SOCIEDAD: LA POLIS

¿TENER MIEDO O ESPERANZA?

España · PaginasDigital
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20 noviembre 2015
Ha sucedido. Occidente ha sido de nuevo golpeado en pleno corazón con los ataques yihadistas en el centro de París, capital de la cuna de la Ilustración europea. Se consuma el proceso: el nihilismo embrionario de Al-Qaeda se ha transformado en una visión apocalíptica más grande: la del “califato universal” encarnado en el ISIS/Daesh, cuya máxima es destruir a los demás destruyéndose a sí mismos. Es la nada, el mal en su estado puro.

Ha sucedido. Occidente ha sido de nuevo golpeado en pleno corazón con los ataques yihadistas en el centro de París, capital de la cuna de la Ilustración europea. Se consuma el proceso: el nihilismo embrionario de Al-Qaeda se ha transformado en una visión apocalíptica más grande: la del “califato universal” encarnado en el ISIS/Daesh, cuya máxima es destruir a los demás destruyéndose a sí mismos. Es la nada, el mal en su estado puro.

No tienen nada que perder, y los yihadistas lo saben. También las propias mujeres – en plena redada policial en el barrio parisino de Saint Denis- tienen el descaro de salir a “negociar” con los agentes que iban a detenerlos para estallarse en mil pedazos y morir matando…en nombre de Allah. Pero no es Dios ni el autor ni el responsable, sino el tajo del nihilismo que se clava frío en la existencia cotidiana de los hombres. Golpea las certezas,  dejando absolutamente desnuda a una Europa que recalcitrantemente arroja su identidad por los sumideros de los caprichos y las sensaciones.

Los ataques terroristas en la ciudad de París son una de los eslabones del principal acontecimiento histórico del siglo XXI: el auge del terrorismo islamista y su asedio sobre una Europa que tiene la mente de un niño; que se ahoga en su propia autorreferencialidad; que oferta espectáculos y sensaciones erótico-festivas para ahogar nuestras preguntas más acuciantes y desterrar el hecho religioso. Sí. Europa se ha entregado a la orgía de lo inmediato; a los encantamientos sensuales de los cuerpos líquidos; a la homologación indiscriminada por abajo; al populismo. Europa se ha convertido en un Narciso que no pasa del cabreo visceral y el “destroy them all!”.  ¿Nos habremos quedado estancados en Peter Pan, esperando que nos disolvamos culturalmente con la llegada de la inmigración? Si eso es así, esta Europa daría miedo. Ya resulta triste morir matando. Pero, ¿no es igual de triste negar nuestras propias preguntas existenciales y entregarnos a lo inmediato cual kamikazes existenciales? Dar la vuelta a la tortilla parece un desafío inabarcable, al que se suma el hecho de los refugiados. Ambos desafíos, que exigen una inteligencia y un corazón a la altura de las circunstancias suelen afrontarse con la declaración de guerra al Islam que, implícita o explícitamente, hacen los bienintencionados. lo que prueba que los terroristas están ganando en la batalla del odio. Y es que el tema de los refugiados y de la persecución a los cristianos en los países musulmanes es un hecho irrefutable que, empero, ya comienza a instrumentalizarse ideológica y sentimentalmente entre algunos cristianos e intelectuales europeos; algunas de las iniciativas de bandera cristiana (MasLibres, CitizenGo, CampamentoIrak…y demás cuyo nombre no quiero acordarme) me resultan hasta peligrosas.

No podemos escapar a estos desafíos culturales: creo que no está en nuestra mano vencer militarmente, pero sí vencer nuestro miedo y nuestro bloqueo. Por eso, creo que deberíamos dejar de utilizar el tema de los cristianos perseguidos como un pretexto para dar rienda suelta a nuestro inconsciente ideológico. Es, por eso, por lo que me causa cierto repelús que, en el ámbito católico, haya quien aproveche el impacto mediático derivado de la inmigración causada por la prolongada guerra en Siria para “montarse su propio rollo” (para eso, resultaría más eficaz sumar esfuerzos que hacen en diócesis católicas como la de Madrid), utilizando la necesidad de las familias que lleguen aquí. No creo que desvaríe mucho si digo que la verdadera cooperación al desarrollo está en tratar de mejorar las condiciones de los refugiados que están en los campos de Jordania, Líbano o Turquía.  La situación dramática de Oriente Medio hace que no podamos permitirnos aprovechar los titulares: tenemos que ayudar a los que se han quedado, como constantemente han dicho los obispos de Oriente Medio y el nuevo Nuncio de Siria, Jordania e Irak. Se puede decir más alto, pero no más claro. El problema es que nos gusta vivir de los titulares, pero nuestro trabajo real implica sufrir el silencio que conlleva no ser reconocido.

Podría enumerar muchos motivos de queja: una Unión Europea anquilosada, con demasiada burocracia y working groups compuestos por representantes que no están más que preocupados por alcanzar cotas de poder para sus respectivos países. Podría culpar al Gobierno y exigirle que hiciera algo. Podría taparme de los oídos y tratar de no sentir. Podría dar rienda suelta a la indignación que me causan las decapitaciones a los cristianos perseguidos y los atentados del Daesh o el ISIS. Pero he optado por dar una oportunidad a que suceda Algo realmente nuevo: no cataclismos históricos, ni revoluciones de las que tanto se añora en nuestra sociedad (casi todas nihilistas, en el fondo, incluso las que se disfrazan de bandera católica)…, bastaría con un perdón, una certeza de lo que somos; encuentros con personas que te cambian; la esperanza que  nace cuando te das cuenta que recorres  un camino con un Origen y una meta. Y es que, en el fondo, seamos musulmanes, cristianos, judíos, hindúes, agnósticos o ateos, seguimos un rumbo y buscamos un barco –a poder ser- cuyo capitán sea Alguien más fuerte que Ulises y nos lleve a casa. 

Es cierto que una Europa entregada a lo inmediato y a la autorreferencialidad académica y existencial (anclada aún en los herederos de Hegel, Comte y demás) causa tristeza y que todo invita a reaccionar (palabra que utilizamos fraudulentamente para justificar nuestro propio discurso autorreferencial) . Sin embargo, para mí, es mucho más potente el hecho de encontrar a quienes salen de la burbuja y, día a día, se embarcan en las travesías existenciales, llueva, truene o haga marejada (como la de París en estos días), buscando los puertos grises de la Erisseä del Silmarillion real. En verdad, son auténticos testigos. Gente que nos da esperanza.

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