Still Walking

Cultura · Víctor Alvarado
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3 julio 2009
El laureado director japonés Hirokazu Koreeda presenta su nuevo trabajo, Still Walking (Aruitemo, Aruitemo), con el que ganó el premio del Círculo de Escritores Cinematográficos, así como la mención Signis de la Asociación Católica Mundial para la Comunicación en San Sebastián 2008. Esta obra del celuloide gira entorno a un matrimonio anciano de clase media que reúne a su descendencia para recordar a un hijo tristemente desaparecido.

La razón fundamental que llevó al director japonés a realizar este largometraje fue la  muerte de sus padres. El cineasta sintió la necesidad de hablar, especialmente de su madre. Por este motivo, proyectó todos sus esfuerzos en desarrollar la personalidad de la misma en la actriz protagonista, que aparece como el alma de la cinta. Lo más interesante de dicha película es, sin duda, la espontaneidad aparente con la que los actores interpretan lo cotidiano. El realizador ha sabido reflejar el retrato de una familia como otra cualquiera en la que se habla, se discute, se critica, se guarda alguna que otra confidencia para un momento íntimo, se ama o se reza con una naturalidad pasmosa y donde los actores expresan la vida misma. Koreeda, con gran habilidad, consigue que sus intérpretes sean creíbles en todo momento, mejorando incluso la realidad.

Por tanto, y a pesar de las diferencias culturales, el cineasta consigue contar una historia extrapolable a los cinco continentes. Su narración es universal, puesto que cuenta, mediante diálogos, diferentes situaciones familiares que todo hombre ha sufrido a lo largo de su vida.

Bajo mi humilde punto de vista, este hombre de cine nos ofrece varios pasajes interesantes en esta obra cinematográfica, entre los que destacamos tres. El primero de ellos nos muestra a una familia unida en la que los ancianos protagonistas recuerdan sus inicios como pareja, mientras escuchan una canción con la que se enamoraron. La segunda escena destacable es la de todos y cada uno de los diálogos entre madre e hijo, en especial uno en el que se desvela un secreto de alcoba. Por último, descubrimos una escena donde aparecen tres generaciones (abuelo, padre y nieto) que pasean sin rumbo aparente, pasando por un desierto urbano hasta llegar a una playa en la que la luz y las olas del mar iluminan el reencuentro del anciano padre con su hijo. Una simple conversación sobre deporte sirve para romper una comunicación que llevaba varios años rota.

En contraposición con lo positivo, Koreeda combina escenas brillantemente narradas junto a otras carentes de ritmo, con lo que  el espectador puede desorientarse en algún momento. Los detractores del cine oriental percibirán cierta lentitud en el transcurso de la secuencias, fundamentalmente por las transiciones entre escena y escena, tal vez innecesarias, aunque parece intencionado para facilitar la reflexión del espectador.

De todas formas, la clave para disfrutar con este largometraje puede estar en meterse en la piel de los protagonistas. Si se esfuerzan por introducirse en el relato, podrán deleitarse con una cinta con un guión maravilloso y con unas magníficas interpretaciones de este fresco familiar. 

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