Tahani al-Jibali, nuestro corazón siempre necesita salvación

Sociedad · Emilia Guarnieri
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18 enero 2022
Hace unos días murió en El Cairo Tahani al-Jibali, presidenta de la Fundación Meeting Cairo. Fue la primera mujer jueza en la historia de Egipto y vicepresidenta del Tribunal supremo constitucional.

Junto a sus amigos de la Fundación Meeting, la conocimos en Rímini en 2009, donde llegó animada por la sugerencia de un amigo común, el profesor Wael Farouq que, tras participar unos años antes en el Meeting, quería compartir con otros egipcios su entusiasmo y asombro por lo que allí había visto.

De aquellos días juntos a orillas del Adriático, aquel grupo de egipcios volvieron al Nilo con una idea clara: Egipto también necesitaba una experiencia de belleza y diálogo como la que habían visto. Pasión, iniciativa, compromiso y relaciones construyeron la historia de aquellos días de finales de noviembre de 2010 en El Cairo, cuando doscientos jóvenes participaron en la construcción de la primera edición del Meeting Cairo. Jóvenes en su mayoría musulmanes, chavalas con el chador azul, pero también coptos y evangélicos. Exposiciones, música y un lema: “La belleza, espacio del diálogo”.

¿Qué vimos y compartimos allí? Una gran amistad que había nacido en torno a la vida y la historia de personas de culturas y credos distintos, nuestra pasión por el diálogo y la fascinación de experimentar todo lo que habíamos aprendido de don Giussani, que el corazón humano es igual en todas las latitudes y en todos los tiempos, que el corazón que Giussani identifica como es “conjunto de exigencias y evidencias con que el hombre se ve proyectado a confrontar todo lo que existe”.

Todavía no puedo borrar de mis ojos ese gesto con el que Tahani se llevaba la mano al corazón, con los ojos y la sonrisa llenos de conmoción, cada vez que compartíamos lo que vivimos aquellos días en El Cairo. Ese gesto decía más que cualquier palabra, era una lengua más universal que el inglés que intentábamos compartir.

Un gesto como el Meeting Cairo impactó a muchos. Ahora aquel estupor parece a años luz de distancia. Ya no se habla de religión, es un tema que ha pasado de modo. A diferencia de entonces, hoy son pocos los que razonan sobre la libertad religiosa o el diálogo interreligioso, y aún menos los que discuten si las religiones son un bien o una causa de violencia, si la laicidad del Estado puede permitir las diversas expresiones confesionales. La cuestión religiosa interesa ya realmente poco.

O, mejor dicho, hay algo de lo que se habla y se escribe mucho, pero no es ese “factor religioso, que –como sigue diciendo Giussani– se expresa en ciertas preguntas: ¿cuál es el significado último de la existencia?, ¿por qué el dolor, la muerte, en el fondo por qué merece la pena vivir?”. No se trata de la religión como intento histórico con que el hombre pone en juego su necesidad de sentido, donde expresa su pregunta infinita. El nihilismo que caracteriza nuestro tiempo pretende evitar que salgan a la luz las grandes preguntas, que no nos comprometamos con ellas. “Podemos describir la forma actual del nihilismo –escribía Julián Carrón en 2020, en su libro Un brillo en los ojos– como una sensación de vacío fuera y dentro de nosotros; una sensación de vacío cuya consecuencia es un debilitamiento de la relación con la realidad”.

Y añade: “Este es el rostro que asume hoy el nihilismo: una astenia, una ausencia de tensión, de energía, una pérdida del gusto de vivir”. En este contexto, poco importa discutir si las religiones son buenas o malas, si son o no un recurso para la vida humana. Cada vez más, inevitablemente, se tiende a profundizar en el análisis de lo que no hay o, mejor dicho, de lo que ya no existe.

El tema actual es la lectura de la secularización, la relación entre cristianismo y modernidad, las iglesias vacías, un tema sobre el que Carrón decía en aquel libro algo que puede ayudar a afrontar este problema. “Cuanto más se extiende la nada, más salen a relucir las heridas y la espera de nuestra humanidad con toda su potencia, no cubiertas ya por las dialécticas culturales y los proyectos colectivos que ya no nos convencen. Cuanto más avanza el nihilismo, más insoportable resulta vivir sin un sentido, más se abre paso el deseo indestructible de ser queridos, de ser amados”.

¿Este deseo indestructible coincide con el corazón del que hablaba don Giussani? ¿Ese corazón que mi amiga Tahani sentía vibrar y que hizo que nos encontráramos? Si estamos en un tiempo en que las religiones no están de moda pero las preguntas y deseos resultan más actuales que nunca, entonces sabemos por dónde empezar y qué buscar: personas concretas mediante las que pueda llegar hasta nosotros ese infinito que necesitamos, algo de lo que, igual que hace dos mil años, se pueda decir: ¡nunca hemos visto nada igual!

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