Te echo de menos

Editorial · Fernando de Haro
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20 diciembre 2021
Suena Alexander 23 mientras repaso viejos artículos de prensa. Con voz suave y algo aniñada arranca la canción IDK You yet (No te conozco todavía).

“¿Cómo se puede echar de menos a alguien con el que no te has encontrado? Te necesito pero no te conozco todavía. ¿Puedes encontrarte conmigo pronto, porque estoy encerrado en mis pensamientos?”. El cantautor norteamericano confiesa su espera, su imperiosa espera. Y me trae a la memoria otros versos antiguos. No consigo recordar de quién eran.

Me detengo en un artículo del New York Times de hace algunos meses. Está dedicado a la languidez. Es de Adam Grant, un psicólogo estadounidense. Asegura que la emoción dominante en 2021 es la sensación de estancamiento y de vacío. Vivimos los días mirando lo que nos pasa a través de un parabrisas empañado. No nos falta energía, no estamos desesperados. Simplemente “nos sentimos sin alegría y sin rumbo”, languidecemos. La columna va perdiendo interés en los siguientes párrafos; después de describir con precisión un estado de insatisfacción, Grant ofrece una serie de consejos que rozan la autoayuda y que son inútiles. Si el vacío pudiera llenarse concentrándose en un objetivo pequeño o poniendo límites a ciertas conductas incorrectas, la languidez sería muy fácil de superar. Pero la sensación de estancamiento y de vacío es algo muy serio, tan serio que “te hace echar de menos a alguien con el que no te has encontrado”.

Sigue sonando el tema de Alexander 23 mientras me detengo ahora en un pequeño ensayo de Megan Craig, una profesora de la Universidad del Estado de Nueva York publicado hace un año también en el New York Times. La variante ómicrom le da una actualidad rabiosa a pesar de que hayan pasado doce meses. “La temporada cambia con misericordiosa indiferencia, nos mantiene en suspenso. Vemos subir los números de infectados –escribe la profesora–. Estamos esperando, esperamos el nuevo año, esperamos un cumpleaños, un test de Covid, una cita con el dentista, una fecha para salir a dar un paseo con los amigos, esperamos justicia, vacunas, la cena, que a nuestro hermano le vaya bien, que el perro aprenda un nuevo truco, que podamos visitar a los abuelos, esperamos una rebanada de pan fresco, acabar la reunión por Zoom, que la siguiente reunión empiece, esperamos el almuerzo, alegría, el primer par de vasos, esperamos que la secadora deje de chirriar, esperamos un cambio, el futuro, noticias, ternura, paciencia para esperar más”. No ha perdido nada de vigencia lo que decía Megan Craig, “esperamos paciencia para esperar más”.

Sigue sonando la canción de Alexander 23: “¿Cómo puedes echar de menos a alguien que nos has visto nunca? Dime: ¿tus ojos son marrones, azules, o verdes? Te necesito pero no te conozco”. Y ahora sí, ahora sí recuerdo dónde había escuchado algo parecido, no tenían música pero eran dos cantos. Uno es de Cátulo, un romano que murió en el año 54 antes de Cristo. El poeta, influido por el sentido del tiempo de los etruscos, que no era cíclico sino lineal, está convencido de que se ha terminado una era y describe una boda entre lo divino y lo humano. Cátulo espera, añora la luz, una luz que se ha apagado por culpa del hombre, espera una divinidad misericordiosa que pueda restablecer la justicia. Mira al cielo y grita: “¡oh dioses, si es propio de vosotros sentir piedad, o si habéis prestado auxilio a alguien en el supremo peligro, volved la mirada a mi miseria y arrancad esta peste del alma!”.

El otro canto es la IV égloga de Virgilio. Un poco más joven que Cátulo (murió en el 19 a.C), Virgilio en esa égloga también habla de un fin de los tiempos, del surgir de un nuevo siglo, del nacimiento de un puer (niño), también de las bodas de lo divino y de lo humano.

De una cosa a otra. La canción de Alexander 23 y el artículo de Megan Craig me han hecho retomar una bella página de Marta Sordi sobre la época de Cátulo y de Virgilio. Se parece a esta. “Los poetas son intérpretes muy sensibles de la angustia de la república tardía (languidez es un sinónimo), asoma por entero una apasionada invocación de una salvación divina que no es solucionable con el final que impuso Augusto a las guerras civiles. La ansiedad por tener una nueva relación con la divinidad, la profunda necesidad de liberación, confluyen en una invocación al Dios presente, al Dios que visita al hombre”. “Te necesito pero no te conozco todavía. ¿Puedes encontrarte conmigo pronto?”, canta la voz suave y algo aniñada. Puer natus in bethlehem.

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