´Tempest´, el viejo Dylan renovado

España · Enrique Chuvieco
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3 octubre 2013
Comienza con un toque seudohawaianoal estilo del Delta del Missisppi, el ragtimeDuquesne Whistle, que abre eltrigésimo quinto disco de estudio de Bob Dylan, Tempest. Diez temas que plasman la oquedad de su conciencia, comogusta decir al genio de Minnesota: "Una canción es una experiencia: no haynecesidad de entender las palabras para entender la experiencia. Intentarentender el significado completo de las palabras puede destruir el sentimiento dela experiencia como un todo". Pero no basta la experiencia; es necesariopreguntarse siempre: buscar para no caer en el escepticismo. Desconocemosverdaderamente en qué lugar está él; demasiado liderazgo para descubrirse a sus71 años.

De este disco, Dylan quería que sus canciones fueran "másreligiosas" aunque no ha llegado al nivel deseado, ha dicho. El resultado sonhistorias que hablan de los grandes temas humanos: Dios, soledad, deseo y amor,muerte… El tema que titula el disco, Tempest,dura más de catorce minutos dedicados a describir los horrores del hundimientodel Titanic.

Demasiados minutos para los ignorantes del idioma deShakespeare y de otros grandes, como es mi caso, en el que nos introduce elautor de Blow in the wind. Así, sinentender nada del valioso zurrón vivencial, expresado con el lenguaje críptico(más oscuro que anteriores discos) del trovador del rock), me pierdo demasiado.

Con todo, la gangosa voz raspada de Bob se basta durante unlargo trecho para dejarme imantado en el altavoz. Ha mejorado suinterpretación, con lo que ganan sus temas en profundidad y empatía, máximeporque composición, arreglos y melodías van enhebradas con el hilo de oro que trazala historia del rock desde el hipotálamo de quien lleva 50 años fabricando rockdesde sus raíces, porque Dylan ha comido tierra para amamantarse de todas sussavias.

Por esto, el Tempestde Dylan nos lleva al origen de la música pop del siglo pasado; lugar querequiere depurarse de modas y realizar un trabajo ascético, como el cine enblanco y negro, pero, cuando se llega, ya no se quiere otra cosa.

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