evangelio en el que creéis, pero estad en medio de los demás hombres con simpatía, comunicando con vuestro propio estilo de vida ese humanismo que hunde sus raíces en el cristianismo, dispuestos a construir junto a todos los hombres de buena voluntad una ciudad más humana, más justa y solidaria". En realidad es un magnífico reflejo del tipo de presencia que el propio Scola ha tratado de impulsar, no sólo como pastor de la diócesis veneciana sino a través de una intensa participación en el debate público italiano, y también en su fructífero diálogo con las diversas culturas y religiones del Mediterráneo.

El propio Scola profundiza en las palabras del Papa para decir que "tras el drama del humanismo ateo, es preciso redescubrir un humanismo cristiano en el que encuentre espacio la apertura a las demás religiones y a los hombres de buena voluntad, como dimensión intrínseca y no coyuntural. Todo ello conecta con las ideas que el propio Scola presentó en Madrid durante el Congreso Católicos y Vida Pública: la necesidad  de una "nueva laicidad", y el desafío en acto de lo que ha vuelto a  llamar "mestizaje de civilizaciones".

Tras invitar a todos los participantes en el encuentro de Oasis a profundizar en las "buenas razones" para una vida en común (en cada una de nuestras ciudades y en el conjunto del área mediterráneo-atlántica), Scola insistía en que la categoría esencial de esta vida buena, personal y comunitaria es el testimonio: la implicación de cada uno en la relación con los otros, asumiendo el riesgo de narrar la propia experiencia de la que nace su identidad y acogiendo la narración que los otros hagan de su propio camino. Un testimonio por el que hay que estar dispuesto a pagar, como demuestran los dos ejemplos invocados por el Patriarca: el arzobispo Luigi Padovese y el ministro pakistaní Shabaz Bhatti, ambos mártires de Cristo y paladines de una ciudad en que se pueda gustar la vida común. Así es Scola, para rabieta de algunos y esperanza de muchos.

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