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Tentación tecnocrática y fertilidad del ciervo

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15 enero 2012
Brutal. La decisión de Standar & Poors (S&P) de rebajar la calificación de la deuda a nueve países de la zona euro - Francia pierde su triple A - ha sido un modo brutal de dejar claro el coste de la no-Europa. El pasado viernes la agencia de calificación puso de manifiesto la insuficiencia de las reformas aprobadas por el Consejo Europeo de principios de diciembre. Reformas que se van a terminar de concretar a finales de enero. Cambiar el Tratado de Lisboa para conseguir mayor disciplina fiscal no sirve, no es suficiente. Después del anuncio de S&P todo han sido aspavientos. El BCE dijo que la decisión era política, la Comisión la calificó como incoherente. Lágrimas inútiles. Si Europa no tiene un Banco Central como la Reserva Federal de Estados Unidos y un gobierno económico queda a los pies de los mercados y de sus agencias de calificación. Es la tentación de la tecnocracia. La idea errónea de que una buena gestión, en este caso un ajuste fiscal, lo resuelve todo.

La tentación de la tecnocracia, el miedo a hacer política, de la buena, de la que sirve a los pueblos, es un fantasma que recorre Europa y de la que no está libre el nuevo gobierno de España que ha tomado el relevo después de los ocho años de zapaterismo. Tras la decisión de S&P, Mariano Rajoy aseguraba que España tiene un Ejecutivo que sabe lo que hay que hacer, que va a hacer los deberes. Ya ha recortado 16.500 millos de euros, ha subido los impuestos, y ajustará hasta 40.000 millones para que el déficit en 2012 disminuya al 4 por ciento. El centro derecha español, con Aznar, ya consiguió lo que parecía imposible: cumplir con los criterios de convergencia exigidos para el euro. En este caso, además, habrá una reforma laboral que hacía falta desde el franquismo y una reestructuración del sector financiero que permitirá que fluya el crédito.

La composición del nuevo Gobierno de España ha dejado claro cuáles son sus tres prioridades: economía, economía y solo economía. En el nuevo gabinete "las identidades políticas" se han disuelto. Las dos personalidades más fuertes ocupan carteras "técnicas". Y para las carteras más políticas se han nombrado técnicos. Jorge Fernández Díaz, un católico que no esconde su pertenencia y su experiencia cristiana, al frente de Interior tendrá que dedicar todas sus energías a acabar con una ETA que no acaba de morir. Y Alberto Ruiz Gallardón, que podía hacer una aportación interesante desde el ala más a la izquierda, estará dedicado en cuerpo y alma a la reforma de la Justicia, un empeño titánico. El cambio en educación como en el ámbito de la cultura es decisivo. España sufre una emergencia educativa de proporciones descomunales. Las tasas de abandono y fracaso escolar son las más altas de la OCDE. Desde el comienzo de la democracia sólo han regido leyes aprobadas por los socialistas que han propiciado un sistema de enseñanza inclusivo que provoca resultados muy negativos.

Y además falta pluralismo, el mundo de la cultura está dominado por una cierta clase de intelectuales de pensamiento único, autodenominados progresistas. La política en este campo no favorece lo que realmente nace desde abajo. Rajoy ha fusionado los ministerios de Educación y Cultura y ha puesto al frente de la nueva cartera a un sociólogo, José Ignacio Wert. Su personalidad política no está muy definida. La persona elegida para dirigir la Secretaría de Educación, el mayor órgano competente en cuestiones de enseñanza, ha sido otra especialista, en este caso investigadora.

El nombramiento se ha retrasado durante varias semanas y hacía pensar que iba a compensar el "sesgo" inicial. La designada es Montserrat Gomendio, bióloga experta en la fertilidad del ciervo rojo. Ha investigado la relación entre el número de cuernos y la capacidad reproductiva de estos animales. No ha hecho política hasta ahora. Es casi seguro que, tanto uno como otra, serán personas dispuestas a recoger todas aquellas propuestas que les lleguen desde la sociedad civil para impulsar un cambio muy necesario. Un cambio que no puede limitarse solo al control del déficit y a las reformas financieras. Ese será su acierto.

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